La caridad cristiana no es filantropía

Jesús quiere que ese “mandamiento nuevo” del amor sea el signo distintivo de todos aquellos que quieran seguir sus huellas, esto es, de todos los que llevamos el nombre de cristianos: “en esto conocerán todos que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros”. No se trata de una recomendación que hace exclusivamente a los apóstoles en el momento de la despedida final, pocas horas antes de su muerte. No. Es el “santo y seña” que nos ha dejado a todas las generaciones de sus discípulos a lo largo, ancho del mundo y de la historia.
Éste es, pues, el signo, la prenda y la prueba de que somos cristianos auténticos y no farsantes ni impostores. El signo distintivo del auténtico cristiano no puede ser otro que la caridad. Más aún, no existe una buena vida cristiana, una verdadera piedad, una sólida unión con Dios, un espontáneo compromiso apostólico, en el cristiano que no practica la caridad. Es el mismo san Pablo quien lo afirma: “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”. Esta afirmación de san Pablo parece de una audacia sin igual. Cristo había dicho que si uno tiene verdadera fe, aunque sólo fuese un poco, “como un grano de mostaza”, podría ordenarle a un monte que se arrojara al mar, y el monte obedecería. San Pablo toma esta sentencia del Señor y ahora enseña que de nada sirve poseer esa fe que mueve montañas, si con la fe no se tiene la caridad. Así san Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos hace ver la grandeza, la centralidad, y la absoluta necesidad de la caridad.
Es una farsa, o por lo menos un engaño ingenuo, la postura de aquellas personas que se sienten muy en paz con Dios porque rezan todos los días y van a Misa los domingos, se indignan ante los abusos de los administradores públicos, y tal vez no ofenden a nadie, pero por otro lado no mueven un solo dedo por ayudar a sus semejantes en el campo espiritual, moral y material, se contentan con cumplir con sus obligaciones pero son incapaces de un sacrificio o de una renuncia en favor de alguien necesitado. Siempre tenemos que recordar: sin caridad no hay cristianismo auténtico.
La caridad cristiana que Jesucristo nos pide no debe confundirse con una mera filantropía, ni con un simple buen sentimiento de altruismo, ni mucho menos con la grata emoción del “sentirse a gusto” dentro del grupo de los amigos. Es exigente la caridad. Porque no busca la propia satisfacción, sino ante todo el bien de las otras personas. San Pablo nos dejó todo un programa de vida en aquel fragmento de la primera carta a los Corintios en que entona el así llamado himno de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca”.
Cristo, en el discurso de la última cena, llegará a pedirnos una caridad tan grande que nos haga estar dispuestos incluso a entregar la vida por los demás: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Es como si dijera: Dentro de pocas horas verán la prueba del amor infinito que yo les tengo; miren que entrego mi vida; la entrego por ustedes. Y yo quiero que ustedes tengan un amor semejante, como el que yo les tengo. Ámense hasta el punto de dar la vida unos por otros, si fuera necesario. Esto es mucho más que un buen sentimiento de benevolencia.
El cristiano en razón de su condición y vocación, de seguidor de Jesucristo, está llamado a vivir la caridad hasta ese altísimo grado. Ciertamente no es fácil encontrar una motivación humana válida que nos impulse a apostar por otro la propia vida. El mismo san Pablo lo reconoce en la carta a los romanos: “En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir”. Pero la caridad cristiana sí encuentra un motivo digno: Si Cristo dio su vida por mí, yo también debo dar mi vida por Él, o por lo menos, he de estar dispuesto a morir por Él. Y morir por Cristo es morir por cualquiera de nuestros semejantes, ya que Él nos ha revelado que con cada uno de los hombres Él se identifica. Con todos. Sin excepciones: con mis seres más queridos y con aquel que me pone la zancadilla; con mi mejor amigo y con el vendedor ambulante de la esquina que no conozco; con mis amigos y con los jóvenes de la banda que me robaron el coche; con el chiquillo que me pide “una caridad”; con el mayor competidor de mi negocio y con el proveedor que me ha engañado; con el dentista que me atiende y con el pobre viejecito que muere en el hospital ignorado y abandonado por todos.
No todos los días se nos ofrecen oportunidades de dar la vida por Cristo dándola por nuestros semejantes, entregándonos a los demás. Pero sí, todos los días, a cada instante, tenemos incontables ocasiones de servir a Dios en la persona de nuestro prójimo, con quien Él ha querido identificarse. Cristo Rey nos hace una descripción del juicio final en el evangelio de san Mateo: Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; era forastero, y me acogiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a verme”. Y el Rey les dirá: “En verdad les digo que cuanto hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”.
Cuando parezca imposible renunciar a un gusto o a un capricho personal para complacer a otro, cuando parezca que no tenemos tiempo para ofrecer un favor pequeño o grande, cuando parezca insuperable la antipatía que sentimos hacia un vecino o hacia un conocido, actuemos la fe y pensemos: Yo quiero amar y servir a Jesucristo, presente en esta persona. Si de verdad lo aman a Él, no habrá dificultad invencible. La caridad hacia el prójimo es la gran prueba de que en verdad amamos a Cristo y a Dios. Todas las demás “demostraciones” que queramos dar de nuestro amor a Dios son pruebas vacías, si no practicamos la caridad: El que dice amar a Dios, a quien no ve, pero no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso.