Caso Buendía; más que un crimen

Era el 12 de junio de 1989. El fiscal Miguel Ángel García Domínguez por fin reveló el nombre del asesino del periodista Manuel Buendía.

“Hay evidencias para fincar responsabilidades como autor intelectual a José Antonio Zorrilla Pérez, ex director de la Dirección Federal de Seguridad”, dijo García a unos sorprendidos reporteros que fueron convocados a la conferencia de prensa.

Después de cinco años de escuchar que se analizan diferentes líneas de investigación, ya había nombre y rostro del hombre que ordenó matar al periodista más influyente de aquella época.

José Antonio Zorrilla Pérez no era un cualquiera dentro de la Secretaría de Gobernación. Fue el responsable de coordinar a la Policía Política del país, que entre sus funciones era investigar, mejor dicho, espiar a quienes eran considerados peligrosos para el Gobierno.

Según dicen se valió de todo para hacer su trabajo: Intervención de llamadas telefónicas, compra de información, sabotaje, seguimiento de personas, secuestro, tortura y homicidio.

Tres días después, el 15 de junio, Federico Ponce Rojas, agente del Ministerio Público, acudió a un lujoso condominio horizontal en el Paseo de la Reforma. Ahí se escondía el hombre más buscado en México.

Para la Policía la orden fue muy clara: ¡Capturarlo vivo!

Fue difícil hacerlo. El agente del Ministerio Público y cuatro policías que lo acompañaban tuvieron que volar la cerradura del portón de la casa y también tuvieron que matar a un perro guardián porque los atacó.

Ya adentro del terreno de la casa, fueron recibidos a balazos de una pistola automática de ocho tiros que el propio Zorrilla les disparó.

El policía Roberto Veloz resultó herido de la mano.

Como en las películas policiacas, el agente del Ministerio Público pidió hablar con Zorrilla. Le gritó en varias ocasiones y ofreció entrar desarmado.

Pero no obtuvo respuesta, sólo una amenaza de que nadie saldría vivo.

El hombre más buscado del País no estaba solo. Estaba acompañado por Guillermo Cuata Domínguez, quien fue su auxiliar desde los tiempos que dirigía la Dirección Federal de Seguridad.

Cuata Domínguez pasó de ser amigo a rehén y estar amenazado de muerte por Zorrilla.

“Ya no tengo nada que perder, porque me han tronado la vida y la de mi familia”, dijo Zorrilla y amenazó con suicidarse.

Ese día llovió y también granizó. Todo era expectación. Silencio que se rompía con el intercambio de códigos a través de la frecuencia de la Policía.

El propio Procurador del Distrito Federal, Ignacio Morales Lechuga, acudió al lugar para negociar una pacífica entrega del presunto asesino.

Dos horas duró en su trinchera, y por fin, colocó su arma en el suelo, se entregó pacíficamente a la Policía.

Cayó el primero, el pez gordo, pero aún faltaba el asesino material. El que accionó el gatillo y mató a Buendía por la espalda, en el corazón de la Zona Rosa de la Ciudad de México.

El otro no era menos. Tiene apellido ilustre. Se llama Juan Rafael Moro Ávila Camacho. Nieto del ex gobernador de Puebla, Maximino Ávila Camacho y sobrino nieto del presidente Manuel Ávila Camacho.

Moro dijo que no era el asesino. Explicó que el día del crimen le fue ordenado sacar a como diera lugar a un hombre.

Su instrucción fue girada por Raúl Pérez Carmona, su comandante de la Dirección Federal de Seguridad. Y montado en su motocicleta esperó en el cruce de las calles de Havre y Liverpool. Ahí llegó José Luis Ochoa Alonso, “El Chocorrol”, según él, el verdadero asesino.

Pero “El Chocorrol” fue callado a balazos mientras hablaba por teléfono desde una cabina. No alcanzó a contar su versión.

Del crimen de Manuel Buendía hay más muertos. “El Chocorrol”, fue el primero, luego José Luis Esqueda Gutiérrez, ex funcionario de la Secretaría de Gobernación, quien investigaba casos de corrupción y le entregó una copia al periodista.

También fue asesinado Jorge Guillermo Hernández Velasco, quien grababa conversaciones para Zorrilla, y el último en morir fue Abel Cuevas Urióstegui, ex policía que acompañaba a investigadores en el caso del crimen de Hernández Velasco.

Junto con Zorrilla Pérez y Moro Ávila Camacho, fueron procesados los ex comandantes Raúl Carmona y Juventino Prado Hurtado y la ex agente Sofía Marizia Naya Suárez. Todos por el delito de homicidio calificado.

Alegaron que sólo obedecían órdenes.

En la anécdota del caso Moro Ávila Camacho es que su abogado defensor fue Eduardo Ceniceros Ríos, que también defendió a Ramón Mercader, el asesino de León Trosky.

Testimonio

Manuel Buendía Tellezgirón, tenía 56 años, y era el autor de la columna Red Privada, que publicaba en el diario Excélsior y era reproducida por diferentes periódicos en el País. Era considerado el periodista más influyente, principalmente por su investigación sobre la participación de la DEA en territorio nacional. El día que lo asesinaron hubo un eclipse de sol. Buendía salía de sus oficinas en la Zona Rosa y se dirigía a su automóvil. Junto a él iba Juan Manuel Bautista Ortiz, que tenía 17 años y era su ayudante. Caminaba unos pasos adelante. De pronto se escucharon las detonaciones de arma de fuego y el cuerpo de Buendía cayó al suelo. Bautista vio al asesino, que empuñaba un arma. Pudo dispararle, pero se le atravesó una mujer. El joven fue al cuerpo de Buendía y tomó su pistola Veretta Calibre 35, ya que el periodista siempre iba armado. Persiguió al asesino, pero no lo alcanzó. Así se inició la leyenda del Caso Buendía.