La historia de Antonia refleja el papel de las mujeres en la economía informal de la región.
Por: Carlos Macias
SABINAS, COAHUILA.- La señora Antonia Castillo, de 70 años, tiene una década dedicada a la venta de nopalitos tiernos y plantas en Sabinas. Inició el negocio tras un accidente de su esposo, cuando el ingreso familiar dejó de ser suficiente. Sus hijos, con problemas propios, no podían apoyar de forma permanente, así que ella asumió la actividad que había comenzado como apoyo temporal y la convirtió en sustento estable.
Su rutina consiste en atender clientas conocidas y sumar nuevas en recorridos diarios. La red de clientas le da certidumbre: varias le compran con regularidad y ella garantiza producto fresco y trato directo. Explica que le va bien porque mantiene calidad y presencia, y porque en este oficio la constancia pesa más que la prisa.
Entre las experiencias que recuerda, destaca el caso de una mujer enferma de covid que comenzó a consumir nopales y mejoró en poco tiempo. Desde entonces esa clienta le compra de manera habitual y atribuye su mejoría al consumo de nopalitos. Para doña Antonia, la anécdota refleja confianza, no propaganda: ella reitera que todo trabajo es digno y que las cosas se venden cuando se ofrecen con empeño.
El negocio nació de la urgencia y se consolidó por necesidad y disciplina. Hoy, a sus 70 años, Antonia Castillo se mantiene activa, agradece su salud y defiende una idea simple: no hay oficios menores cuando se ejercen con responsabilidad. Su clientela crece por referencias y por la garantía de encontrar nopal tierno y plantas cuidadas.
La historia de doña Antonia resume el peso de la economía informal en la región: mujeres mayores que sostienen la casa con actividades de pequeña escala. En su caso, el puesto de nopalitos representa autonomía, rutina y un ingreso que llega sin intermediarios. Ella lo dice sin adornos: sigue porque puede y porque hay quien valora su trabajo.