De política y cosas peores

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CIUDAD DE MÉXICO .-Don Carmelino Patané, señor que ha deshojado ya muchos calendarios, corteja discretamente a la señorita Himenia Camafría, que muchas margaritas ha deshojado ya. Va a merendar con ella los jueves por la tarde, y le canta romanzas sentimentales de Piccini, Caccini y Gasparini acompañándose con su mandolina, instrumento que tañe con notable habilidad. La señorita Himenia le pregunta si no sabe canciones como “Musmé”, “El faisán” o “Flor de té”, que ella escuchó en las privilegiadas voces del doctor Ortiz Tirado, Juan Arvizu y Néstor Mesta Chaires.

Don Carmelino hace un gesto desabrido y responde que no le agradan esas modernidades. El pasado jueves el provecto galán hizo a un lado al mismo tiempo la mandolina y la discreción; tomó en sus brazos a la señorita Himenia y le declaró su amor en tono arrebatado. Le suplicó, vehemente: “¡Sea usted mía esta noche de abril! ¡La próxima vez será quizás en junio, cuando me recupere!”. “¡Por Dios, amigo mío! -exclamó ella, azarada-. ¡Contenga sus ímpetus, al menos parcialmente! Cierto es que estamos solos, pues hoy es el día en que la sirvienta sale y viene hasta mañana. Cierto es también que no me es usted indiferente, y que aún laten en mí las ilusiones de la edad primera.

La alcoba está aquí al lado, y antes de que llegara usted tomé la precaución de volver hacia la pared la imagen de Santa Staurofila, patrona de la pureza femenina, y puse en la cama sábanas de seda negra en previsión de que algo pudiera suceder. Le ruego, sin embargo, que considere mi posición”. “¿Cuál será?” -preguntó con interés don Carmelino. “Quiero decir -aclaró la señorita Himenia- que tengo escrúpulos”. “No importa -replicó él acercándola más hacia sí-. Estoy vacunado. Mi antigua profesión de viajante de comercio me ponía en la necesidad de precaverme contra todo posible contagio. Vayamos al lecho pues, mujer del alma, y probemos quizá por la vez última las mieles del amor”. “Pero, don Carmelino -objetó la señorita Himenia-, no estoy sexualmente activa”. “Tampoco eso me importa -respondió el encendido galán-. Usté nomás póngase. De la actividad me encargo yo”. Y así diciendo se levantó del sillón rápidamente.

Su premura obedecía al temor de que se le pasara -digamos- el impulso. La nerviosa doncella lo detuvo. Le preguntó, tímida: “¿No hablaremos antes de matrimonio?”. “No -contestó don Carmelino al tiempo que la jalaba por el brazo-. Ya tengo uno”. ¡Jamás hubiera dicho semejante cosa! Himenia se puso en pie hecha un basilisco y le señaló con ademán enérgico la puerta de la calle. “¡Salga inmediatamente de mi casa! -le ordenó al aturrullado carcamán-. ¡No es usted digno de pisar el suelo de un hogar decente!”. Allá va don Carmelino, perdido todo impulso, y allá van con él la mandolina, Piccini, Caccini y Gasparini. La moraleja de esta veraz historia es que antes de hablar debemos pensar. Habló López Obrador -en eso es pródigo- y dijo que la justicia está por encima de la ley. Hacer tal afirmación equivale a abrir la puerta a la inseguridad jurídica, por el riesgo que implica la posibilidad de que cada uno, en forma subjetiva y arbitraria, determine por sí mismo lo que es justo y lo que no lo es.

Se supone que la ley vigente es expresión de la justicia. En caso contrario se le debe cambiar, pero sin apartarse nunca de ella, porque el derecho positivo es el único marco seguro en que la vida en sociedad puede cumplirse en forma pacífica y ordenada. Es de lamentarse, entonces, la manifestación hecha por el Presidente López. Si la hizo impensadamente es malo, y si la hizo en forma calculada es peor, pues anuncia toda suerte de desgracias para México.

FIN.