Por: Mónica Meza
Con información del investigador Juan Blackaller, Cronista de la Ciudad.
La explosión dejó en un segundo a cientos de niños y adolescentes huérfanos. De tajo la Mina ‘Guadalupe’ se tragó en sus entrañas a 153 hombres que tenían en el carbón su forma de vida.
Mony63g-. Han pasado 50 años desde la Tragedia de Barroteran.
Hoy se cumplen 50 años de aquel 31 de marzó de 1969 cuando la tragedia se apoderó una vez más de la región Carbonífera.
¡Tronó la mina y se los tragó!, gritaban consternados mientras toda la población de Barroterán se congregaba afuera de la Mina.
Guillermo Belmares lo recuerda bien, eran las 5:45 de la tarde, cuando una explosión lo despertó, salió corriendo al techo de su casa y desde ahí contempló la boca de la mina Nº 2, de la cual salía humo negro que se mezclaba con grandes cantidades de polvo.
Desde los 14 años trabajaba en las minas, primero en La Escondida, más tarde en La Florida. A los 16 años ya era un hombre diestro en arrancarle de sus entrañas el carbón a la tierra.
Recuerda vívidamente los primeros minutos después de la explosión donde las viudas se arremolinaban afuera de la mina en busca de noticias.
A cada palada, un casco, un zapato, una linterna y toda clase de objetos que pertenecían a los 153 hombres que murieron esa tarde en las carboneras 2 y 3 “Guadalupe” de Múzquiz.
La noticia dio la vuelta al mundo, el protocolar de cada 31 de marzo sigue siendo el mismo; una misa en memoria de los caídos, la colocación de ofrendas florales, la guardia de honor frente al monumento a El Minero que está ubicada en la plazuela de esta comunidad.
La tragedia cambió la vida de cientos de personas.
EL DÍA 31 DE MARZO DE 1969
Cuando Juan Blackaller conoció a “Memo” Belmares, fue allá por el año de 1972, cuando entró a laborar a la coquizadora. Él era una persona seria, muy parco al hablar, responsable y buen trabajador, venía de trabajar en las minas de carbón.
Ambos hablaban poco y en ocasiones tocaban de manera muy ligera el tema de la explosión de la mina de Barroterán donde él trabajó.
“En varias ocasiones me dijo: un día te voy a platicar lo de ese día, cuarenta y tantos años después, hace unos días de este marzo del 2019, me narró lo siguiente”.
Guillermo Belmares Carmona, es hijo de familia minera, su padre fue uno de aquellos héroes anónimos, miembro de la Sección 14 del Sindicato Minero que integraron la Caravana de Hambre en el año de 1951 y como muchos de los muchachos de su tiempo y de su región, solamente esperaban que embarnecieran un poco, para entrar a laborar a la mina y arrancarle a las entrañas de la tierra el carbón, tal y como lo hicieron sus ancestros.
El día 30 de marzo de ese fatídico año de 1969, laboró en el turno de tercera, es decir, de las 11 de la noche a las 7 de la mañana del día 31. Durmió en la mañana y en la tarde, ALGO PASÓ EN LA MINA.
Un triste noticia que dio la vuelta al mundo.
Rápidamente se vistió y tomó su equipo minero, dirigiéndose hacia la mina, al llegar, ya había mucha gente, mujeres clamando a gritos por la suerte de sus esposos, padres, hijos y hermanos, mujeres que lloraban en silencio y pedían a Dios por la vida de los mineros atrapados dentro de la mina.
Encontró también a muchos compañeros de trabajo, ya listos para entrar al rescate de sus compañeros, recuerda a todos con un semblante donde afloraba su preocupación, pero también su determinación de jugarse la vida ingresando a la mina, por tratar de salvar a sus compañeros en desgracia.
Los obreros, se reunieron con los supervisores y mineros viejos, todos hermanados, algunos con lágrimas en los ojos, gente experta que comprendía claramente que lo ocurrido era una terrible desgracia y esperando la orden de que hacer para salvar a sus compañeros del interior de la mina.
Hay deliberaciones y minutos después avisan que ya no hay nada que hacer, la mina se sentó, es decir que hay un derrumbe total, que colapsó totalmente, la decisión no es aceptada y para demostrarlo, un supervisor ordena que con maquinaria pesada se despeje la entrada de la mina, para que la gente observe que la mina está sentada.
Cuándo se cumple la orden, que agradable sorpresa, la mina no está sentada, tiene caídos, es decir, derrumbes en su interior, de los que aún no saben sus dimensiones, pero este hecho, da la posibilidad de que existan mineros vivos.
Don Memo Belmares, no recuerda cuanto tiempo estuvieron esperando que se diera la orden de entrar a la mina, pero supone que fueron 2 días y narra que fueron horas increíbles, trabajando con todos sus compañeros, sabiendo que mientras más tiempo pasara, se agotaban las posibilidades de encontrar compañeros con vida.
