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Opinión

Amables lectores, tengan ustedes un buen día

Óscar Rodríguez
Por Óscar Rodríguez - 13 junio, 2021
Amables lectores, tengan ustedes un buen día

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

A partir de la década de los años 50’s del siglo pasado, la televisión fue tomando mucha de la forma que conocemos en la actualidad. Una de las series cómicas más exitosas de esos años fue “I Love Lucy”, la cual de cierto modo marcó el patrón que luego seguirían muchos otros programas.

Para los años 60’s surgió “Gilligan’s Island”. Una comedia de situación que narra las increíbles aventuras de un grupo (bastante heterogéneo) de siete náufragos que tratan infructuosamente de regresar a tierra firme. Y es precisamente un episodio de esta serie al que me quiero referir hoy y lo relaciono con mi comentario de la semana pasada.

La aventura en cuestión trata de un momento en el que los náufragos deciden elegir al presidente de la isla. Dos de los personajes se lanzan como candidatos al mencionado puesto: el millonario (que es apoyado por su esposa) y su contrincante que es el capitán (quien cuenta con el apoyo del profesor). De este modo, se aprecia que la elección será definida según la votación de los tres personajes restantes: Ginger, Mary Ann y Gillligan. 

Y aquí es cuando sucede algo insólito: Ginger y Mary Ann no quieren quedar mal con ninguno de los candidatos que están oficialmente en campaña, de modo que en la boleta otorgan su voto a Gilligan. Y para redondear el cuadro, el personaje que da nombre a la serie vota por sí mismo, de modo que se convierte en el primer presidente de la isla.

La semana pasada me referí al hecho de que la democracia en principio se trata de que el gobierno sea ejercido por el candidato que obtenga el mayor número de votos del electorado. Así de simple.

Sin embargo, hasta una definición que pudiera parecer tan sencilla como eso, puede tener variantes en su aplicación.

Por ejemplo, en nuestro país. Para la elección de presidente de la República, simplemente se contabilizan los votos de los electores y el que obtenga el número mayor resulta ganador. Por cierto, en nuestras boletas de votación hay un espacio en blanco (por si el elector no desea darle su sufragio a ninguno de los candidatos registrados) para que el votante anote el nombre de la persona a quien habrá de favorecer con su ejercicio democrático. De hecho, hace algunas décadas se decía que en cada elección presidencial, el cómico Mario Moreno “Cantinflas” recibía miles de votos, al estilo del episodio de Gilligan.

Este método tiene la desventaja de que pudiera darse el caso en el cual el ganador no reciba la mayoría de los votos.

Para evitar tal situación, en algunos países se ha preferido por la opción conocida como “balotaje” o segunda vuelta. En el caso en el que ningún candidato obtenga la mayoría absoluta de los votos en una primera elección, los dos candidatos que obtengan las mayores cantidades se disputan una segunda votación. Tal es el caso que tuvieron recientemente (precisamente el pasado domingo) en Perú.

Parecería que estos dos métodos cubrirían las expectativas democráticas de cualquier país, pero hay aún otro tipo de mecánica electoral: la de los Estados Unidos.

De acuerdo con los datos de los censos de población, hay una asignación proporcional de los cuatrocientos treinta y cinco representantes en los estados de la unión. Además, cada estado tiene un par de senadores. Añadiéndole los tres elementos del Distrito de Columbia, se redondea el número de quinientos treinta y ocho.

Este es el número de votos que tiene cada estado en el colegio electoral norteamericano. Cuando se efectúan las votaciones para presidente todos los votos del colegio electoral de cada estado le son otorgados al candidato ganador, sin importar la cantidad ni proporción de los votos que lo favorecieron.

De este modo, puede darse el caso en el que el vencedor de la contienda reciba menos votos que el candidato derrotado. De hecho, en las elecciones de 2016, la candidata por el partido demócrata Hillary Clinton recibió una mayor cantidad de votos que su contrincante, el republicano Donald Trump, sin embargo perdió la elección.

Ahora bien. El otro tema que mencioné el domingo pasado. Referente a la película “La Profecía”.

A partir de la presentación de dicha cinta, se empezaron a ver con más frecuencia publicaciones y artículos relacionados con el número seiscientos sesenta y seis. Me tocó leer algunos de ellos. En 1984, la revista Discover Magazine tocó el tema precisamente un poco antes de que se llevaran a cabo las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. De lo que recuerdo de aquella publicación les comparto.

Hubo quien insinuó que Ronald Reagan era el anticristo predicho en la película. Después de todo Ronald Wilson Reagan tiene 6 letras en cada una de las palabras (eso forma el número 666). Pero luego algún republicano reviró obteniendo 666 a partir de otra metodología y el nombre del candidato demócrata Walter Mondale.

Disponiendo de otros algoritmos de asignación de valores a letras se han llegado a obtener 666 a partir de los nombres de Bill Gates, Hitler, George Bush Jr. y toda una colección de personajes históricos.

Tal vez la explicación más tranquilizadora sea la que expone Isaac Asimov en el sentido de que en la época en la que el Apocalipsis fue publicado, la máxima autoridad en Roma era Nerón César. Este nombre escrito en caracteres hebreos (que también hacían las funciones de números) suma 666.

Me quedan algunas otras cosas que quisiera comentarles, pero eso será la próxima vez.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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