El Abad Schulenburg y el escándalo guadalupano

Al cancelarse por pandemia los festejos tradicionales a la virgen, es importante recordar el significado de este ícono religioso

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POR: Yolo Camotes

Una de las características principales del pueblo de México es su religiosidad; cerca del 88% de la población en el país considera que profesa la fe católica y de ellos, casi la totalidad tiene una inmensa devoción por la Virgen de Guadalupe.

Se dice por ahí que todo mexicano es guadalupano, esta devoción a la virgen provoca que proliferen todo el año los altares dedicados a la “morenita” en el transporte público, casas, talleres y hasta en tatuajes.

Pero su historia no está exenta de polémica, y no nos referimos a sus detractores naturales como son los ateos o los que profesan religiones distintas, si no dentro del máximo círculo católico y de quienes estuvieron a cargo de cuidar su mítica imagen.

Nos referimos en este reportaje al Abad Schulenburg, quien con sus declaraciones puso en duda uno de los más socorridos milagros de la religión católica.

Cada quien es libre de creer o no en estas manifestaciones haciendo a un lado el debate científico que demuestren o no lo milagroso de la imagen que se mantiene como símbolo indiscutible de la identidad de los mexicanos.

Pero ni su imagen se ha escapado del escándalo, recordemos por ejemplo que durante la época porfiriana se mandó a analizar su imagen de manera científica, pero tal fue la presión social hacia quienes hicieron, que los encargados prefirieron renunciar por temor a su propia seguridad.

Más recientemente en el año de 1996, Guillermo Schulenburg causó un gran escándalo nacional y mundial al hacer pública su convicción de que el verdadero milagro no se encontraba en la tilma, sino en la devoción de la gente.

Recordar que Monseñor Schulenburg fungía en ese entonces como Abad de la Basílica de Guadalupe, gracias a él se debe la construcción de la actual Basílica conocida como “la nueva”, entre los años 1974 y 1976.
En diciembre del año de 1995, Schulenburg declaró a una revista de tiraje nacional, que la fe del pueblo estaba por encima de la historicidad del acontecimiento guadalupano, es decir que no importaba si Juan Diego había sido una figura histórica o un personaje de ficción.

Afirmaba que la devoción por sí misma era un milagro y una muestra de la fe del pueblo de México, además decía que Juan Diego era solo un símbolo y no una realidad, una tradición antes que un sujeto histórico, arguyendo que no sólo hubo uno, sino muchos Juan diego.
Apoyado por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Schulenburg, se había dado la tarea de localizar los restos mortales de Juan Diego, así como una ermita en la que supuestamente había vivido el indígena.

El abad aseguraba que tras varios intentos por encontrar los restos de Juan Diego, éstos nunca fueron localizados, afirmando que los restos encontrados en la denominada antigua parroquia de indios ubicada a un lado de la antigua basílica, pertenecían a personas que vivieron un siglo después de la época en la que vivió este personaje.

En ninguno de los vestigios arqueológicos se encontró algo que destacará o diera cuenta de la figura de Juan Diego, asimismo detalló que testimonios del primer abad de la basílica, don Juan Alarcón y Ocaña quien ocupó ese cargo entre 1751 y 1757, también había emprendido la búsqueda de los restos de Juan Diego, pero el observar que si seguía avanzando podría poner en peligro la estructura de la capilla, prefirió desistir tras no hallar ningún rastro.

De acuerdo con la tradición católica, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, fue un indígena de origen chichimeca y el cual presenció la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531.

A Schulenburg se le hacía sorprendente que la creencia alrededor de Juan Diego, siguiera tan presente en el catolicismo mexicano, consideraba que debían buscarse las evidencias para probar de manera objetiva esa parte de la historia religiosa del país.

Incluso el abad había enviado las conclusiones de sus hallazgos o en este caso de sus no hallazgos a las autoridades eclesiásticas en el Vaticano, pues consideraba que no podía verificarse ni canalizarse una figura de la cual no se tenía la certeza de que hubiese existido.

Inicialmente la publicación de la entrevista pasaría desapercibida, en apariencia a nadie pareció importarle las declaraciones del Abad, pero meses después, estas mismas declaraciones fueron reproducidas por una revista italiana con circulación en roma y la cual encontró su camino hacia los ojos de varias de las altas autoridades eclesiásticas.

La información llegó a gente cercana al Papa y fue entonces que se desató la polémica llegando a tal grado de calificar al Abad como traidor a la iglesia católica.

Este escándalo normalmente no hubiese pasado de ser una discusión en temas de fe, milagros, discusiones teológicas, filosóficas y hasta metafísicas, que son entre los mismos miembros de la iglesia católica.

Pero sumo quizá que el abad hubiese sido reprendido por el mismo Papa pero parece que detrás de este tema existían razones un poco más de índole ya no divina, sino terrenal.

Resulta que el puesto de Abad era vitalicio y Schulenburg ya contaba con 80 años de edad, sobrepasando su edad de retiro.

