De política y cosas peores

“Mi esposa y yo somos muy sensuales -relató un tipo en el bar-. Siempre nos ha gustado mucho el sexo. Hicimos el amor antes de casarnos”. Comentó uno de los presentes: “Muchas parejas han hecho el amor antes de casarse”. Preguntó el tipo: “¿En el atrio de la iglesia, mientras llegaba el cura que nos iba a casar?”. Ya conocemos a Jactancio Elátez. Es un tipo vanidoso, engreído, presuntuoso, egocéntrico, pedante y fanfarrón. Como él andan muchos por el mundo. Supe de uno que le dijo a la chica con quien conversaba: “Pero ya hemos hablado demasiado de mí, linda. Hablemos ahora de ti. Dime: ¿qué piensas tú de mí?”. Pues bien: ese tal Jactancio declaró una vez con actitud supuestamente humilde: “Quise ser metrosexual pero no pude. Me faltaron unos cuantos centímetros”. Un tipo fue a visitar a su amigo en el hospital.

Lo encontró en el lecho de dolor vendado de pies a cabeza igual que momia egipcia. “¿Qué te sucedió? -le preguntó azorado-. ¿Te atropelló un tráiler de 40 toneladas?”. “No -respondió con flébil voz el lacerado-. Me dio tos”. “¿Cómo? -se sorprendió el visitante-. ¿Por una tos estás que de milagro vives?”. “Sí -confirmó el otro-. Tosí dentro de un clóset y me oyó el marido”. La mitología contienen más verdades que la historia. Los dioses y las diosas poseen más realidad que cualquier hombre o que cualquier mujer. El nombre de los personajes mitológicos se sigue recordando, en tanto que el de billones de personas que vivieron realmente en este mundo se perdió para siempre en el olvido. ¿Existió Casandra? Quién lo sabe. Pero aún en nuestros tiempos cibernéticos la seguimos mencionando cuando se habla de augurios ominosos que se cumplen fatalmente.

De esta Casandra se enamoró Apolo, y para conquistarla le hizo un regalo: el don de profecía. Casandra lo recibió, pero actuó luego como aquella muchacha de mi pueblo cuyo apodo era “La tuerca”, porque a la mera hora se apretaba. Igual hizo Casandra: le negó al dios lo que quería, que era lo mismo que los hombres quieren. Apolo, así burlado, castigó a Casandra haciendo que sus profecías fueran desdeñadas por el pueblo, y que todos la consideraran loca. ¿Correré yo la suerte de Casandra si vaticino que el Gobierno cuyo lema es “Nada al margen de la ley; nadie por encima de la ley” seguirá tolerando los desmanes de la CNTE y al final cederá y dará a sus prepotentes líderes todo lo que exigen, y algo más? Espero equivocarme: lo peor que a un profeta le puede suceder es que sus profecías se cumplan. Uglicio no sólo era muy feo: era además mamón, sangrón, huevón y cabrón, si me es permitido motejarlo con esos epítetos notoriamente faltos de caridad cristiana, sobre todo “cabrón”. Eso explica por qué la linda Dulciflor, cuando Uglicio le pidió que fuera su novia, respondió diciendo: “No, no, no y mil veces no. Aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra te diría que no, y que no, y que no”. “Vaya -replicó Uglicio-. Te trataré el asunto en algún otro momento. Ahora te noto un poco indecisa”.

Doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, llegó a su casa luciendo un nuevo abrigo. Cuando su esposo don Sinople supo lo que le había costado puso el grito en el cielo. “¿Por qué tan caro?” -preguntó irritado. Le informó doña Panoplia: “Es de lana virgen”. Razonó don Sinople: “No creo que la vida privada de las ovejas deba influir en el precio”. Una señora fue a la tienda a devolver el calentador eléctrico que había comprado. “¿Por qué lo devuelve?” -le preguntó el encargado. Explicó la señora: “Me recuerda mucho a mi marido. Tarda mucho en calentarse, bien pronto se le quita lo caliente y le falla la resistencia”.

FIN.