De política y cosas peores

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Mr. Highrump, magnate empresarial conocido como “El rey del chicle bomba”, invitó a sus amigos a la cacería del alce en la foresta canadiense. La noche anterior a la del acontecimiento venatorio los reunió en el salón de trofeos de su finca para darles las instrucciones del caso. Les dijo: “Amigos míos: mañana muy temprano saldremos en busca del alce.

Nos acompañará mi fiel mayordomo James, aquí presente (James hizo una leve inclinación de cabeza). Él tiene la rara habilidad de imitar a la perfección el llamado del alce hembra en celo. Iremos al bosque en cuya umbría soledad habita ese cornígero y formaremos un círculo de cazadores. En el centro se colocará James, y a una señal mía hará ese llamado. Al oírlo acudirá el animal. Quien lo aviste primero, dispare. Pero una cosa he de rogarles, mis amigos.

Por favor tengan buena puntería, porque ya van 14 veces que el alce se despacha a James. (Nota: el resto de los sirvientes de Mr. Highrump, envidiosos del mayordomo, murmuraban que James se había acostumbrado ya a los abusos del alce, tanto que en su interior pedía que los cazadores fallaran el tiro. No puedo hacerme responsable, sin embargo, de la veracidad de esa afirmación). Don Usurino Matatías, el hombre más avaro de la comarca, tenía un hijo en edad núbil. Hace un mes el muchacho, temblando casi, le pidió a su padre 10 pesos. Dos semanas después le pidió 15. Y anoche le pidió 20. Le dijo el cutre, severo y suspicaz: “A mí no me engañas, hijo. Tú tienes una amante”.

Un tipo se fue a confesar con el buen padre Arsilio. Le dijo: “Amo profundamente a las criaturas del Señor. Tanto amor les tengo que cuando voy al campo me pongo campanitas en los tobillos a fin de advertir a las hormiguitas de mi paso, y que se aparten para no pisarlas”. “Te felicito, hijo -lo congratuló el presbítero-. Parva sub ingenti. Los pequeños han de estar bajo la protección de los grandes.

Pero dime: ¿qué pecado venías a confesarme?”. “Acúsome, padre -declaró el sujeto-, de que últimamente he embarazado a seis mujeres, todas vírgenes”. “¡Grandísimo cabrón! -profirió entonces el sacerdote, airado-. ¡Donde deberías ponerte campanitas es en la pija!”. Otra vez el insolente Trump hace a México objeto de vejaciones y amenazas.

A ellas nuestro Gobierno responde sólo con tibias manifestaciones de respeto buena vecindad. No deberíamos ya usar la resobada expresión “buenos vecinos”, pues bajo el régimen del estólido presidente y de sus electores nosotros somos los buenos y ellos son solamente los vecinos.

Cada día me convenzo más de que estuve muy puesto en razón cuando hice la promesa -que he cumplido cabalmente- de no pisar suelo americano mientras Trump esté en la Casa Blanca. Por muchas razones admiro al pueblo de Estados Unidos, pero ese malvado es la viva representación de “the ugly american”.

Usa a México y a los mexicanos para ganar votos. Insiste en levantar su muro, que de nada servirá -no hay muro que pueda detener a quienes tienen hambre- y habla de “la maldita frontera”, siendo que de los mexicanos viven en buena parte los habitantes de la frontera sur de allende el Bravo. ¿A Trump no le pediremos disculpas?… Himenia Camafría, madura señorita soltera, le contó a su vecino: “Un hombre entró anoche en mi casa y se metió a mi cuarto”.

Le preguntó el vecino: “¿Y pidió auxilio?”. Replicó la señorita Himenia: “Iba a pedirlo, pero no lo dejé”. La señora, nerviosa, le dijo a su marido: “Vino tu compadre Pitoncio”. Preguntó el esposo: “¿Ycómo se encuentra?”. El pequeño hijo del matrimonio se adelantó a contestar: “Abre la puerta del clóset. Ahí lo encontrarás”.

FIN.