Opinión
La adicción a la manzana
La adicción a la manzana


Hay algo curioso, y hasta contradictorio, en nuestra relación con Apple: compramos productos que todavía funcionan perfectamente para sustituirlos por otros que, en muchas ocasiones, hacen prácticamente lo mismo. El iPhone que ayer era extraordinario hoy parece viejo. El reloj que nos servía para todo de pronto necesita ser reemplazado. Los audífonos siguen funcionando, pero aparece una nueva versión y sentimos que los anteriores ya quedaron atrás.
Y así, año tras año, entramos voluntariamente en un ciclo de consumo que parece no tener final. No compramos tecnología. Compramos la sensación de estar al día. Compramos novedad, pertenencia y, en cierta forma, una pequeña dosis de satisfacción personal. Apple entendió esto mejor que casi cualquier otra empresa. Steve Jobs sabía que un producto no debía venderse únicamente por sus características técnicas, sino por lo que hacía sentir a quien lo utilizaba.
Jobs decía: "La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas". Y si, esto que podría ser un problema reside en tu cerebro. Concretamente, se trata de la dopamina; los científicos han identificado esta sustancia química como la razón principal por la que seguimos consultando el teléfono. Es un neurotransmisor que envía señales a las terminaciones nerviosas. Cuando llega un nuevo mensaje de redes sociales o de WhatsApp, tu cerebro recibe una señal. Es una recompensa, casi como una sensación de hormigueo: alguien se ha puesto en contacto contigo para darte información nueva; te sientes importante, sientes que te necesitan.
Y probablemente pocas frases explican mejor nuestra relación con los nuevos productos de Apple. Antes de que aparezca el siguiente iPhone, nadie siente que necesita cambiar el que tiene. Pero llega la presentación, aparecen las imágenes, se anuncian las nuevas funciones y, de repente, aquello que ayer era suficiente comienza a parecernos insuficiente.
Ahí está la verdadera genialidad del modelo: Apple no solamente crea productos; crea deseos. Él problema no es comprar un nuevo iPhone. El problema aparece cuando sentimos que debemos hacerlo. Cuando la renovación deja de responder a una necesidad real y comienza a responder a una presión invisible. La publicidad, las redes sociales, los amigos y hasta nosotros mismos nos convencemos de que tener lo último es una manera de demostrar que estamos avanzando.
Cada nueva generación llega acompañada de la promesa de ser más rápida, más inteligente, más elegante y más indispensable que la anterior. Lo interesante es que muchas veces el producto anterior sigue siendo extraordinario. El teléfono continúa tomando fotografías excelentes, la computadora sigue siendo rápida y el reloj todavía cumple perfectamente con su función. Sin embargo, la aparición de un nuevo modelo transforma nuestra percepción. Lo que funcionaba ayer parece viejo simplemente porque existe algo más nuevo.Eso demuestra que nuestra dependencia no es tecnológica, es psicológica.
Nos hemos acostumbrado a confundir innovación con necesidad. Creemos que avanzar significa cambiar de aparato. Que estar actualizado significa tener la última versión. Que lo nuevo necesariamente es mejor para nosotros. Quizá por eso vale la pena detenernos antes de cada compra y hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente necesito este producto o solamente quiero sentir, durante unos días, que tengo algo nuevo?
Porque Apple puede seguir innovando. Puede seguir presentando productos extraordinarios. Puede seguir haciendo de cada lanzamiento un acontecimiento mundial. Pero la decisión de comprar sigue siendo nuestra. La tecnología debería hacernos la vida más fácil, más productiva y quizá hasta más divertida. Lo peligroso es cuando dejamos que sea ella la que decida qué necesitamos. Tal vez la verdadera innovación no consiste en comprar el próximo dispositivo.
Tal vez consiste en aprender a vivir perfectamente bien con el que ya tenemos. Algo por lo pronto imposible de lograr, pues me doy cuenta al terminar de escribir este artículo en mi computadora, una MacBook; de que a mi lado están mi iPhone y mi iPad y que, aunque en realidad no los necesito, tampoco puedo vivir sin ellos.
@marcosduranf




