Ganadores del concurso

Por: Staff / La Voz

Rojo Gules

Horror. Esa es la palabra más adecuada para describir lo que Jean tenía en sus ojos al abrir la puerta de su casa, solo para hallarse frente al más desgarrador espectáculo que cualquier padre jamás podría presenciar: lo que alguna vez fue su bella princesa y prácticamente la única razón para seguir levantándose por las mañanas después de que su amada Ivonne falleciera hace ya siete años, hoy no era más que una terrible masa antropomorfa, con tal cantidad de laceraciones que había llegado al punto de la deformidad. Resultaba difícil pensar que eso llegó a estar vivo alguna vez. No hubo gritos. De Jean únicamente pudo emanar un endeble lamento acompañado de un sollozo aún más quebradizo.

La fuerza en sus piernas se desvaneció poco a poco hasta sucumbir. De rodillas, con las manos en la cabeza y el corazón a punto de estallar, Jean se acercó al cadáver para darle un último beso en la frente a su pequeña Cecy -al menos asumió que se lo había dado ahí-. ¿Quién pudo hacerle eso a una niña inocente? El charco de sangre era enorme. Jean no alcanzaba a asimilar que el piso de la sala estaba cubierto casi en su totalidad de un fuerte rojo gules, simplemente no podía; su atención estaba inmersa en un pequeño objeto brillante no más grande que un diente. Cuál sería su sorpresa al descubrir que, en efecto, era uno. Un diente de plata que yacía a poco más de un metro del cadáver de su hija.

Al tenerlo en sus manos, llegó a su nariz el inconfundible hedor que sueltan las nueces Keös al romper su cáscara. Solamente una persona en todo el condado de Sirfini disfrutaba de ingerir esos olorosos frutos. Jean cayó en la cuenta y se dirigió como bala a la choza donde el sospechoso vivía. Al llegar se dio cuenta de que no había nadie, así que decidió esperar a que el malnacido se dignara a hacer acto de presencia en su pocilga.

Esperó toda la noche. Las ansias lo consumían. Anhelaba el momento en que se oyera el más mínimo crujido para que su venganza tomara lugar. El presunto asesino llegó al fin, se sentó en el sofá de su recámara y contactó por medio de su holocomunicador a un posible cómplice de quién sabe cuántas atrocidades. Le contó a detalle cómo masacró a esa pobre niña como si se hubiese tratado de un vil porcino. Esto, como es lógico pensarse, llenó de rabia a Jean mientras escuchaba al enano gordinflón, calvo y de ojos azules retorcerse de risa con cada detalle que compartía con su socio.

Jean se acercó poco a poco, agarró un escombro del destartalado establecimiento, alzó su mano tan alto como su brazo se lo permitió y, una vez que tuvo todo el impulso necesario, le dejó caer la piedra en la cabeza, generando un sonido sordo que dejó al hombre inconsciente en el mismo sitio donde estaba sentado. Con cada golpe que asestaba, sentía que algo en su propio cuerpo cambiaba de forma. Se sentía pesado, que la boca le apestaba. No fue hasta que acabó de machacar a su víctima cuando aún con toda la adrenalina pudo ver su reflejo en el espejo y contempló a un enano gordo, calvo y de ojos azules con una niña muerta en sus brazos. Con Cecy en sus brazos.

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