La falta de registro complicó los trámites para la sepultura de Dominic.
Por: Carolina Salomón
Dominic Alejandro no solo murió atropellado. También fue, durante nueve años, un niño invisible, no existía en los registros oficiales. Nunca fue inscrito en el Registro Civil, nunca pisó un salón de clases y, en vida, su nombre apenas era conocido por quienes lo veían deambular por la avenida Las Torres, donde hacía 'mandados' para ganar unas monedas o, con suerte, un taco para mitigar el hambre.
Vivía en la colonia Tierra y Libertad, en un entorno marcado por la pobreza extrema, el abandono y las adicciones. En su casa —relatan vecinos— no había alimento, abundaba la basura, había presencia de ratas y entraban personas desconocidas. Era un lugar donde la infancia no tenía espacio.
Hijo de padres con problemas de adicción, Dominic creció entre omisiones. Era uno de cuatro hermanos: jóvenes que, como él, enfrentaban la desatención. Uno de ellos, de 16 años, ya consume drogas; otra, también de 15, se convirtió en madre recientemente tras un embarazo que derivó en una cesárea luego de una deshidratación severa. Una menor más, de 7 años, fue retirada por la Procuraduría de los Niños, Niñas y la Familia (PRONNIF).
Dominic no tenía un hogar fijo. Iba de casa en casa, buscando refugio donde alguien pudiera ofrecerle comida o un lugar donde dormir. Evelin Jaquelin, vecina que en varias ocasiones lo acogió, recuerda que podía pasar hasta un mes en su vivienda sin que su madre preguntara por él. 'Era muy serio, vergonzoso, pero le gustaba andar en la calle', relató. 'A veces se quedaba aquí, otras veces en diferentes casas. No iba a la escuela, ni siquiera estaba registrado'.
En los últimos días, el menor había comenzado a alejarse de su entorno familiar. Según la versión de Evelin, le expresó a su madre que ya no quería vivir ahí, que sus hermanos lo maltrataban y que buscaba algo diferente para su vida. Pese a su corta edad, intentaba abrirse paso en medio de la adversidad. Barría, tiraba basura, hacía encargos.
La gente de la avenida Las Torres lo conocía. Sabían que ese niño delgado, con signos de desnutrición y a veces con piojos, buscaba sobrevivir como podía. La noche del domingo, Dominic salió como tantas otras veces, dispuesto a ganarse unas monedas. Fue entonces cuando ocurrió el accidente que terminó con su vida.
Para Evelin, la escena fue difícil de asimilar. Fue una de las personas que lo vio tendido sobre el pavimento. 'No lo podía creer', dijo. Su muerte no solo deja una tragedia familiar. También exhibe una cadena de omisiones: un niño sin identidad legal, sin acceso a educación, sin protección efectiva, creciendo en un entorno de violencia, adicción y abandono.
Incluso después de fallecer, su historia siguió marcada por la carencia. La falta de registro complicó los trámites para su sepultura, evidenciando que, aun en la muerte, Dominic enfrentaba las consecuencias de haber sido invisible en vida. Hoy, su nombre resuena en la colonia donde creció entre carencias. Un niño que, a pesar de todo, intentó salir adelante, pero cuyo destino quedó marcado por un entorno que nunca logró protegerlo.