Es rica y amplia la gama de los valores sobre los que se cimenta la vida humana y la existencia cristiana. Algunos de ellos nos pueden ayudar a cumplir con mayor perfección la misión que el Señor ha querido confiarnos. Tres en especial, que hoy en día se ven algo lastimados y son: la generosidad, la audacia y la constancia.

1. Generosa es la persona que está en todo momento dispuesta a dar, más aún a darse a sí misma en favor de un ideal. Un primer grado de generosidad es compartir con los demás aquello que es nuestro: poner a disposición de los demás nuestras pertenencias, ayudar económicamente a una persona necesitada, etc. En este sentido, la generosidad está emparentada con el desprendimiento. Pero la persona verdaderamente generosa va más allá de la donación de las cosas: llega hasta la donación de sí misma, de su tiempo, de sus facultades, de su persona. Solamente la persona generosa puede vencer la fuerza del egoísmo, que busca todo para sí. La persona generosa sabe realizar el don sincero de sí, llegando a un grado alto de madurez personal. Es maduro quien no sólo recibe, sino da, quien se da a sí mismo. Por eso para llegar a la verdadera madurez es necesario pasar por la generosidad. Existen hombres generosos y hombres egoístas; hombres y mujeres que se han entregado en cuerpo y alma a su ideal de vida y otros que han preferido protegerse bajo un caparazón de excusas para retener para sí los dones que Dios les había concedido. Los egoístas podrían parecer tener más oportunidades de gozar de la vida, sin embargo son personas profundamente amargadas, llenas de temor por el futuro, de perder sus posesiones o su felicidad. Los generosos, en cambio, son más felices cuanto más dan. Cuando se quedan sin nada es cuando más gozan. Y es que es verdad que hay más alegría en dar que en recibir y que el Señor ama a quien da con alegría. Los generosos son personas abiertas, olvidadas de sí, serviciales, llenos de optimismo y de buen espíritu. No tienen miedo de perder ni de perderse, porque saben que cuanto más dan, mas reciben; cuanto más se pierden, más se encuentran, cuanto más generosos son, mayor grado de felicidad alcanzan.
Busca vivir la generosidad para con Dios. El demonio nos inculca cierto recelo de Dios, una especie de miedo inexplicable a lo que Él nos pueda pedir, a esas exigencias suyas que nos parecen intolerables. Nada más irracional que este miedo, porque Dios es amor que se dona y si nos pide algo es porque antes nos ha dado la gracia de responderle. Generoso fue Abraham con Dios, cuando dejó su tierra para ir hacia aquella otra que le indicaba el Señor. Generosa fue María con su sí incondicional a la propuesta del ángel. Generoso fue Cristo que en la cruz murió completamente desnudo de todo lo humano, porque nos lo había dado absolutamente todo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Generoso es quien perdona y olvida las ofensas recibidas. Generoso es quien sabe perderse a sí mismo para encontrarse en Dios.

