La bicicleta que fue su última alegría

Dominic Alejandro, un niño de 9 años, ganó una bicicleta en un sorteo y fue atropellado poco después.

Por: Carolina Salomón

Por última vez en su vida, la suerte pareció detenerse frente a Dominic Alejandro. Fue a finales de abril, en un sorteo por el Día del Niño, cuando el pequeño de 9 años —que hasta entonces había tenido poco o casi nada— ganó una bicicleta. Un premio sencillo, pero enorme para alguien como él.

Dicen quienes lo conocían que ese día sonrió distinto. Que la bicicleta no era solo un juguete, sino una posibilidad: de moverse, de jugar, de sentirse, por un momento, como cualquier otro niño.

"Domi", el mismo niño que vivió fuera de los registros oficiales durante años y cuya existencia legal llegó hasta el día de su muerte, encontró en esas dos ruedas una alegría breve. En su colonia, Tierra y Libertad, donde la vida suele ser dura y las oportunidades escasas, la bicicleta se convirtió en su compañera reciente.

 

Pero también fue sobre ella donde la historia terminó. El domingo pasado, mientras cruzaba la avenida Las Torres, a la altura de su colonia, Dominic fue atropellado. La bicicleta —esa que había llegado como un golpe inesperado de fortuna— estuvo ahí, en el mismo instante en que la vida se le fue.

Desde entonces, la pregunta se repite entre vecinos, escrita incluso en mensajes que acompañan su recuerdo: ¿Y si esa bicicleta no hubiera llegado a él? No hay respuesta. Solo el eco de una posibilidad imposible de comprobar y el peso de una tragedia que parece aún más injusta.

Dominic era un niño de escasos recursos, acostumbrado a sobrevivir entre carencias, a pasar los días en la calle, a ganarse monedas con pequeños trabajos. La bicicleta, dicen, tenía poco tiempo con él. Apenas empezaba a ser parte de su rutina.

 

Hoy, su historia se cuenta en fragmentos: en la bicicleta que ya no se mueve, en el cruce donde ocurrió el accidente, en el panteón donde fue despedido por unas cuantas personas, y en el registro civil que apenas alcanzó a escribir su nombre. Porque a veces la vida concede algo... demasiado tarde. Y a veces, lo que parece un regalo, termina siendo el último instante de una historia que apenas comenzaba a sentirse distinta.

Salir de la versión móvil