HABLEMOS DE… EDUCACIÓN Y PASEOS.

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Por Rodolfo Villarreal Vega

Para hablar de los juegos infantiles y de los lugares de recreo de los niños del pueblo de San Buenaventura en los años cincuenta y sesenta y seguramente desde muchas décadas atrás en el siglo XX, se hace necesario hablar someramente de la educación y la escuela.

EL PUEBLO Y LA ESCUELA

Muy temprano por la mañana, si era primavera, todavía adormilados oyendo el melodioso canto de los pájaros y el jolgorio de las aves de corral, después de dejar el catre de lona doblado en la frescura mañanera del patio o el portal,

si era invierno, después de abandonar la comodidad de las acogedoras colchas de lana cardada y confeccionadas por manos Sambonenses y la tibieza de las casas de gruesas paredes de adobe, más tibias aún por el efecto de la estufa de leña que era encendida desde temprano.

Después de eso y de un copioso desayuno; aromáticas tortillas de harina recién hechas, frijoles, huevos, chilaquiles, chorizo…Los niños caminábamos con pasos seguros y sin mucho convencimiento rumbo a la escuela correspondiente:

Había tres: La Ignacio Zaragoza, -era un club de Tobi, nada más niños-; La Ruperto del Valle –un club de la pequeña Lulú, nada más niñas- y la tercera era la escuela federal Lucio Blanco-. Entonces nos adentrábamos caminando o corriendo, en el calor o el frío, en las cicatrizadas y terrosas calles de pueblo olvidado.

El recorrido de la casa a la escuela estaba lleno de las voces y diálogos de las radionovelas de moda, muchos niños dejaban su casa y podían seguir escuchando por las puertas abiertas de las casas por donde pasaban el desgarrador grito de; ¡Aliciiiaaa! ¡Ella era… una flor en el pantano!

Ya desde la misma fundación del pueblo, (Regino Ramón) y todavía a mediados del siglo pasado; la educación se apegaba al viejo apotegma de “la letra con sangre entra” que era también la divisa entre los profesores de las primeras siete décadas del siglo XX, apoyado y avalado por el famosa locución latina “magister dixit” , argumento falaz que significa “el maestro lo dijo” Detrás de este aforismo ( sentencia breve) hay una idea subyacente de que no siempre el maestro tiene la razón, pero bueno, habría que fijar términos y reglas.

Podemos decir que no todos los y las profesoras (es) usaban la vara o la regla para golpear a los niños-alumnos, aunque muchas (os) sí lo hacían y hasta llegaban al extremo sádico de mandar al mismo alumno a cortar la vara con la que sería golpeado en las palmas de las manos o en las corvas.

Después de la paliza, todos sabían que sería inútil quejarse con los padres porque te exponías a otra paliza igual o peor, esta vez con el argumento de “por algo te castigaron, con esto aprenderás a comportarte mejor”. Estos castigos eran muy frecuentes y por supuesto que me tocó vivirlos y sentirlos en carne propia. (Una sola vez).

Se los cuento:

No recuerdo bien el por qué, máxime que siendo yo una persona un tanto retraída y bastante tímida, enemiga de juegos y chanzas, me haya prestado a realizar un juego insensato con otro desarrapado como yo.

El caso es qué: estando un compañerito arriba del alfeizar de una de las ventanas del salón comenzamos a jugar tratando de estirarlo de la parte inferior del pantalón, él estaba agarrado a las rejas de la ventana, pero la mala suerte hizo que se cayera dándose un golpe en la cabeza.

El castigo fue una santa vareada en las palmas de la mano, hincado frente a mi grupo de tercer año, Amén de una expulsión por tres días. Ese año no regresé a la escuela, estaba muy avergonzado y humillado. Que el castigo fue sobredimensionado porque tal vez se trató de un accidente; no sé. Lo que si sé es que el accidentado era mi amigo de toda la vida, mi primo y también mi vecino. Ahora después de muchos galardone académicos él es rector del Instituto Politécnico Nacional, y me pongo a pensar cuestionando ¿se potenciaría su inteligencia por el golpecito? DE ser así, me debe una.

