Claudia Sheinbaum transforma el insulto frijolero en orgullo nacional

El frijol, un alimento básico en la dieta mexicana, ha sido defendido por Sheinbaum como un pilar de la soberanía alimentaria, resaltando su importancia histórica y nutricional en el país.

Por: Staff / La Voz

En un país donde la historia suele escribirse entre grandes discursos y conflictos políticos, a veces basta una olla de frijoles para encender la conversación nacional.

La frase —"a mucha honra somos frijoleros"— pronunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum no solo provocó reacciones inmediatas, sino que abrió una puerta inesperada: la de replantear cómo los símbolos más simples pueden convertirse en bandera de identidad.

El insulto que se volvió orgullo

Durante años, el término "frijolero" fue utilizado de manera despectiva, especialmente fuera de México. Pero lo interesante no es el insulto en sí, sino su transformación.

Sheinbaum lo tomó, lo volteó y lo resignificó. Lo que antes era motivo de burla, hoy se presenta como emblema cultural. Y eso no es menor: pocas cosas unen tanto a los mexicanos como la comida.

Porque, seamos honestos: el frijol no distingue clases sociales. Está en la mesa humilde y en la cocina sofisticada. Es desayuno, comida o cena. Es tradición pura.

Más que comida: un símbolo histórico

El frijol no llegó con la modernidad ni con la globalización. Ha estado aquí desde antes de la conquista, formando parte de la dieta mesoamericana durante siglos.

Y aunque hoy convivimos con dietas extranjeras, modas nutricionales y tendencias fitness, el frijol sigue resistiendo.

Incluso, desde el discurso oficial, se ha defendido su valor: combinado con arroz, puede ofrecer proteínas comparables a las de la carne, lo que lo convierte en un alimento accesible, nutritivo y profundamente ligado a la soberanía alimentaria.

Entre política y nostalgia

Pero este tema no es solo gastronómico. También es político.

El llamado a consumir más frijol surge en un contexto donde su consumo ha disminuido, pese a ser uno de los pilares de la dieta mexicana.

Aquí aparece una tensión interesante: mientras el país avanza hacia la modernidad, ciertos elementos esenciales parecen quedar atrás. Y es justo ahí donde el discurso "frijolero" entra como resistencia cultural.

No es casualidad que muchos mexicanos, al viajar al extranjero, experimenten esa sensación familiar: "a esto le hacen falta frijolitos". Esa nostalgia no es solo culinaria; es identidad pura.

El consenso inesperado

En un país profundamente dividido en muchos temas, el frijol logra algo raro: consenso.

Difícil encontrar a alguien que realmente se avergüence de él. Al contrario, el orgullo parece surgir de forma natural, casi automática. Como si el frijol fuera uno de los pocos territorios donde todos coinciden.

Y quizá ahí está la clave del fenómeno: no se trata solo de defender un alimento, sino de recuperar un punto de encuentro nacional.

Más allá del discurso

Claro, también hay críticas. Algunos ven en esta narrativa una simplificación o incluso una estrategia política. Otros cuestionan la idea de romantizar lo básico en lugar de aspirar a más.

Pero incluso esas críticas confirman algo: el tema importa.

Porque cuando un alimento logra colarse en la conversación pública, en el debate político y en la identidad colectiva, deja de ser solo comida.

Se convierte en símbolo.

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