Don Lupe Cuéllar es ejemplo de fortaleza, no se rinde porque asegura que la vida hay que afrontarla con dignidad

FRONTERA COAH.- La vida lo obligó a ser fuerte, los golpes se hicieron presentes, uno tras otro, primero perdió sus piernas y con ellas su trabajo, a los pocos meses perdió también a su esposa que lo dejó y se llevó su indemnización, hoy sigue creyendo que cada día es una oportunidad para levantarse, aprendió a ser fuerte pero ahora le toca ser feliz.
Las personas con capacidades diferentes destacan por su actitud positiva, por la forma de ver la vida, por luchar día a día por lo que quieren y conseguirlo, sentirse plenos y satisfechos y ser una influencia positiva que ejercen ante la sociedad.
Así es Guadalupe Cuéllar Sánchez de 74 años de edad, conocido en muchos lugares de Monclova y Frontera; sin importarle distancias circula en su silla electrónica, con la gorra de Acereros, lente obscuro y siempre sonriente saludando a quien se le cruce en el camino sin importar si los conoce o no.
“Pa todos lados ando en esta silla, me paro un ratito para que se recargue y vámonos”, dice sonriente don Lupe.
La silla de ruedas solo avanza unos kilómetros y se descarga, por lo que siempre intenta quedar bajo un árbol o en alguna sombrita en dónde poder estar algunos minutos para recargar la batería, hay veces que se detiene bajo los intensos rayos del sol y ahí espera pacientemente, a veces la gente le ayuda otras veces no.

Don Cuéllar, como lo conocen no falló a un solo partido de Acereros, puntualmente acudía al Horno más grande de México, para ver a los Acereros dar la batalla y aunque los resultados no fueron favorables, valió la pena ir y divertirse en un ambiente completamente familiar.
Luego del accidente que sufrió en AHMSA quedó pensionado, por lo que no tiene por qué preocuparse, sino todo lo contrario, desde hace 25 años se ha dedicado a vivir sin mortificaciones, ni tristezas, a pesar de las adversidades por las que ha tenido que pasar sigue siendo fuerte.
Recuerda el día como si hubiera sido ayer, fue la madrugada del viernes 03 de junio del año de 1992, le tocó trabajar en el turno de tercera en Altos Hornos de México, era el último de los movimientos del tren, transportó el tren de la planta dos a la uno.
Habló el mayordomo por el radio preguntando ¿hay alguien por ahí Zapata?, él (Cuellar) contestó- Aquí estoy yo, ¿que se ofrece?
Le dijeron que había llegado un tren vació que estaba en la siderúrgica dos y se llevaría las 24 o las 23 toldas vacías para llevar carbón a la Coquizadora 1, recibió el reporte y avisó que iría por el tren.
Había garroteros, él como cabo, el fogonero y el maquinista, pues en aquel entonces se necesitaba de todos ellos para operar el tren dentro de la empresa.
Buscó a uno de los garroteros, le dijo que ese sería el último movimiento que harían durante la noche.
Ingresaron a la planta dos, vieron el tren, por la vía recta había una bandera de color blanca, pidió que se hiciera el cambio de vía para gancharse y ponerle aire a la máquina.
-El aire se pide con la lámpara y arriba, haciendo movimientos despacito- así le estaba enseñando Cuéllar a su compañero garrotero quien era de los más nuevos, este se mostró agradecido.
“Yo me hice desde abajo, de la vía pasé a la banca y luego me hice garrotero, llegué a ser cabo”, comentó.
Le explicó cuál era la vía que debía tomar para ir por el tren y le pidió que revisara las mangueras, si ganchó.
Todas las mangueras estaban conectadas, pidió aire, en eso se escuchó el maquinista que gritó ¡Dice el cabo que le pongas el aire al tren! contestó que ya se lo había puesto.
El carro donde estaba ganchado la maquina tenía manguera, para el otro lado no había manguera para que siguiera el aire para el resto del tren, ahí se cerró la angular.