Todo el pueblo estaba de luto, no se oía ruidos, solamente algunos chicos, que en su inocencia, parecían no valorar la magnitud de lo ocurrido, se entretenían jugando al beis bol en la calle, como habitualmente lo hacían.
Nada volvió a ser igual desde ese día.
“Cómo todos nos conocíamos, era muy triste y lastimoso, el caminar por las calles, pasar frente a la vivienda de alguno de aquellos mineros atrapados, ver a sus hijos, en general a la familia, manteniendo siempre la ilusión de que lo encontrarán con vida, que pronto regresaran”, menciona Memo Belmares.
Por fin, dieron la orden de que se hicieran pruebas para entrar a la mina, trajeron varias arpilleras de cebolla, dijeron que era muy buena para evitar algunos efectos del grisú y en parejas, fueron entrando a la mina, casi a gatas, había aire, pero se notaba enrarecido, en donde se podía observar con su lámpara de minero, había pegado al techo, como metro y medio de una niebla, era el gris.
El avance era lento y dificultoso, tenían que palear para abrir un camino que les permitiera avanzar, de repente, sin decir palabra ni externar algún síntoma, un compañero perdió el conocimiento, quizá no comió suficiente cebolla o subió su cabeza y la metió entre el grisú, pero que angustia sufrió Belmates, arrastrar un cuerpo con aquellas incomodidades y pidiéndole a Dios que no se muriera.
“Oí a otros compañeros que decían, ya traen un cuerpo, solicite su ayuda y les expliqué quién era, lo trasladamos lo más pronto que pudimos a la superficie y gracias a Dios, al recibir atención médica, reaccionó rápidamente inhalando oxígeno”.
Unos días después le tocó a él, comenzó a sentiré sumamente mareado y lo más rápido que pudo salió de la mina, en la superficie lo atendieron y por algunos días le prohibieron que bajara y se reincorporara a sus labores.
Había 2 formas de sacar el carbón de la mina, uno era por una banda y el otro por un malacate que arrastraba sobre unos rieles unos carros que cargaban del material, pero para acercar el carbón a la banda o malacate de los diferentes frentes, se utilizaban unos tiros de mulas que jalaban carros con el carbón y que acercaban a los sistemas de extracción.
Monumento a El Minero.
Para que el malacate trabajara, había un código de señales que se hacían a quién operaba dicho malacate, en uno de esos días en que trabajaron muy duro para abrir paso hacia el interior de la mina, varios compañeros y Belmares, escucharon que se mandaban señales al malacatero, signo inequivocable de que había personas con vida en el interior.
TINTA DEL CARBÓN; MINEROS LIMARON ASPEREZAS.
Días después llegaron al lugar donde se mandaban las señales y encontraron dos cuerpos abrazados y tapados con una manta y en uno de sus rostros se advertía que había llorado, por el rastro que dejaron las lágrimas al salir de sus ojos y descender por la faz totalmente tinta del carbón.
Los cuerpos eran de dos trabajadores que eran enemigos irreconciliables y era muy frecuente que cuándo se encontraban, se peleaban a golpes y el destino los obligó a tratar de protegerse juntos y así les llegó la muerte.
Algunos de los mineros compañeros de Belmares dicen que todo se trató de una ilusión, que nunca existió la llamada al malacatero.
Guillermo Belmares Carmona, vivió la tragedia.
“Quizá tengan razón y fue una fantasía nuestra, pero mientras viva, me queda la duda y un sentimiento de culpa, por no haber sido capaces de llegar a ellos antes de que murieran.
Trabajaron hasta que se extrajeron de la mina, los cuerpos de 153 compañeros, meses después para terminar la limpieza total, era doloroso cuando en la pala carbonera, aparecía un zapato o algún objeto personal de alguno de los compañeros fallecidos en el siniestro.
En cada zapato estaba el número de ficha de quién lo usaba y así los identificaban como ejemplo, se decía, este perteneció a fulano de tal, que vivía en el barrio de “Los hombres solos”, un barrio donde vivían solteros y que normalmente no eran de la región, gente que llegaba a buscar trabajo y ahí se quedaban a vivir.
Tiempo después, cuando todo volvió a la normalidad, para Guillermo Belmares no fue nunca lo mismo, se reunió con sus hermanos, también mineros y les comunicó su decisión de abandonar ese trabajo, quería trasladarse a Monclova y buscar una nueva vida.
Han pasado 50 años, él está por cumplir 75 años de edad, hoy es jubilado, se dedica a hacer pequeños trabajos que le encomiendan, aprovecha cada minutos para estar con su familia, le gusta leer y estudiar la Biblia para así estar preparado para cuando llegue la hora de comparecer ante el Creador.
Juan Blackaller, El Cronista de la Ciudad.
Santiago de la Monclova, 31 de marzo del 2019
El cronista de la ciudad
juanblackaller@hotmail.com