Al final de la vida te examinarán del amor

Por: P. Noel Lozano

Estamos cerrando un año y qué importante es que nos examinemos en lo que realmente vale la pena. Examinarnos sobre el amor. San Pablo nos dice: al final de la vida te examinarán del amor. No es raro que experimentemos un sentimiento de fascinación y a la vez una sensación de impotencia ante el sublime y vasto programa que nos propone la caridad cristiana. No es para menos. Y en verdad no bastan la buena voluntad, las buenas intenciones y las fuerzas humanas para llevarlo a cabo. Es tarea imposible para el hombre solo, sin Dios. Pero para Dios nada hay imposible, y para el hombre con Dios todo es más llevadero. Es importante que caigamos en la cuenta de la necesidad que tenemos de buscar a Dios. Necesitamos la ayuda de Dios para ir poco a poco cambiando nuestro corazón. Él es quien puede transformarnos interiormente, como lo prometió en aquellas hermosas palabras que nos ha transmitido el profeta Ezequías: “les daré un corazón nuevo; infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que los conduzcan según mis preceptos y observen y practiquen mis normas”. Dios nos promete un corazón Nuevo y diferente si nos acercamos a Él, a sus preceptos y normas, no podemos rechazar esta constante invitación del Señor. Que hermoso es el constatar que en verdad Dios nuestro Señor cumple esta promesa, ya que, como dice san Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Así pues, todos aquellos que en el bautismo hemos recibido el don del Espíritu Santo, llevamos en el alma la semilla del amor de Dios. Todos por haber sido bautizados, tenemos la capacidad real de cumplir el mandamiento nuevo del amor. Debemos pedir a Dios que haga crecer y fructificar esa semilla que llevamos en el corazón. Pidamos intensamente que nos conceda amar a todos nuestros semejantes con el mismo amor con que Él nos ha amado. Pidamos diariamente que conserve y acreciente el don de la caridad para que podamos dar un testimonio fehaciente de nuestra pertenencia a Cristo y de la verdad del mensaje que queremos llevar al mundo. Acudamos frecuentemente a ese medio extraordio y fecundo que Cristo quiso dejarnos como fuente de la unidad y del amor: su Eucaristía, ya que aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan, como nos dice San Pablo en su carta a los Corintios. Por la Eucaristía nos unimos íntimamente a Jesús y nos identificamos con Él. ¿Cómo no vamos a amar si “ya no vivimos nosotros, sino es Cristo quien vive en nosotros”? ¿Y cómo no vamos a amar a los demás, si en ellos vive el mismo Cristo, especialmente en aquellos que se han unido a Él por la comunión eucarística? Que durante este año que termina y este que iniciamos nos ayude también la contemplación del ejemplo admirable, silencioso y cándido, de la Santísima Virgen. Descubramos en el Evangelio cómo se insinúa discretamente para dar una ayuda a quien pasa un apuro. Veamos, por ejemplo a María en aquella boda celebrada en Caná: los nuevos esposos con sus respectivas familias y allegados están de fiesta; de pronto, un mal cálculo y se termina el vino; imposible continuar la fiesta si falta el vino. Pero ahí está Jesús; y ahí está María; y Ella sabe que su Hijo puede remediar la situación. Bastó una palabra de la Madre. Así es Ella, olvidada de sí misma, atenta y servicial, siempre ocupada y preocupada de servir a los demás. Nos toca revivir en el mundo aquel clima de paz y de armonía que caracterizaba a las primeras comunidades cristianas: La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la Resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad, nos narran en los Hechos de los Apóstoles. Somos constructores de la nueva civilización. De todos los cristianos actuales se debe poder decir lo que un autor anónimo del siglo II decía con entusiasmo de los cristianos de aquella época: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida, y sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo con pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”, un texto muy hermoso, recogido en la famosa Carta a Diogneto. Al final de este año, pensemos en la consideración de San Pablo: se nos examinará del amor. Por eso, lo más importante no es discurrir en torno al amor, sino vivirlo. ¿Tendremos todos el valor y la generosidad de acoger este llamado que Cristo nos lanza? ¿Seremos pregoneros intrépidos del amor? ¿O habrá entre nosotros quien tenga la temeridad de dejar pasar la vida en una continua y culpable omisión? Reflexionemos serena y reposadamente delante de Dios Nuestro Señor, y en un diálogo muy sincero con Él tomemos la resolución de comprometernos a vivir y a enseñar a otros a vivir la caridad cristiana, a fondo, y si es preciso hasta el heroísmo. No es suficiente contentarnos con exclamaciones de aprobación o con deseos vagos o emotivos. El compromiso que cada uno de nosotros tomemos con Dios es lo que a fin de cuentas servirá en la transformación de este mundo y en la edificación de la nueva civilización de la justicia y del amor. Recordemos todo el año y siempre que al llegar a la eternidad seremos examinados sobre una sola cosa: el amor.

Santa  María  Inmaculada, de la Dulce Espera,  Ruega  por nosotros.

P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey www.padrenoel.com;  www.facebook.com/padrelozano; padrenoel@padrenoel.com.mx;  @pnoellozanoj

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