“Fui con el garrotero, me dijo que ya había conectado y había puesto el aire, se me hizo raro que no lo hubiera tirado todo, donde le jala uno al angular, porque son tres tiempos y mandas el aire hasta el último carro”, señala.
No había aire en cerca de 19 carros, solo los primeros después de la maquina tenían aire, pero así se los llevaron cuesta arriba, hizo un cambio frente a la obrera, antes de llegar al puente, le hizo la seña al maquinista que le dijera al garrotero que se bajara para que cuando pasara la maquina le diera vuelta al cambio para pasar por la vía recta.
Cuando la maquina se enderezó a la vía recta, Cuéllar vio todas las banderas blancas, pensó que estaban libres, le dio vuelta a la lámpara haciendo señal para continuar el camino, el maquinista contestó con dos “pitiditos”.
De repente vio que estaba para el lado del volteador de carros la bandera roja, desesperado hacía señas para que se parara, poco a poco empezó a sentir que el tren empezaba a tironearse y cuando intentó bajarse del tren fue donde lo agarró.
“Ya había pisado ese fierro”, lamenta don Lupe Cuéllar, “era el mismo fierro al que le echamos la liga, donde cortamos los carros, ya había pisado tres veces, cuando me subí me senté en el cabezote para viajar en él sentado, dando señales”, comentó.
En eso alcanzó a tomarse del tren, se resbalaba hacía abajo y adentro del tren, se agarró con sus dos manos, aventó la lámpara para que alguien lo viera y empezó a gritar, para entonces el tren le había cortado sus dos piernas, como pudo se arrastró de codos, la caja del carro lo golpeó en la cabeza.
No se había dado cuenta que no tenía piernas, se cauterizó de inmediato, los tendones se engarruñaron y no hubo sangre, llegó al hospital bañado de sangre pero era sangre que brotó de su frente.
Cuando escucharon su griterío todos los trabajadores salieron, sabían que Cuéllar se había accidentado, en aquel entonces no había ninguna ambulancia y de las 4:30 am hasta las 6:00 am fue trasladado por los bomberos al hospital que se encontraba frente a la planta, después al seguro y por último a la clínica de Monterrey.
“Me dijo el doctor que dónde había dejado mis piernas, le dije pues allá en las vías” se ríe a carcajadas Don Lupe Cuéllar.
Muchos creían que no llegaría vivo, incluso los mismos doctores, pero si llegó, duró más de 15 días en Monterrey y estuvo en recuperación.
Para entonces ya tenía tres hijos, dos mujeres y un hombre que actualmente está en Estados Unidos, ya no estaban tan pequeños cuando pasó el accidente, habían pasado cerca de tres meses cuando su esposa lo abandonó, se fue con el dinero que la empresa le dio como indemnización.
Fueron días tristes, noches en vela, pero nunca perdió la esperanza y se repetía a sí mismo que saldría adelante con la ayuda de Dios que fue quien dejó que siguiera vivo.
Con el paso de los meses se recuperó física y emocionalmente, tomó rehabilitación, hizo todo lo que le pidieron, pasó por el pasamanos, dio volteretas, sus brazos eran fuertes, no sentía dolor en lo que quedó de sus piernas, estaba decidido a dejar el pasado atrás.
Al poco tiempo que su esposa lo abandonó se enteró que le habían dado más de 600 mil pesos, en aquel entonces era buen dinero. “Pero mi esposa ya está conmigo otra vez” se ríe Lupe Cuéllar.
Su mujer regresó derrotada, no era aquella mujer que traía bolsa, zapatos y ropa del mismo color, regresó pidiendo perdón.
“Qué bonito es gastar el dinero que no es tuyo, ahora dime donde están mis piernas, que hiciste con ellas”, fue lo único que él le dijo en su regreso, después decidió dejar todo en el pasado.
Don Lupe Cuéllar ha pasado 25 años en diferentes sillas, es muy optimista y cada día agradece a Dios por la oportunidad que le dio para seguir vivo.
“Peor hubiera sido morir, pero aquí sigo vivito y coleando, vámonos”, señaló don Lupe Cuéllar cuando avanzó en su silla de ruedas para llegar pronto a su destino.