La fe de Emilio es su mayor fortaleza, creyendo que Jesús y la Virgen de Guadalupe lo protegen en su vida diaria.
Por: Azucena Tenorio
Cuando el sol cae a plomo sobre el Libramiento Carlos Salinas de Gortari, Emilio Campo Montes se recuesta directamente sobre la tierra. No hay techo que lo proteja, ni paredes que detengan el calor. Su casa es un pequeño espacio entre la maleza, frente al 105 Batallón de Infantería, donde desde hace dos años aprendió a sobrevivir con lo indispensable.
Por las noches, el cielo es su único techo. Cuando llueve, una bolsa de plástico cubre su cabeza para evitar que el agua empape la improvisada cama que acomoda sobre el piso. "Aquí me pongo cuando llueve. Me tapo con una bolsa y espero a que pase", dice con serenidad.
Su edad es un misterio incluso para él. No recuerda cuántos años tiene, aunque las profundas arrugas en su rostro, el andar lento y las dificultades para caminar revelan que ronda los 80 años. Originario de Jalisco, Emilio asegura que llegó a Frontera después de recorrer varios estados. Dice haber trabajado durante gran parte de su vida en maquinaria agrícola, preparando tierras para cultivo, hasta que el paso del tiempo y las enfermedades le impidieron seguir laborando.
Ahora vive únicamente de la ayuda que encuentra en su camino.
Cada mañana, alrededor de las seis, emprende un recorrido por distintas colonias de Frontera. Camina despacio, apoyándose en un carrito improvisado, buscando quien pueda regalarle un plato de comida o alguna despensa. Regresa únicamente cuando el sol comienza a ocultarse.
Entre sus alimentos favoritos menciona los frijoles envasados y cualquier alimento que las personas le compartan. "Poquito me dan", comenta resignado.
Dormir en medio del monte nunca le ha provocado temor. Ni los insectos, ni los animales, ni las personas representan para él un motivo para abandonar el lugar. Asegura que nunca ha sufrido una agresión, pero si intentos de robo de las láminas que encuentra en su camino. Cuando alguien le ofreció refugiarse dentro de una caja de tráiler, prefirió rechazar la propuesta. No era el lugar donde quería vivir.
"Jesús siempre viene conmigo"
Emilio asegura que, a lo largo de su vida en la calle, ha vivido experiencias que, para él, solo tienen explicación en su fe. Relata que hace tiempo sufrió un fuerte golpe en la cabeza y desde entonces siente que "ya no es el mismo". Con palabras entrecortadas explica que cree que "le cambiaron el cerebro", aunque nunca pudo comprender qué ocurrió realmente. Pese a ello, afirma que continúa con vida porque Dios no lo ha abandonado.
También sostiene que en distintas ocasiones han intentado hacerle daño. Dice que algunas personas le han dado comida con la intención de envenenarlo, pero asegura que nunca ha sufrido consecuencias porque, según su creencia, Jesús y la Virgen María lo protegen.
"Él siempre viene conmigo. Yo no lo miro, pero lo siento. Si me quieren hacer daño, Él me cuida. También la Virgen de Guadalupe nunca me deja solo", expresa mientras sostiene entre sus manos el escapulario que lleva colgado al pecho.
Más allá de la precariedad, Emilio encuentra fortaleza en la fe. En su pecho porta un escapulario con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Habla constantemente de Jesús como si caminara a su lado. "Yo siento que Él viene conmigo. No lo miro, pero lo siento. Me habla y me dice: calmado, hijo mío". Cuenta que en una ocasión unas abejas lo rodearon mientras descansaba en el monte. Dice que rezó y ninguna lo picó. Para él fue una muestra más de que Dios y la Virgen nunca lo abandonan.
Su oración es sencilla. No pide riquezas. Solo le pide a Dios que, cuando llegue una enfermedad grave, sea Él quien decida el momento de partir.
Emilio reconoce que padece problemas de presión arterial y que caminar cada vez le cuesta más trabajo. No tiene dinero para medicinas ni para acudir constantemente al médico. Recuerda que en algún momento habló con una de sus hijas, quien vive en Sonora, pero perdió el contacto con ella. Desde entonces no sabe nada de su familia.
Hoy, su mayor anhelo no es volver a trabajar. Es tener una pequeña casa. "Una casita... donde vivir", responde cuando se le pregunta qué necesita. Mientras ese día llega, seguirá despertando antes del amanecer, recorriendo las calles de Frontera en busca de alimento y regresando, al caer la tarde, al mismo lugar donde hace dos años encontró refugio. Ahí, frente al batallón militar, donde la tierra es su cama, el cielo su techo y la fe su mayor compañía.