No somos ingenuos como para no darnos cuenta que vivimos en un ambiente enrarecido y degradado, que envuelve a gran parte de la humanidad. Predicar y practicar la caridad cristiana puede resultar extraño. ¿Un gesto de bondad? ¿una sonrisa cálida, sincera? ¿un favor desinteresado? Se corre el riesgo de pasar por un tipo raro, por una persona fuera de lugar. ¿Proponer una cultura basada en el amor? A muchos les parecerá una utopía, algo imposible, algo que está fuera de tiempo. A otros un ideal sublime, pero imposible, un idealismo inconsistente. Y a otros una propuesta absurda, carente de realismo, de pragmatismo.

Esta era sin duda la impresión que se llevaban los primeros oyentes de la predicación de Jesús y luego la de los apóstoles. El mundo romano del primer siglo tampoco fue diferente, no fue más receptivo que nuestro mundo contemporáneo. Sin embargo los cristianos genuinos de todas las épocas han sabido, al igual que Jesús, caminar contra corriente. Puede estar de moda el amor fácil, el amor ligero, el amor desechable; es decir, los sucedáneos del amor. Pero el amor que nos pide Jesús, el amor que compromete, que exige sacrificio y renuncia, el amor que está dispuesto a ofrecer la propia vida, ese amor no ha sido ni será nunca una moda. Afortunadamente no son las modas las que elevan y dignifican a la humanidad. Pero la historia y el testimonio de veinte siglos de compromiso y trabajo heroico de millones de cristianos está allí, para mostrar que el amor es posible, que no es una mentira o sueño inalcanzable.

En este período de Navidad tenemos que ser profetas del amor, protagonistas del amor, apóstoles del amor. Pongamos atención a tres enemigos del amor:

1. El primer gran opositor de la caridad cristiana, es el que cada uno lleva dentro de sí mismo: su propio egoísmo. ¿No es verdad que nuestras pasiones nos inclinan a buscar en todo y sobre todo nuestra propia satisfacción, nuestra comodidad, nuestros gustos personales, nuestros caprichos? Nos gusta imponer nuestros conceptos, nuestras ideas, nuestros juicios. Queremos aparecer como los mejores. Nos agrada ocupar los primeros puestos. Procuramos acapararlo todo. Exigimos intransigentemente que los otros cumplan con sus obligaciones, y nos mostramos parcialmente indulgentes con nuestras propias faltas. Y algunas veces nos permitimos atropellar a los que molestan, compiten o estorban. Qué fácilmente descubrimos y condenamos los desatinos en los que nos rodean. El buen cristiano, verdadero cristiano no es así. No lo es porque jamás renuncia a su propia dignidad. Y porque sabe que es ley evangélica negarse a sí mismo, tomar cada día su propia cruz y ponerse a andar tras las huellas de su Señor. No por un necio afán autodestructivo, sino al contrario, como camino de elevación y perfeccionamiento humano y espiritual, como camino para trascender en la vida.
2.El segundo opositor de la caridad cristiana, formidable, sutil y tremendamente deletéreo, es el “espíritu del mundo” que secuestra valores y virtudes, que es experto en secuestrar el amor y la caridad. Empezando no sólo por la tendencia tan marcada de la cultura actual a buscar obsesivamente lo más cómodo, lo más fácil, lo más placentero, cosas que se refieren más directamente al egoísmo. Hay más bien una forma de pensar en el otro, de concebir al otro, de relacionarse con el otro, que en la práctica hace de las demás personas meros objetos al servicio de los propios intereses. Acontece de modo especial en las grandes ciudades: competencia a muerte entre instituciones y a veces entre personas, zancadilla a todo el que estorbe, intolerancia, impaciencia. En el mejor de los casos, las relaciones “interpersonales” se reducen a relaciones burocráticas, pragmáticas, meramente utilitaristas. Se aparenta amabilidad para conquistar clientela; se prestan favores para ganar benevolencia y protección; se lisonjea al potentado para obtener su patrocinio; se valora a los demás por lo que saben, por lo que tienen o por lo que pueden; cualquier relación interesa en la medida en que me “sirve”; y el resto de los mortales: como si no existieran. Caminan muchos hombres por la vida como encerrados en una esfera, y llegan al final de sus vidas, del camino sin haber descubierto la existencia de semejantes. Para un buen cristiano las demás personas no deben ser “cosas útiles” o “inútiles”. Son y somos todos hijos de Dios. Son y somos todos hermanos con los que Jesús se identifica. No dejemos que el espíritu del mundo carcoma y vicie en nuestro corazón este vínculo profundo que liga a todos los hombres entre sí, que es el amor.
3.El tercer gran opositor de la caridad cristiana es la objetiva agresividad con que muchos nos reciben. Busquemos responder siempre con el perdón y no con la venganza. Recordemos que el mal se combate con el bien, según la sapientísima enseñanza de san Pablo a los romanos: “Bendigan a los que los persiguen, no maldigan… tengan un mismo sentir los unos para con los otros… sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de ustedes dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por su propia cuenta… No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”.

Celebremos la Navidad, contemplando este misterio tan hermoso de amor. Contemplando este signo: “Un pequeño, recién nacido, frágil, indefenso, que es Dios”. Dios está allí, en el misterio de la sencillez, por amor, por caridad hacia cada uno de nosotros, a pesar de nosotros y por nosotros. Que los opositores del amor no empañen nuestro corazón. Sin amor, tanto la vida como la fe permanecen estériles.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.
Padre Noel Lozano: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey. www.padrenoel.com; www.facebook.com/padrelozano; padrenoel@padrenoel.com.mx;