AUTOR: Dr. Fabián Arturo Cabrera Bertoni
Escribir este artículo me hace reflexionar profundamente sobre la esperanza y el agradecimiento. Hace tiempo que no escribo para la revista precisamente porque fui un número más en la estadística del COVID-19, afortunadamente hoy me encuentro en la lista de los recuperados, ante una enfermedad cuya mortalidad ha incrementado en México paulatinamente hasta el 11%.
Todo comenzó cuando regresé a casa del trabajo. Tenía una semana de sentirme fatigado, pero sin otros síntomas. Esa fatiga se la atribuí a la carga laboral que la contingencia exige, además de apasionarme. Acostumbro usar gel anti bacterial en grandes cantidades, froté mis manos, pero noté algo inusual: sentí el calor del alcohol en mi nariz, pero no percibía la fragancia del gel antibacterial. Las personas que me son más cercanas, reconocen mi olfato agudo. Esto me alarmó. Fui a mi habitación y busqué mi perfume favorito. No percibía olores en lo absoluto, es decir presenté anosmia. La anosmia es uno de los síntomas más tempranos, al igual que la disgeusia (pérdida del sentido del gusto). Inmediatamente me recluí en mi habitación. Cené algo muy ligero, aislé mi ropa de ese día y me recosté. Al respecto, es necesario decir que es sumamente importante conocerte a ti mismo.
En breves minutos sentí dolor muy tenue en mi espalda baja. Esto se convirtió en escalofríos. Por la noche comenzó la fiebre. Esta no se detuvo hasta el sexto día. Mi familia activó plan del hogar para COVID-19 de la CDC y se aislaron (https://espanol.cdc.gov/coronavirus/2019-ncov/daily-life-coping/get-your-household-ready-for-COVID-19.html). Me ayudaban con mi comida y a lavar mi ropa. En este punto quiero agradecer profundamente todas sus atenciones, su cariño y paciencia. Asimismo, el soporte de mis más allegados no se hizo esperar, y me monitorizaron todo el tiempo hasta que eventualmente dejé de contestar los mensajes. Ahora tenía que continuar mi camino, solo y hacia un terreno completamente desconocido. A los dos días me confirmaron lo que sabía. La prueba PCR detectó el virus SARS-CoV2 y oficialmente era paciente COVID-19.
La fiebre del COVID-19 fue muy persistente. Comencé a tomar paracetamol y al término de su efecto, la fiebre comenzaba de nuevo, entre 37.5 y 39 °C. La segunda noche comencé a delirar y fue curioso, en mi caso, tener delirios aún sin fiebre. Esta situación me puso al límite y me distanció profundamente de los demás.
La tercera noche dormía en posición fetal y al querer estirarme sentí dolor agudo en la nuca y en la espalda baja. Doblé mi cuello y el dolor se agudizaba hacia abajo, podría ser “meningitis” pensé y me recosté. Desde ese momento y en adelante el insomnio se hizo presente, lo cual me debilitó mental y emocionalmente. El cuarto día se caracterizó por tener tos seca, persistente y en accesos. Al bañarme (después del tremendo ritual de uso sanitizantes antes y después de usar el baño), sentí mareo intenso y comencé a eliminar flemas. Mi pensar médico me hizo entender que las cosas iban progresando. Pude checar mi saturación con oxímetro de pulso y pese a que mi oxigenación se mantenía arriba del 90%, fue por medio de la taquicardia. Desde hace tiempo padezco bradiarritmia (latido cardiaco menor a 60 latidos por minuto) y la taquicardia fue extenuante, manteniendo frecuencias superiores a 100 latidos por minuto, literalmente sentía un vuelco en el pecho cuando incrementaba.
El momento crítico llegó la madrugada del quinto día. La tos incrementaba y procuraba expectorar. Sin embargo, en algún momento comencé a sentir que el aire me faltaba. En ese punto presentí que algo más podría surgir en las próximas horas. Mi familia dormía y me tentaba llamar vía telefónica para pedir auxilio, sin embargo, la fiebre comenzó y el delirio tomó las riendas. “Decúbito prono” (acostarse boca abajo) recordé y cerré los ojos. De mi delirio recuerdo pocas cosas. Recuerdo haber estado en un túnel de aire y tenía que cuidar que no se cerrara. En un momento de claridad, comencé a hablarle a mi cuerpo. Entendía que la fisiopatología consistía en una “tormenta de citocinas”, la cual se desata por la resistencia natural que el sistema inmunológico opone al virus. Simplemente le pedí a mi cuerpo: No te resistas más, deja que haga lo que tenga que hacer. Se va a ir. Dormí profundamente.
A las 5 am sentí mucho frío. Mi ropa estaba empapada de sudor y monitorice mi oxigenación, estaba en 93%. Amaneció y a pesar de tener dificultad respiratoria, sentí mejoría. Ese fue el último día de fiebre.
La segunda semana recupere parcialmente el sentido del gusto y del olfato. Comencé a comer mejor. El dolor muscular era persistente al igual que la debilidad, incluso tenía fatiga para poder hablar. En esa semana tenía que preparar algunas actividades del posgrado y la mejoría me motivaban.
Llegó el día catorce. Me vi al espejo y noté mucha palidez. Mis brazos y piernas perdieron masa muscular. En total perdí alrededor de 12 kilogramos por catabolismo intenso. La PCR salió negativa y fue motivo de celebración. Paulatinamente comencé a salir de la habitación, con uso de cubrebocas.
A los 20 días, mi pequeña hija se acercó a obsequiarme un dibujo. Noté que dibujó mis brazos muy pequeños y entendí que sus trazos me reclamaban un abrazo. La abracé muy fuerte y en ese momento entendí que me había recuperado.
Retorné a trabajar e investigué como participar como donador en el protocolo “Eficacia y seguridad de plasma de donadores convalecientes por COVID-19 en pacientes con síndrome de infección respiratoria aguda grave por el virus SARS-COV-2”. Las pruebas hematológicas que me efectuaron fueron satisfactorias y doné 600 mililitros al Centro Médico la Raza del Instituto Mexicano del Seguro Social. Espero que el trabajo de mi sistema inmune pueda servir a quienes están en peligro de muerte. Hasta el momento los resultados de dicho protocolo son alentadores. Si tuviste COVID-19 (hasta un máximo de 6 meses) procura participar donando. Puedes obtener mayor información en la siguiente liga https://twitter.com/Tu_IMSS/status/1259900550621155329.
La conclusión de mi experiencia personal como paciente, es que el miedo es un factor determinante frente a una enfermedad grave. Fue muy difícil tratarme y vigilarme a mí mismo en el papel de enfermo delicado, pero también desarrollé la habilidad de apreciarme como ser humano, entenderme y ser empático conmigo mismo. Me permitió valorar y ponderar muchos aspectos que debo fortalecer en mi vida y enfocar mi existencia hacia la felicidad, misma que se obtiene con los pequeños detalles de la vida. Lo material es necesario, pero es más irrelevante de lo que creía.
Existe la esperanza, solo tenemos que creer fervientemente en ella y ser agradecidos con lo que tenemos es la base de la felicidad.
Datos del autor:
El Doctor FABIAN Cabrera es Médico Cirujano, Maestro en Administración de la Salud y candidato a Doctor en Administración y Políticas Públicas. Obtuvo la Medalla al Mérito en Protección Social en Salud del Gobierno Federal en 2014 y fue galardonado con el Premio Nacional de Salud de la COPARMEX en la categoría
empresarial en 2018. Actualmente se desempeña como National Ombudsman en Mensa, México, «The High IQ Society».