Si algo aprendimos de niño es que las madres saben cómo asegurarse que cumplamos sus órdenes, seamos atentos y educados. Lo único que hacía falta era una señora con temple, de buen carácter y con la voluntad para someternos a su antojo, nada podíamos hacer, tenían el arma letal del que tanto hemos huido y por el que muchos aún temblamos: ¡la chancleta!.

Un buen chancletazo era capaz de reparar cualquier equivocación y corregir conductas. Bueno, hoy en día a los niños se les protege en mil frentes y la chancleta a quedado relevada a un segundo plano, usada para otras nimiedades como, por ejemplo, no caminar descalza -obvio- o defenderse de un cocodrilo de cuatro metros, hambriento, con una setentena de dientes afilados y una mandíbula de unos 16.460 newtons de fuerza, entre otra serie de menudencias.

Y, de hecho, eso mismo sucedió en Australia, cuando una mujer se defendió de un cocodrilo que nadaba hacia ella y su perro mientras caminaba a orillas del Río de Cocodrilos del Oriente, en el norte del país, con un golpe de su sandalia que espantó al reptil.