Un aspecto importante y urgente de nuestra manera de actuar, no solo cristiana sino humana, es la solidaridad. Pensemos en la solidaridad a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. La solidaridad comienza a ser real cuando el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, todo hombre debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que nos ama el Señor. El reto es estar dispuestos al sacrificio, incluso hasta extremo: “dar la vida por los hermanos”, este es el ejemplo más grande no solo de amor, sino de solidaridad, de la historia del hombre. Dios que se compadece, se hace uno como nosotros, y da su vida para rescatarnos de nuestras miserias más profundas.

Hoy hay una urgencia real, el hombre grita y clama hacia el cielo y hacia los lados auxilio. Hay una necesidad urgente de solidaridad: sea moral, espiritual, humana, económica, emocional, etc. El hombre de este siglo está lastimado por el mal y necesita de gestos de solidaridad. Los cristianos, especialmente, no podemos esconder la cabeza ante este clamor cotidiano de tantos hermanos nuestros. Incluso todos los hombres deben sentirse responsables y solidarios los unos de los otros.

Los hombres deben saber romper esa coraza de indiferencia que amenaza de encerrarlos en su egoísmo y aislarlos, para hacerse cargo de las necesidades del prójimo, optando por el camino del compartir, que es una manifestación concreta de la solidaridad. Compartir significa entrar en relación con los demás para ofrecerles, bajo el signo de la gratuidad, el propio tiempo libre, las propias competencias profesionales, los propios dones de mente y de corazón, con el fin de ayudarles a superar las situaciones de dificultad.

Compartir también los bienes materiales. Analicemos en nuestra vida el problema de lo superfluo y de lo necesario. Cuanto más vivo es el amor que los cristianos nutren por sus hermanos más necesitados, tanto más se dan cuenta que lo superfluo debe ponerse a disposición de aquellos que están privados de lo necesario. El amor verdadero no tolera las desigualdades ni las injusticias. Es conocido el principio de la doctrina social de la Iglesia: “los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes”.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.
P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey. www.padrenoel.com; www.facebook.com/padrelozano; padrenoel@padrenoel.com.mx; @pnoellozano