Trabajo sexual en México, la remuneración menos dignificada

PUBLICIDAD

Lo poco que se habla y discute sobre el comercio sexual, deja mucho que desear,
cuando se plantea la propuesta de reglamentación del trabajo sexual como un alegato a favor de su total erradicación. Por lo tanto, habría que empezar por
esclarecer ciertas definiciones:

Prostitución es un término que únicamente alude de manera denigratoria a quien vende servicios sexuales, mientras que comercio sexual da cuenta del proceso de compra-venta, que incluye también al cliente.

Respecto a esta actividad persisten dos paradigmas: uno es el que considera que la explotación, la denigración y la violencia contra las mujeres son inherentes al comercio sexual y por lo tanto habría que abolir dicha práctica, y otro el que plantea que tal actividad tiene un rango de formas variadas de desempeño que deberían regularse así como reconocerse los derechos laborales de quienes se dedican a ella.

Hoy en día es claro el crecimiento y la expansión del comercio sexual, lo que
expresa no sólo un fenómeno económico sino también una transformación cultural.

Este notorio aumento viene de la mano de la liberalización de las costumbres
sexuales y de la desregulación neoliberal de los mercados, que han permitido la
expansión de las industrias sexuales como nunca antes, con una proliferación de nuevos productos y servicios sexuales:

shows de sexo en vivo, masajes eróticos,
table dance y strippers, servicios de acompañamiento (escorts), sexo telefónico y turismo sexual. Aunque la droga y el SIDA la han impactado dramáticamente, la industria mundial del sexo se ha convertido en un gran empleador de millones de personas que trabajan en ella, y que atraen igualmente a millones de clientes.

Hay quienes subrayan la autonomía en la toma de tal “decisión” mientras que del otro lado están quienes insisten en la “explotación” y coerción. Ahora bien, no son excluyentes: puede haber decisión y explotación, autonomía para ciertos aspectos y coerción para otros (Widdows 2013).

De la misma manera, persiste el argumento de que ninguna mujer “elige”
prostituirse, que siempre son engañadas u orilladas por traumas infantiles de abuso
sexual; otras aseguran que la mayoría lleva a cabo un análisis del panorama laboral y toma la opción de un ingreso superior a las demás posibilidades que están a su alcance. “Elegir” en este caso no implica una total autonomía, ni siquiera supone optar entre dos cosas equiparables, sino preferir, no un bien, sino el menor de los males.

Sin embargo y ante el panorama antes presentado, en México el contexto de la
precarización laboral (el desempleo, la ausencia de una cobertura de seguridad
social y la miserabilidad de los salarios) la llamada “prostitución” es una forma
importante de subsistencia para muchas mujeres, y eso hay que tenerlo a
consideración.