Además de los castigos físicos, en nuestra escuela Zaragoza se tenía, para quien por comisión u omisión observara un comportamiento inadecuado, una tortura psicológica adicional a la de las profesoras, el castigo más terrible, se decía entre la chiquillería, lo aplicaba el profesor-director de la escuela José Franco Vázquez y este castigo consistía en llevar al niño infractor a la oficina de dirección, que era la misma aula de sexto grado donde el profesor Franco instruía a los púberes de sexto grado. Y allí el “mal portado” (sic) era obligado a besar una calavera propiedad del mismísimo director. ¡Qué horror!…bueno, para un niño de aquel tiempo.

LA VIDA DE LOS NIÑOS-ESTUDIANTES

En aquel lejano tiempo, las diversiones de los pequeños estudiantes en la escuela, eran; diversas modalidades del juego con canicas, el ahogadito, el pocito etc. los niños mayores generalmente esquilmaban a los más pequeños con diferentes argucias para quedarse con las canicas y los “ages” (sic). Se jugaba al fútbol y baseball con equipos y en canchas hechas de imaginación, trepar a los árboles, corretear libremente alrededor de la escuela cuidando de no ser atropellado y los más audaces penetraban a la propiedad vecina del Sr. Manuel Meza, cuya hija Minerva se enfurecía al igual que él mismo por el hurto que hacían los niños de sus frutas y legumbres plantadas con paciencia y trabajo.

La vida en el San buena de entonces era sumamente pacífica, tanto como su recuerdo es ahora, puedo recordar las frescas mañanas aromatizadas por el olor que despedían en cada casa las tortillas de harina recién hechas. las luminosas y aletargadas mediodías su soledad y su paz, cuando el pueblo estaba estático y más parecía una fotografía llena del ruidoso silencio de villa semidesértica, el canto armonioso de las palomas, el martilleo de los pájaros carpinteros, el vuelo y el reposo de las aves carroñeras que se posaban en la cima de los altos sabinos, la vista de la tierra ardiente que despedía reflejos de agua esclavizada que quemaba nuestros pies descalzos y el nítido recuerdo de las noches pueblerinas a las que cantó el poeta; don Manuel Neira Barragán…

“¿Qué ya no ti acuerdas de las noches güenas aqueas de casa?

¡Yo no las olvido! ¡Tan chulas, tan tiernas, tan dulces, tan santas!

(…) ¡Que lindo golían aqüeas noches buenas!”

Recordar las travesías de niño rumbo al rancho con mis primos Villarreal Gutiérrez y el abuelo, Él conduciendo la camioneta, nosotros trepados en las redilas; La visión fugaz del correcaminos, el coyote, el conejo y la liebre que en su loca carrera atravesaban veloces los áridos caminos y las veredas de los animales del monte infinito, para escurrirse rápidamente en sus ocultas madrigueras.

O cuando mirando la bóveda del cielo se recortaban majestuosas las figuras del aguililla y el halcón, suspendidos en el firmamento infinito o descansando posadas en lo alto de los postes de las cercas que delimitaban las propiedades. El suave mugir del ganado vacuno que era bálsamo y catarsis para los viejos oídos del abuelo don Beto.

Todo es realidad en mi memoria, las floridas primaveras llenas de luz solar y la música de las aves; los otoños preludiando el tan esperado invierno, tapizando de hojas doradas nuestras casas, dejando desnudos al nogal, a la buganvilia, al fresno roble, al mezquite y al chaparro…

Recordar el regocijo de la chiquillería cuando sin calzado corríamos en primavera y verano sobre la ardiente tierra y sobre las amarillas hojas caídas y crujientes del dorado otoño, o cuando nuestros zapatos raídos recorrían los caminos y calles de la villa en nuestros juegos y exploraciones de días helados.

Este texto es muy extenso, lo dividí en dos partes, la presentada aquí es la primera mitad, la segunda, que trata de las exploraciones que hacían los niños buenaventurenses a los lugares de recreo que podían visitar en las inmediaciones del pueblo y los peligros y aventuras a que se exponían, se publicará el domingo próximo.

Dios los bendiga y que sus caminos estén llenos de satisfacciones y bendiciones.

rodolfovillarrealvega@hotmail.com

San Buenaventura, Coahuila. A 14 de diciembre de 2019.