Desde mi teclado

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Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

Hace casi un cuarto de siglo se establecieron los lineamientos para la comercialización de un, en ese entonces novedoso dispositivo de grabación de información: el DVD. El principal uso de este tipo de unidad de almacenamiento de información fue el de la venta de material audiovisual, así que debido a la influencia de las empresas productoras de películas se dividió el mundo en varias regiones, de modo que la publicación progresiva de sus producciones en las diversas partes del mundo maximizara sus ingresos.

A nuestro país le tocó en suerte pertenecer a la sección denominada con el número cuatro y por algún tiempo, en ciertas conversaciones se utilizaba la expresión “región 4” como sinónimo de “tropicalización”, es decir la adaptación de un modelo a las características específicas de alguna localidad. En modo burlón, se decía que cierto compañero era un “Brad Pitt región 4”, por ejemplo.

Recuerdo que la estandarización exhibida por las empresas fabricantes de este tipo de artilugios me llamó la atención, principalmente porque logró ser implementada con un admirable nivel de éxito. Porque existen otros temas en los que durante siglos, el concierto de las naciones no ha sido capaz de establecer un patrón único ya no digamos mundial, sino aunque fuera regional. Al final de cuentas “cada quien tiene su forma de matar las pulgas”.

Si en un país se utilizan los kilómetros como medida de longitud, en otro se usan las millas; si aquí se mide la capacidad en litros, allá es en galones; aquí usamos los kilogramos, allá las libras y las onzas (y no solamente eso, sino que si lo que se va a pesar es oro, entonces se utilizan otro tipo de onzas llamadas Troy).

Sin embargo, hay algo en lo que hasta donde sé, todos coincidimos: La medición y subdivisión del día.

En nuestro idioma, la palabra “día” puede referirse a dos cosas: el período de 24 horas transcurrido desde que el sol está en cierta posición en el cielo hasta que vuelve a estarlo, o bien la parte de ese período en la que tenemos la luz del sol (digamos que la “parte diurna” del día antes definido). En otras palabras, un día es igual a la suma de un día más una noche. Si lo lleváramos a una representación algebraica, diríamos que d = d + n, lo cual solamente sería válido cuando n fuera igual a cero. Haciendo a un lado esta extraña situación, veamos las partes del día. Desde la antigüedad, la parte diurna del día fue dividida en doce porciones. ¿Por qué doce?

Recordando mis días de estudiante, algún maestro me comentó que los griegos ya habían llegado a la conclusión de que Pi (es decir 3.141592…) era un número irracional, es decir, que no puede provenir de la división de dos números enteros. En lo que ese maestro no abundó fue en que hace como veinticinco siglos, que fue cuando llegaron a esa conclusión, no disponían de “nuestros números”, es decir los arábigos, ni del punto decimal. Estas limitaciones, convierten al número doce en algo valioso.

El número doce tiene mitad exacta, tercera parte exacta, cuarta parte exacta. Todo ello facilita, por ejemplo  los pagos proporcionales a los trabajadores. Si, por ejemplo, el día tuviera solamente diez horas, tendría mitad exacta y quinta parte exacta. No resultaría igual de versátil y conveniente.

Muy bien. Ya tenemos la subdivisión del día en doce horas y la noche en otras doce horas. ¿Cómo las subdividimos? Si bien el doce es un número bastante cómodo para realizar fracciones, dividir la hora en doce períodos resultaría en minutos demasiado prolongados.

Por cierto. La palabra que utilizamos para la primera subdivisión de la hora es “minuto”. En nuestro idioma, tenemos las palabras “minucias”, “minúsculo”, “disminuir”, “diminuto”, vamos, hasta “menudo” y muchas otras que nos traen a la mente el concepto de pequeño. Y es que esa era la idea. El “minuto” era la “primera parte pequeña” en la que se dividía la hora. Pero hacía falta dividir a los minutos en algo todavía más pequeño. Así fue como nacieron las “segundas partes pequeñas”, que conocemos como “segundos”.

Pero si los minutos fueran la doceava parte de la hora y los segundos fueran la doceava parte de los minutos, cada hora tendría 144 segundos. Los segundos serían aún muy largos.

Una ingeniosa solución a esta dificultad fue tomar prestado el sistema numérico utilizado en la antigua Mesopotamia: base sexagesimal. Los sumerios, babilónicos, asirios y demás pueblos que habitaron aquella región, tampoco contaban con el punto decimal, así que utilizaron un sistema numérico basado en el número sesenta. La ventaja es que dicha base tiene mitad, tercera, cuarta, quinta y sexta parte exactas. La desventaja: los estudiantes de aquella aritmética tendrían que aprenderse las tablas del 1 al 59.

Dividir la hora en 60 y cada minuto en otros 60. De ese modo, cada hora tiene ahora 3,600 segundos, cosa que para los mecanismos medidores del tiempo en aquella época era más que suficiente. De hecho, muchos de los primeros relojes mecánicos que fueron fabricados muchos siglos después tenían solamente la manecilla del horero. No había necesidad de más exactitud.

Me quedan algunas otras cosas que quisiera comentarles, pero eso será la próxima vez.

Que tengan ustedes una excelente semana.