En estos momentos de la historia de la humanidad, de la historia de nuestros países, de la historia de la Iglesia, los cristianos hemos de tomar nueva conciencia de cuál es nuestra misión, como hombres y como discípulos de Jesucristo. El mundo necesita de sentido. El mundo necesita de valores y solo Cristo se los puede dar. Tenemos que sentirnos todos interpelados por Cristo para dar sentido a la vida de los hombres, para difundir en el mundo los valores humanos y evangélicos.

Difundir en primer lugar los valores humanos es una tarea que compete a cada hombre. Todo lo verdaderamente humano debe interesarnos. No es suficiente vivir en la vida personal los valores tradicionales y quedármelos para mí mismo. No basta con adquirir la propia madurez humana. Si nos sentimos parte de la gran familia humana y cristianos, debemos ayudar a nuestros hermanos los hombres a construir sus vidas sobre los sólidos cimientos de los valores auténticos. Y el mejor modo de hacerlo será con el testimonio de vida.

También hemos de difundir los valores evangélicos. Cristo mismo nos ha dejado un mandato claro y preciso: “vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio”. Y el Evangelio de Cristo, de cuyos valores nosotros somos herederos y depositarios, ha de ser predicado con decisión, dice San Pablo, “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación del que cree”. No tenemos nada qué temer pues, en este gran reto de evangelización y de compartir lo que hemos conocido. Cristo está con nosotros, es nuestra gran seguridad y garantía, “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La nueva evangelización requiere de nuevos métodos, nuevos areópagos como nos decía Juan Pablo II, nuevo ardor para predicar a Cristo. Tenemos delante de nosotros los medios de comunicación social, en donde todavía hay mucho por hacer para aprovecharlos y transmitir el Evangelio. Aún se necesitan más pioneros que se aventuren en estos campos y que ensanchen los horizontes de la evangelización, con un corazón grande y decidido. No estamos para imponer ideas, sino para compartir un estilo de vida que nos lleva a la bienaventuranza espiritual.

La proclamación del Evangelio requiere de la generosidad de todos los cristianos. Todos por la vocación bautismal, estamos llamados a colaborar en esta gran empresa de la evangelización. Se necesitan hombres y mujeres generosos que estén dispuestos a ponerse al servicio del Evangelio; generosos por lo que se refiere al tiempo que dedican, a los medios que aportan para ello y a la intensidad con que lo viven.

Trasmitir a los demás los valores evangélicos es una tarea apasionante que requiere de corazones entusiastas y ardorosos. La evangelización es una exigencia que es fruto de una experiencia interior de Cristo y de su amor. Por ello los mejores evangelizadores son los santos. Ellos son los testigos de Dios, los mártires, en el sentido etimológico de la palabra, aquellos que manifiestan la hondura de su fe con la entrega de su vida; entrega sellada con el derramamiento de la sangre a veces, si Dios concede esa gracia; pero normalmente manifestada con una callada, imperceptible a los ojos de los hombres, pero fiel y constante donación de sí mismo a los demás. Las palabras no siempre son eficaces, pero el ejemplo arrastra. Hoy se necesitan hombres y mujeres que sean verdaderos testigos de Cristo, cuyas palabras estén corroboradas por una vida evangélica. La Iglesia necesita hoy de este tipo de apóstoles. Solo ellos podrán llevar a cabo obras de envergadura y de profundidad. Así el Evangelio podrá penetrar ahí a donde no ha llegado todavía, a aquellos sectores de la sociedad no cristianizados, poniendo al servicio de la evangelización el poder de la creatividad que, por otra parte, se manifiesta con tanta evidencia en la realización de otras empresas humanas.

La madurez cristiana incluye necesariamente la vertiente apostólica. No sería maduro el cristiano que se contentara con ser bueno o piadoso. El tesoro del Evangelio es de un valor tan grande para los hombres que nos debe quemar el corazón el deseo de compartirlo con los demás. El Evangelio es luz y es sal. Su llama debe iluminar delante de todos los hombres para que todos den gloria al Padre que está en los cielos. Hoy, como ayer, como siempre, el mundo sigue necesitado del Evangelio del amor y de la gracia, del Evangelio de Cristo, de Cristo mismo, el Hijo de Dios hecho hombre, “No hay otro nombre en la tierra bajo el cual nos sea dado salvarnos”. Él es el tesoro más grande que tenemos los cristianos; un tesoro que debemos comunicar al mundo, que debemos gritar, predicar, proclamar. Sí, la vida vale la pena, si la edificamos sobre Cristo, la única piedra angular: Cristo es el único que da valor, sentido y significado a la vida humana.

Santa  María  Inmaculada, de la Dulce Espera,  Ruega  por nosotros.

P. NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey
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