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Coahuila

LAS CARTAS SOBRE LA MESA

Por P. Noel Lozano - 13 enero, 2019 - 08:52 a.m.

Ser hijo de Dios vale la pena, vale la eternidad.

Ser hijos y sentirnos hijos, es una de las experiencias más hermosas que un ser humano puede experimentar. Poder sentirnos hijos y ser hijos de Dios es, sin duda alguna, el título y la bendición más grande que alguien puede tener en la tierra. Este domingo nos detenemos a contemplar esta hermosa realidad, la realidad de lo que ha significado el regalo del bautismo, por el que somos y podemos llamarnos hijos de Dios. Es el bautismo, sin duda alguna, la novedad de la acción de Dios en la historia. El mismo Isaías, profetizando dice: “ha terminado la esclavitud..., que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor con poder y su brazo lo juzga todo”. Es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se escuche una voz del cielo: “Tú eres mi hijo predilecto”. Es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: “un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor”.

  1. El bautismo respuesta a una promesa. El hombre, desde los mismos inicios, lleva en sí el deterioro y la vieja carne del pecado. El bautismo es la respuesta concreta, transformante, a la gran promesa de salvación hecha por Dios a su pueblo. Vemos hoy en las lecturas de la liturgia tres momentos de la intervención de Dios en nuestra historia: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia, luego para revelar al mundo la filiación divina de Jesús, finalmente para manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo. La certeza para nosotros: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la fidelidad. Dios es fiel y sana nuestra humanidad lastimada con la gracia del bautismo.

  1. El bautismo compromiso transformador. Primero hace nuevo el corazón, en segundo lugar desde el corazón del hombre y con la ayuda del hombre, trasforma la realidad histórica. En los exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión llegase a cumplimiento. En el caso de Jesús, la teofanía del bautismo nos hace descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del bautizado sólo se descubre con el tiempo, en la medida en que exista un compromiso transformador entre don infundido por Dios, la vida concreta y diaria del cristiano.

  1. Somos bautizados para siempre. El bautismo imprime carácter, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. ¿Qué pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿Cuándo se reniega de la propia fe? ¿Cuándo se cambia de religión y credo? La huella de la impresión bautismal y del amor de Dios queda. Dios es fiel a nosotros independientemente de nuestra respuesta y adhesión. El bautismo es una huella que es memoria, y es invitación: “Recuerda que eres un bautizado”, “Sé lo que eres, vive lo que eres”. Eres libre, pero la huella divina te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos que te presenta la cultura comodina y facilona que vivimos. ¿Y qué pasa con el bautizado que quiere vivir como bautizado? Tiene que ratificar cada día con la vida la huella divina, que lleva impresa. Tiene que testimoniar decididamente y con valentía la transformación que Dios ha operado en su ser por el bautismo. Tiene que ser un bautizado que viva consciente de su bautismo día tras día, por siempre. “Estamos en el mundo, pero no somos del mundo”, comprometidos con la transformación trascendente de los corazones y de las estructuras humanas, es el gran privilegio del bautizado, del que se dice y se llama “hijo de Dios”. Ser hijo de Dios no sólo vale la vida o vale a pena, vale la eternidad.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey. www.padrenoel.com; www.facebook.com/padrelozano; padrenoel@padrenoel.com.mx; @pnoellozano

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