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Alavés y Leganés empatan

Por Agencia - 22 enero, 2017
Alavés y Leganés empatan

Mendizorroza asiste a un duelo sin fútbol con cuatro goles (4-4) en el que ningún equipo mereció más

Alavés y Leganés se jugaron el partido a la ruleta y la pelota dio tantas vueltas que acabó por castigar a los dos equipos aunque al Leganés el empate le dejó buen sabor de boca y al Alavés, la miel en los labios. Hubo poco fútbol y muchos goles, cuatro son demasiados para los merecimientos exhibidos, para las apuestas volcadas en esa ruleta donde abundaban las faltas, las trabas, los choques, los encontronazos y escaseaba el fútbol, la sutileza, la combinación y el talento.

Tanto fue así que el partido lo inauguró un central, Laguardia, y lo clausuró otro, Insua. Ambos marcaros tras sendos córners. De una forma accidental el del Alavés, pues el tiro de Llorente fue una errata que, al pillar saliendo a la defensa, dejó solo a Laguardia para que batiese al desamparado Herrerín. De una forma más elaborada el del Leganés, porque Insua cabeceó a solas una buena peinada de Bustinza.

El partido se embarulló desde el principio: demasiada gaseosa y poco champagne (solo el portero suplente del Leganés le hacía honor desde el banquillo). A los dos les cuesta ganar. Al Alavés, sobre todo en su territorio, donde solo lo ha conseguido en dos ocasiones.

Al Leganés, en cualquier territorio, porque acumula siete jornadas sin vencer, aunque resiste con dignidad a base de empates. O sea, que el frío de Vitoria no iba a encontrar más calefacción en Mendizorroza que la que proporciona el sudor derramado.

A Theo Hernández lo frenó mejor el árbitro, Munuera Montero, que Víctor Díaz, su policía municipal particular. A los diez minutos, en su primera incursión por la banda lo amonestó por simular una falta que sí había existido.

Ni Theo ni el árbitro volvieron a ser ellos mismos. El primero se retrajo a su parcela defensiva, el segundo comenzó a titubear en cada una de sus decisiones. Se notaron ambas cosas.

El partido exigía un árbitro con arrojo y decidido y Munuera no lo fue, y el Alavés reclamaba las galopadas del lateral francés para desatascar las tuberías del centro del campo.

Como ni lo uno ni lo otro sucedió, las faltas fueron más importantes que los pases, el poderío de Manu García se hizo más protagonista que el tacto de Llorente, del que sus compañeros prescindieron sobrevolando su espacio con un juego aéreo, directo.

Al Leganés le sucedió lo mismo. Gabriel, su cabeza pensante iba y venía, al tran tran, sin saber a donde iba ni de donde venía.

Y sus delanteros eran almas en pena que vagaban por el área desatendidos, olvidados. Tuvo que ser un centro larguísimo el que propiciara el primer empate del Leganés. Una jugada de principio del siglo pasado: balón largo, cabeceo hacia atrás y Machís que asiste a Guerrero para que marque. Cuatro toques y un despiste alavesista con los centrales descolocados.

Tras un gol salvado en la raya por el Leganés, Ibai lanzó un centro envenenado con la zurda desde la derecha que era canela en rama. Y con la punta de la rama lo rozó Edgar para batir a Herrerín.

En el fútbol la justicia es siempre subjetiva, o sea, injusta por naturaleza. Quizás nadie debió ganar y por eso no ganó nadie. Lo que está claro es que cuatro goles fueron muchos goles para un partido tan escaso.