En el pasillo lateral de la presidencia municipal, ese que conecta la calle Ignacio Zaragoza con la plaza Alonso de León, la gente va y viene: pasos apresurados, miradas distraídas. Sin embargo, en medio de ese ir y venir cotidiano, ocurren escenas que pasan desapercibidas, pero que recuerdan que la empatía sigue viva.
Ahí, en una banca, estaba Karla: la mirada perdida, la ropa sucia, el cabello desordenado. Carga con una enfermedad mental, agravada —dicen— por el consumo de drogas, que poco a poco la empujó hacia la indigencia. Como tantos otros, es de esas personas que se vuelven invisibles para la mayoría.
Pero Gerardo sí la vio. A sus 80 años, con una mochila al hombro y el paso pausado, caminaba con un bastón rumbo a su jornada diaria, a esos trabajos "de lo que salga": limpiar patios, hacer mandados, sobrevivir. No pasó de largo. Se sentó junto a ella, como quien se sienta con alguien conocido.
De su mochila sacó dos bolsas de plástico. Dentro, tacos envueltos en papel aluminio. También un refresco.
No era la primera vez.
Gerardo Martínez Méndez vive solo. A su edad, aún se prepara su propio lonche. Y no lo hace pensando solo en él: siempre cocina de más. Siempre hay un taco extra, por si en el camino aparece alguien que lo necesite.
Alguien como Karla. Alguien como tantos otros que viven en la calle, los que nadie mira, los que muchos prefieren ignorar.
Sin palabras de más, compartieron el alimento. Ella, en un gesto intentó darle 10 pesos. Él negó con la cabeza y con voz suave le dijo: —Guárdalos, mija... los vas a necesitar después. Abrió la botella de refresco, sirvió la mitad en otra botella y la repartió. Como si se tratara de una mesa familiar pero improvisada en una banca.
"Yo comprendo que ella no está bien, pero lo que yo hago es servir", dice Gerardo, sin dramatismos, sin buscar reconocimiento.
No pregunta historias. No indaga en las razones que llevaron a alguien a la calle. Solo comparte, escucha a veces, y sigue.
A Karla la ha visto muchas veces en la Zona Centro. Como a otros: hombres y mujeres que cargan sus propias hierbas y demonios.
Menciona también a "Dago", otro rostro conocido entre quienes viven al margen. Y aun así, no hay miedo.
"¿Por qué debería temerle? Es un ser humano, como yo y como cualquiera", afirma.
Gerardo, es originario de la Hacienda Plan de Guadalupe, rumbo a Saltillo. En Monclova ha encontrado una rutina hecha de esfuerzo y pequeños actos de generosidad.
Hoy, como cualquier otro día, salió a trabajar. Pero antes, se detuvo, porque alguien estaba ahí. No hubo despedidas largas. No hicieron falta. Terminó el lonche, guardó lo que quedaba, se levantó y siguió su camino.
Con la misma mochila, con los mismos tacos de siempre... y con la promesa silenciosa de volver. De volver a ver a Karla. De volver a compartir. De seguir recordando, en medio del ruido de la ciudad que nadie debería ser invisible.