Algunos miembros de la jerarquía católica en México, en aquel entonces el arzobispo hoy arzobispo emérito Norberto Ribera, discutían la autonomía de la basílica, en especial en el manejo de sus vastos recursos monetarios, los cuales no compartía la basílica con nadie, a excepción de lo que le correspondía enviar a Roma.

Fue a inicios de 1996 que, bajo el pretexto de su edad, el Cardenal Norberto Rivera le solicitó la abadía a Schulenburg la cual había ocupado desde el 17 de mayo de 1963.

El abad en lugar de amedrentarse e irse, respondió que no lo haría, pues a él lo había nombrado el Papa Juan 23 y no Norberto Ribera.
Así Schulenburg, se no va a dejar el cargo o ceder la autonomía financiera y eclesiástica a las autoridades católicas mexicanas.

Por este motivo la publicación del artículo anteriormente mencionado, se presentó coincidentemente en el mejor de los momentos. En aquel entonces Juan Diego estaba en proceso de beatificación y en ello estaba involucrado personalmente el propio Papa Juan Pablo Segundo quien profesaba una gran devoción guadalupana.

La jerarquía cercana al pontífice, manejó que cuestionar la existencia de Juan Diego, era cuestionar la existencia misma de la Virgen de Guadalupe, de poner en duda a la misma Iglesia Católica así como a su líder en aquel entonces.

Para que la presión fuera un poco mayor, enseguida comenzó a cuestionarse públicamente sobre la fortuna personal de Schulenburg, el cual al parecer gozaba de una excelente calidad de vida, poseía amplias casas en zonas residenciales, autos de lujo, etcétera.

Finalmente sería este segundo escándalo, el financiero, el que terminaría con la renuncia del abad a fines de 1996, evadiendo con esto, cualquier cuestionamiento sobre el origen de sus bienes.

Schulenburg fallecería el 19 de julio del año 2009 a los 93 años de edad, al morir, dejaría, ya sea de manera voluntaria, o no, sus bienes a la basílica.
Es una costumbre muy arraigada entre los miembros de la iglesia, que donen sus bienes materiales, a veces de manera voluntaria y en otras siendo presionados por la misma jerarquía.
Los bienes que Schulenburg dejó a la basílica, constaban de cuatro cuentas bancarias depositadas en los Estados Unidos con una cantidad indeterminada. En México estas cuentas personales sumaban más de 60 millones de pesos, más un lote de joyas y 30 centenarios. Las casas se las alcanzó a dejar a sus familiares
En el año de 1998, desaparecería la figura del Abad y quedaría un rector en su lugar a cargo del Santuario de Guadalupe y bajo la jurisdicción directa del Arzobispo Primado de México, el cual comenzó a administrar los recursos de la basílica.

En el año 2002 Juan Diego sería canonizado por el Papa Juan Pablo Segundo tras atribuirle más de una decena de milagros, el nuevo Rector Diego Monroy también se vería envuelto en grandes escándalos financieros los que finalmente también lo orillaron a presentar su renuncia al cargo.

Incluso miembros del clero, canónicos de la basílica, cuestionaron abiertamente en varias cartas a Roma y al Arzobispado de México, el opaco manejo de los recursos financieros de la basílica con el nuevo rector.

Aseguraban que muchos de esos recursos, simplemente desaparecían y no llegaban a donde deberían hacerlo. Aquellas personas que delataron estos malos manejos financieros fallecerían de manera misteriosa. Una de ellas que se decía tenía evidencia de los malos manejos, fue golpeada mientras se encontraba en su departamento supuestamente para robarle.

Inicialmente se le había tratado a esta persona en un hospital privado donde parecería que se recuperaría, pero las autoridades eclesiásticas decidieron trasladarla a un hospital administrado por el arzobispado para su recuperación y donde sin razón médica aparente sería inducido a un coma y más tarde sufriría un cardíaco.

Antes de la emergencia sanitaria, la basílica era visitada por alrededor de 20 millones de personas cada año, dejando una derrama económica para la ciudad de mil 200 millones de pesos anuales, entre el 11 y 12 de diciembre principalmente en alimentos y hospedaje así como de recuerdos alusivos a la fecha de celebración.

De estos 600 millones de pesos se estima serían derramados en las zonas aledañas a la basílica de Guadalupe. También cada año, México se encuentra entre los 10 primeros países con mayor turismo religioso en el mundo, dejando más de 10 mil 200 millones de pesos por año.

A pesar de los distintos escándalos a través de la historia, la fe de los que creen en la guadalupana no se ha resquebrajado.

Hoy solo podemos concluir que siempre habrá quienes se aprovechen de las manifestaciones de carácter sobrenatural y la sincera fe de las personas.
Si la aparición de la Virgen de Guadalupe fue milagrosa o no, no, es tema para este relato, y hacerlo sería egocéntrico, ya que Sócrates, el hombre más inteligente de Grecia, confirmaba lo pequeño de su entendimiento comparado con el cosmos.