El exrescatista Juan Pablo Aguiñaga Saucedo con su familia en Kingfisher, Oklahoma.

SABINAS, COAHUILA.- A 49 años de la explosión de las minas 2 y 3 en minas de Barroterán, los recuerdos de los 153 mineros caídos prevalece entre sus familiares, quienes vivieron amargos días de dolor interminable.
Desde su residencia actual en Kingfisher, Oklahoma, Juan Pablo Aguiñaga Saucedo de 68 años, y originario de Nueva Rosita, recuerda aquella explosión como una de las experiencias que marcaría su vida, En aquel entonces tenía 19 años, uno como trabajador de la mina 3, como voluntario para el rescate de los cuerpos de sus compañeros caídos.
Ese día me tocaba trabajar en el segundo turno; cuando llegué ya había pasado la explosión. Al llegar vi como salía humo de la bocamina, y lleno de gente alrededor del cerco, esperando tener una noticia de sus familiares, preguntando una y otra vez al personal del Ejército y guardias de seguridad.

Ramiro Flores Morales historiador y cronista.

Juan Pablo narra con hondo pesar, que un día después se iniciaron las labores de rescate de sus compañeros, cuando equipos de rescatistas voluntarios entraron a la mina avanzando lentamente en los cañones derrumbados, haciendo labores de limpieza y cubriendo con lona para poder avanzar con seguridad.

Es tanto el daño que la explosión hace a los cuerpos, que la carne de la pierna de uno de los compañeros que localizamos primero, era semejante al color rosado; al intentar levantarlo sus huesos prácticamente se desprendieron, mientras que sus cabellos quedaron rizados y con el olor a quemado.

En la mayoría de los casos de los cuerpos rescatados, no se logró una plena identificación, ya que de algunos solamente se encontraban las botas o ficha metálica marcados con el número de control, se recogía el casco, botas y huesos en bolsas negras que se colocaban en féretros sellados.

La causa de la explosión nunca se estableció con claridad; la versión más común es que fue generada por uno de los inspectores o “gaseros” al verificar un área de trabajo con una lámpara que funcionaba con carburo, traía encendida una pequeña llama, la cual se apagaba cuando había mucho gas, pero el porcentaje que había era explosivo, y sirvió como detonante.

En las últimas dos semanas, el rescate se complicó, recibiendo ayuda de especialistas japoneses.

Ellos traían una sustancia que aplicaban en los escombros de las galerías, que permitía saber si debajo había restos humanos; al ser positivo excavábamos; de esta manera localizamos a varios compañeros cerca del tiro vertical.
El rescate se prolongó desde el martes 1 de abril, hasta el sábado 10 de mayo de 1969, siendo los restos del trabajador Abraham Luna de 20 años, el último féretro sellado que fue entregado a sus familiares aquel imborrable día de las madres.

Monumento a los 153 mineros caídos en minas de Barroterán.

LUTO PERMANENTE
El luto que guardan a mineros en la región Carbonífera ha sido permanente desde 1896, asegura Ramiro Flores Morales, autor del libro El Hondo “Una cuenta pendiente de la historia”, en promedio muere un minero cada mes, sumando hasta la fecha más de 1500 tan solo en la región Carbonífera de Coahuila.
Desde el primer accidente en la mina El Hondo a finales del siglo XVIII, muere en promedio un trabajador al mes, siendo enero y febrero los más significativos al presentarse las temperaturas más frías, la presión atmosférica baja y el gas se comprime.
El especialista asegura que ni aún con los adelantos tecnológicos se han logrado evitar los accidentes fatales, inclusive en los países más desarrollados, recordando que la minería del carbón es la segunda actividad de mayor riesgo en el mundo.