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Opinión

Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos muy ricos

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Por - 14 enero, 2022 - 00:35 a.m.
Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos muy ricos

Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos muy ricos. Lo único que nos faltaba era dinero. Vivíamos en un departamento tan pequeño que nunca me he explicado cómo pudo caber ahí tanta felicidad. El tal departamento era de taza y plato: un cuarto abajo, el otro arriba. Los comunicaba una escalera por la que debíamos subir con lentitud, pues era de caracol. (Uta, otra idiotez como ésa y mis cuatro lectores quedarán reducidos cuando mucho a dos). Abajo la cocina, que servía a la vez de comedor y sala. Arriba la recámara y un mínimo baño. Eso era todo. Más no necesitábamos. Un buen día, sin embargo, se nos presentó la oportunidad de comprar una modesta casa

La tía Crucita, santa mujer, había fallecido sin descendencia, y en su testamento dejó dispuesto que su casa se vendiera a fin de pagar los estudios de un jesuita. En la venta debería dársele preferencia a Armandito -Armandito era yo-, porque era el único de sus sobrinos que no traveseaba cuando ella nos hacía rezar el rosario. En efecto, a mí me apenaba ver su mansa mortificación, pues los demás primos se la pasaban riendo y picándose las costillas mientras ella desgranaba las hermosas letanías de la Virgen. 

Me mantenía entonces seriecito, los brazos cruzados, y si algún primo me picaba el costillar le mentaba la madre, pero después del rosario y lejos de la tía. Dio fruto mi devoción pro tempore, y ahora tenía la posibilidad de adquirir una casa para mi esposa y para mí. Había un problema: no disponíamos de un solo centavo. Fuimos entonces al Banco Nacional de México -así se llamaba en aquella época, creo, esa institución- y le pedimos un préstamo al gerente. Nos hizo varias preguntas. ¿Teníamos cuenta ahí? No. ¿Éramos dueños de algún bien raíz que sirviera como garantía hipotecaria? No. ¿Podíamos conseguir el aval de algún comerciante o industrial reconocido? No. “Entonces no puedo darles el préstamo. 

Lo siento”. Salimos del banco desolados, mi señora con lágrimas en los ojos, yo con el alma en rastras. Al día siguiente empezamos a asediar al señor. Frente al banco había un café, y ahí nos instalábamos. Tan pronto lo veíamos llegar corríamos, y no se sentaba aún en su escritorio cuando ya estábamos nosotros insistiendo en nuestra rogativa. Ese asedio debe haber durado una semana. Pienso que al final se conmovió, porque una mañana nos dijo: “Voy a hacer algo que si mis superiores se enteran me costará el trabajo, y quizás hasta mi carrera bancaria. A usted le haré un préstamo con el aval de su esposa, y a su esposa le haré otro préstamo con el aval de usted”. Así pudimos comprar nuestra casita. No dejamos de pagar una sola mensualidad de los dos créditos, aunque ciertamente nos veíamos en apuros. “Ya llegamos a papas”, me decía mi señora al final de cada mes. 

Eso quería decir que ya no teníamos más que papas con huevo para comer. Cuando acabamos de hacer los pagos le llevamos al gerente del banco, en muestra de agradecimiento, un regalo que a nosotros nos pareció de lujo: una loción Old Spice. Se emocionó. “Tengo 20 años de prestar dinero -nos dijo-, y es la primera vez que alguien me lo agradece”. Desde entonces, lo he dicho, nos convertimos en clientes fidelísimos de lo que ahora es Citibanamex. La atención que ahí hemos recibido ha sido siempre amable, eficiente y esmerada. Mi esposa y yo confiamos, lo mismo que todos los clientes de la institución, en que los cambios que se van a producir con su venta no nos causarán afectación alguna. Si eso sucede, si no sufrimos daño a raíz de la operación, le prometemos desde ahora al nuevo dueño otra loción Old Spice, o su equivalente femenino si la adquirente es una dama. 

FIN.

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