DESDE MI TECLADO

La visita del presidente vecino.

Por: Oscar Rodriguez

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

Esta semana se llevará a cabo en la Ciudad de México una reunión entre el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden; el primer ministro canadiense, Justin Trudeau y el presidente de México Andrés Manuel López Obrador.

Cuando veo algunos mapas, una de las cosas que más me llaman la atención es cómo ciertos países tienen fronteras ya sea únicamente o mayoritariamente con otras naciones que les son bastante parecidas. Tal es el caso de Centroamérica y gran parte de Sudamérica que al menos comparten en un alto porcentaje idioma, religión y raza.

En cambio, nuestro país comparte desde la firma del tratado Guadalupe Hidalgo en 1848 y la posterior venta de La Mesilla (conocida también como la compra de Gadsden) en 1854 una frontera de un poco más de dos mil kilómetros con los Estados Unidos, un país en el que la mayoría de la población habla un idioma, profesa una religión y es de una raza diferentes a los de la mayoría de los mexicanos. Y ya ni hablemos de la música o de la comida. Y es que las diferencias vienen desde la conquista de los respectivos territorios por parte de los pueblos europeos.

El mes pasado leí de una firma de una ley por parte del presidente norteamericano Joe Biden en la que se busca proteger los matrimonios entre personas de diferentes razas. En nuestro país, desde la época de la colonia había un extenso catálogo de nombres de las diversas castas que fueron el producto de un proceso de abundante mestizaje. Alguna vez leí un artículo que atribuía todo esto a que los conquistadores españoles se trasladaban a América solos, en cambio los colonizadores ingleses traían a sus mujeres.

Como resultado de esa separación racial, hasta bien entrado el siglo XX era bastante común la segregación en los Estados Unidos. De hecho se dice que el edificio conocido como “El Pentágono” tiene el doble de los sanitarios que necesita porque originalmente había esa separación para las personas de acuerdo a su raza.

Pero regresando al tema de los encuentros entre presidentes mexicanos con sus colegas norteamericanos, hace ya varias décadas me platicaron un par de historias. No tengo manera de garantizar la veracidad de estos hechos pero como muchas veces sucede al hacer referencia a eventos pasados, tal vez no sean ciertos pero pudieron haberlo sido.

La primera se trata del encuentro entre los presidentes Adolfo López Mateos y John Fitzgerald Kennedy. Según se dice, durante gran parte del día ambos mandatarios habían tenido una serie de negociaciones y en un momento al extender la mano izquierda el presidente mexicano su reloj quedó a la vista. Entonces Kennedy habría expresado su admiración con algo así como “Caramba, señor presidente. ¡Qué bonito su reloj!” Al instante, el presidente mexicano tuvo un gesto de extrema amabilidad con el visitante. Se quitó el reloj y se lo ofreció al tiempo que le decía algo así como “Es suyo”. Luego de una serie de intercambio de palabras amables quedó acordado el obsequio.

Esa misma noche, hubo una cena de gala a la cual asistieron ambos presidentes con sus respectivas esposas. Por cierto, la persona que me platicó esta historia hizo énfasis en que el presidente mexicano tenía cierta fama de mujeriego. En el libro “México pelado… pero sabroso” Magdalena Mondragón señala que además, por su afición a las giras de trabajo era apodado “López Paseos” por un segmento de la población y se rumoraba que en las mañanas le preguntaba a su secretario particular “¿Qué toca hoy? ¿Viejas o viajes?”. Hecha la aclaración y volviendo a la cena de gala. En un momento el presidente mexicano le hizo una observación en privado (hasta donde se pudo) a Kennedy: “Oiga, señor presidente. ¡Qué guapa es su señora!” A lo que con la máxima rapidez que fue capaz el presidente norteamericano se despojó del regalo que había recibido aquella mañana y de manera tajante le expresó: “Tenga su reloj”.

La segunda se trata de una reunión entre los mandatarios de ambos países que se iba a efectuar justo en la frontera, a medio puente. Y sucedió que unos días antes del evento había llovido como pocas veces en la región norte de nuestro país, de modo que el pavimento de las calles aledañas al lugar de la junta se había deteriorado de manera que los vehículos de la caravana que transportaba al presidente mexicano no podían realizar su recorrido con la facilidad deseada, así que el primer mandatario y personal del gabinete que lo acompañaba tuvieron que descender de los vehículos en que viajaban y terminar su desplazamiento a pie.

Como las banquetas eran angostas muchos de los participantes de la comitiva preferían ir por la calle aunque para ello tuvieran que hacerlo sorteando los abundantes charcos. La mayoría del grupo procedió a arremangarse los pantalones para evitar que se mojaran y así fueron aproximándose al lugar acordado para la reunión.

Ya en el puente ahora sí, el piso estaba más parejo y menos húmedo de manera que el desplazamiento del grupo fue más cómodo, pero como al presidente mexicano se le olvidó reacomodarse la ropa, alguno de los ayudantes le hizo la recomendación: “Señor presidente… bájese los pantalones” a lo que el mandatario mexicano habría respondido con una cara de honda preocupación: “¡Caramba! Yo sabía que le debíamos mucho a los gringos, pero no me imaginé que tanto…”

Me quedan algunas otras cosas que quisiera comentarles, pero eso será la próxima vez.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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