Desde mi Teclado

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Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

La próxima semana se cumple exactamente un tercio de siglo de un acontecimiento muy poco común. En mayo de 1987 un joven originario de Alemania Occidental llamado Mathias Rust luego de ingresar sin permiso en el espacio aéreo de la Unión Soviética, decidió aterrizar la avioneta que piloteaba en las inmediaciones de la Plaza Roja, en Moscú.
Para tener una idea más clara de la magnitud de la travesura del buen Mathias creo que conviene mencionar algunos antecedentes.
En 1983 un avión de pasajeros de Korean Air Lines había sido derribado por la fuerza aérea soviética supuestamente por haber sido confundido con una nave de espionaje norteamericana. El resultado: más de 250 personas fallecidas.
Y es que en esos años había una inquietud en una buena parte del mundo dada la posibilidad de una guerra nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. A finales de los 70’s un general inglés retirado (Sir John Hackett) había logrado tener un Best Seller con una historia referente a una guerra entre la OTAN y el Pacto de Varsovia ubicándola en agosto de 1985.
Desde por lo menos un par de décadas antes se habían producido películas, novelas y hasta canciones con escenarios pesimistas acerca de lo que un pequeño error podía desencadenar. Por citar un par de ejemplos de la época del episodio del avión surcoreano, la canción “99 Luftballons” y la película para televisión “The Day After”.
Unos años antes en 1979, al celebrarse una reunión entre el máximo líder soviético Leonid Brezhnev y el presidente estadounidense Jimmy Carter, este último había proyectado cierta debilidad. Si algo había caracterizado la época de la “Guerra Fría” había sido férrea competencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. En cualquier campo. Desde la llamada carrera espacial, hasta el medallero de los juegos olímpicos cada cuatro años o el campeonato mundial de ajedrez.
Así que después de la imagen exhibida por el presidente Carter ante Brezhnev, no fue de extrañar que en las elecciones de 1980 el triunfo correspondiera al candidato republicano Ronald Reagan.
Entre los colaboradores cercanos del nuevo presidente estaba el señor Alexander Haig como Secretario de Estado, quien era de extracción militar y había sido descrito por diversas fuentes de la prensa internacional como una persona agresiva e impulsiva. Todo esto contribuía a incrementar el recelo con el que se vislumbraban los años siguientes.
Al poco tiempo de asumir la presidencia Reagan sufrió un atentado y mientras estaba siendo sometido a una intervención quirúrgica, en medio de la confusión y a pregunta expresa de la prensa, el secretario Haig se identificó como la persona que estaba al mando. Esta afirmación era falsa ya que la autoridad recaía en el vicepresidente Bush. Este acto, en opinión de varios editorialistas habría de terminar costándole el puesto al Secretario de Estado.
Poco tiempo después, a la muerte de Leonid Brezhnev, en el gobierno soviético se sucedieron en el poder Yuri Andropov, Konstantin Chernenko y finalmente Mikhail Gorbachev en 1985. Y de pronto, lo impensado. En un período relativamente corto se dieron: la apertura de la “Cortina de Hierro”, la caída del muro de Berlín, la integración de una sola Alemania, las divisiones de la Unión Soviética, de Checoslovaquia y de Yugoslavia. Para cuando se celebraron los juegos olímpicos de Barcelona 1992, los atletas de lo que anteriormente se llamó Unión Soviética participaron sin una bandera. Cuando accedían al podio en alguna entrega de medallas se izaba la bandera olímpica.
Bueno… ¿Y Mathias Rust?
Me resulta muy difícil tratar de adivinar los pensamientos de sus padres durante los meses siguientes al evento. La incertidumbre que tuvieron que vivir porque después de todo, aún era la Unión Soviética y seguramente tendrían a bien imponer una sanción de acuerdo al papelón que hicieron sus defensas antiaéreas.
Sin embargo no fue así… bueno, no tanto.
El joven Rust fue sentenciado a cuatro años en un campo de trabajo. Pero ni eso cumplió. Estuvo detenido en una prisión moscovita y fue puesto en libertad en agosto de 1988 y devuelto a Alemania Occidental como un “gesto de buena voluntad”.
A fin de cuentas, no estuvo del todo mal. Invadir espacio aéreo de un país poco tolerante, aterrizar en un punto icónico de su geografía que ni aeropuerto es y poder platicarlo en casa poco más de un año después a cambio de estar encerrado unos meses con aparente buen trato. Y en cuanto al tema de la Guerra Fría, no hubo guerra nuclear y salvo en el caso de la división de lo que era Yugoslavia, el resto de las transformaciones en el tema geográfico se llevaron a cabo en relativa calma.
¿Qué podemos tomar como enseñanza?
Creo que el futuro, como todo lo desconocido, siempre genera una sensación de inquietud, sin embargo debemos tener confianza en que de una u otra manera las cosas terminarán bien. Con pandemia o sin ella, con las crisis presentes, futuras, o del pospretérito, más lo que se acumule. A manera de ejemplo, imaginemos al padre de Mathias cuando le comunicaron: “Herr Rust, acaban de llamar de la cancillería. Que tienen a su hijo Mathias detenido en Moscú”.
Por ahora hacemos una pausa.
Que tengan ustedes una excelente semana.