2. La valentía y la audacia. Algunos identifican la persona madura con el prudente que arriesga lo menos posible por temor a perder lo que tiene. Cierto que el hombre maduro ha de ser prudente, pero también ha de ser valiente y audaz. No hay que arriesgar en modo innecesario e irracional, sin embargo, en la vida, que es una lucha, es preciso correr ciertos riesgos y para ello es necesario una buena dosis de valor. La vida humana es un proyecto, una misión en cuya realización se encuentra el pleno sentido al vivir. Ahora bien, todo proyecto implica cierto riesgo, aventura e imprevisto. Hay que prever y programar, pero es imposible hacerlo en modo absoluto. Quien estuviera esperando una programación perfecta sin ningún tipo de riesgo jamás podría actuar.
La audacia y la valentía no son sólo valores humanos. Son también valores cristianos. El mismo proyecto de la Encarnación, manifiesta, de la parte de Dios, una especie de audacia a lo divino. Cristo aceptó con valentía los tormentos de su pasión y en diversas ocasiones pidió a sus discípulos que superasen el miedo que los atenazaba. El cristiano también ha de ser valiente y audaz para emprender grandes obras en favor de la Iglesia y de la difusión de la fe. Numerosas son los cristianos que han defendido a lo largo de la historia con valentía su fe en Cristo. Basta mencionar el ejemplo de los mártires que, a lo largo de los siglos, han llenado de coronas la vida de la Iglesia. Hombres y mujeres que no han tenido miedo a proclamar su fe y su amor a Cristo con riesgo de sus vidas. Y no son ejemplos que pertenecen al pasado. En nuestros días, muchos cristianos siguen sufriendo valientemente la prisión, la cárcel y la tortura a causa de su fe, en las misiones o en países no cristianos. Pero también se requiere hoy día un gran valor para ser cristiano en medio de nuestras sociedades occidentales en las que priva un modelo de vida neopagano. El cristiano tiene que ser valiente para no dejarse arrastrar por esa forma de vida, para proclamar sin miedos su fe en Cristo, para sufrir la calumnia, las burlas y las incomprensiones de un ambiente lleno de hedonismo, de consumismo y de permisivismo. Este es otro tipo de persecución moral, no cruenta, pero no por ello menos demoledora, que es preciso afrontar con la audacia de la fe, de quien cree en las palabras de Cristo: “Confia. Yo he vencido al mundo”.
El cristiano ha de ser valiente también para rechazar todo tipo de mal, especialmente el pecado. Cuánta fuerza de espíritu se requiere para rechazar las insidias del mal que brotan por todas partes. Sólo si, como Cristo, se afrontan con la oración y con una voluntad decidida, se podrán superar. Pero la tarea del cristiano no es sólo la de rechazar al mal. Él debe “vencer al mal con el bien”. Y para hacer el bien hay que ser muy audaz, valiente y decidido.

3. La constancia. Muchas empresas, grandes o pequeñas, muchos proyectos de vida, muchos buenos propósitos e intenciones naufragan por falta de constancia y de perseverancia. Hay quizás un esfuerzo inicial, un fuego de artificio, pero luego todo se precipita sin resultado alguno porque no se supo poner un esfuerzo continuado. La constancia no es un valor que a primera vista parezca demasiado importante, pero sin ella es imposible la obtención de resultados en cualquier campo de la vida. La edificación de un proyecto vital no es cosa de un día. Quien quiere construir la vida con sólidos valores no puede poner un esfuerzo intermitente al vaivén de los estados anímicos o de las circunstancias.
La constancia es necesaria para culminar cualquier proyecto humano y también lo es para conseguir el proyecto cristiano de santidad. De modo ordinario, la santidad no se consigue de la noche a la mañana. Se requiere la dura prueba de la perseverancia en el bien, sortear muchas dificultades, estar dispuesto a volver a comenzar una y otra vez, un día y otro día, sin desalentarse por los fracasos, por las derrotas parciales, por los problemas que normalmente aparecerán a lo largo del camino.
No es suficiente comenzar una obra, un proyecto o un propósito. Hay que concluirlo: obra comenzada, obra concluida. En la formación de la constancia es imprescindible contar con una voluntad fuerte que se acerca con el sacrificio personal, no sólo con grandes, pero aislados sacrificios, sino con pequeños actos de dominio de sí continuados, puestos día tras día, hasta formar sólidos hábitos de conducta. Quien quiere seguir, por ejemplo, un eficaz régimen alimenticio no estará todo un día sin comer, si al día siguiente, va a consumir el doble. Es necesario hacer pequeñas renuncias continuadas a lo largo de un periodo suficientemente largo para obtener resultados. Del mismo modo, quien se propone seriamente una vida de santidad cristiana debe ser consciente de que si no persevera en su empeño y si no lucha todos los días para conquistar ese ideal, no la podrá conseguir. Cuando Cristo nos aconsejó tomar la cruz y seguirle, añadió, con gran finura psicológica, “cada día”. Por eso Él nos invita a perseverar en la oración, sin dejarnos vencer por el cansancio.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.
P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey
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