No pasar por la vida, sino vivirla
Jesús es vida. Así lo “ve” San Juan, porque así se presenta a los discípulos encerrados en una casa por miedo a los judíos, así lo experimentan los primeros cristianos de Jerusalén. Dice Jesús: “Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre”. Jesús que es vida se aparece a los discípulos atemorizados para infundirles paz, encomendarles la misión y otorgarles el Espíritu. Jesús con su resurrección nos reta a no pasar por la vida sin más, sino vivirla. La vida es una tarea para hombres responsables. Dios no nos la dio para pasar por ella, como se pasa por una feria o por un parque de atracciones. Se llega, se ve, se disfruta, y se va... Dios nos la dio para vivirla conforme a nuestra dignidad humana y cristiana. Dios no nos dio la vida para pasarla bien, sino para pasar, como Jesús, haciendo el bien; no para pasear, como un turista, sino para construir un mundo mejor y más cristiano; no para pisar a todo el que se pone en nuestro camino, sino para amar a todos, especialmente a los más necesitados.
Jesús vivo sorprende a todos. Si hay algo que los discípulos no esperaban es que Jesús, resucitando, volviese a la vida y se les apareciese sin perder su identidad con el Crucificado. Los Evangelios ponen de relieve esa impresionante sorpresa, que llegó hasta la temeridad de pedir pruebas, como lo hizo Tomás. Sorprende a las mujeres que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, sorprende a los dos discípulos en camino hacia Emaús, sorprende a los discípulos reunidos en una casa. Cuántas sorpresas juntas en ese día primero después del sábado. ¿Por qué les sorprende, si creían en la resurrección de los muertos? ¿Por qué les sorprende si habían visto a Lázaro, el hermano de Marta y María, ser resucitado por Jesús? ¿Por qué les sorprende, si Jesús se los había predicho en varias ocasiones durante su ministerio público? Les sorprende porque lo que contemplan sus ojos es algo inaudito. Ellos, como buenos judíos, educados por los escribas y fariseos, creían en la resurrección de los muertos, pero... no en el tiempo, sino al final de los tiempos. Les sorprende porque la resurrección histórica de Jesús es caso único y es absolutamente diferente a la de Lázaro, a la de la hija de Jairo o a la del hijo de la viuda de Naín. Jesús está vivo, pero su vida ya no es totalmente igual a la nuestra, es una vida diferente, nueva, superior. Les sorprende porque una cosa es escuchar, entender, y otra diversa experimentar: los discípulos no escuchan que Jesús va a resucitar al tercer día, lo ven y lo oyen resucitado, lo experimentan como el vencedor de la muerte, que vive para siempre. ¡Dichoso el hombre a quien Jesucristo vivo le sorprenda de modo permanente!
Esto de vivir la vida vale sobre todo para los jóvenes, que la miran de frente y la tienen casi completa todavía por delante. Muchas veces es una pena, que siendo tan bella, la pierdan o la malgasten. Vale igualmente para los ya entrados en la edad madura o en la misma ancianidad, porque cada día de vida es una gracia, es una tarea, es una meta que conquistar. Dichoso quien sabe exprimir la vida hasta el final, amando gozosamente a Dios y a los hombres. ¿Hay mejor manera de vivir esta vida? ¿Hay mejor manera de prepararse para la vida que nos espera? Que Jesús que vive, que resucita, sea la antorcha encendida que guíe nuestros pasos por la vida, para realmente vivirla.
Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.
P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey. www.padrenoel.com; www.facebook.com/padrelozano; [email protected]; @pnoellozano