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Opinión

Desde mi Teclado

Óscar Rodríguez
Por Óscar Rodríguez - 04 octubre, 2020
Desde mi  Teclado

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

Apenas pasada la medianoche del jueves anterior se propagó la noticia de que tanto el presidente de los Estados Unidos como su señora esposa habían sido contagiados de COVID-19. En cuestión de minutos fuimos millones de personas quienes nos enteramos del hecho.

Recuerdo que hace mucho tiempo tuve oportunidad de leer un artículo en el que el autor hacía un comparativo de la velocidad de las comunicaciones de noticias utilizando como ejemplo un evento que en ese entonces era muy reciente: el atentado contra la vida del presidente Reagan (1981). La comparación la realizaba con respecto al asesinato del presidente Lincoln (1865).

Según esto, la noticia de la muerte de Lincoln llegó a Inglaterra casi dos semanas después de que había sucedido. En cambio, cuando ocurrió el atentado contra Reagan, personal de una agencia de noticias que estaba en Londres contactaron a uno de sus corresponsales que estaba en Washington para darle a conocer la novedad a fin de que cubriera la nota. Y eso que todavía no había internet.

A partir de aquellos años hemos avanzado considerablemente hacia el mundo de lo instantáneo dentro del entramado global en que nos toca interactuar. La imperceptible infósfera que a toda hora nos bombardea a través de una gran variedad de medios y con una asombrosa diversidad de temas. Y así llegamos a este sin duda inolvidable 2020. Se anuncia el contagio de Trump y la noticia está al alcance de todo el mundo (literalmente) en cuestión de minutos.

Esta marcha hacia el progreso ha sido tan vertiginosa que rara vez nos percatamos de lo afortunados que somos al vivir en esta época. A precios bastante accesibles, una gran proporción de la población actual podemos disponer de dispositivos electrónicos, medios de transporte, electrodomésticos y una serie de satisfactores que en otros tiempos ni Luis XIV de Francia (el llamado “Rey Sol”) pudo tener a pesar de su impresionante riqueza.

Y muchas veces tenemos en mente tan solo a los inventores de los aparatos (y eso cuando los llegamos a conocer) como los agentes que han participado en el proceso de mejora de nuestra vida diaria. Decimos que tenemos la bombilla (bueno, ahora son focos ahorradores o luces LED) gracias a Thomas Alva Edison o que tenemos el teléfono gracias a Alexander Graham Bell (aunque hace algunos años se reconoció que el verdadero inventor del “teletrófono” fue un italiano apellidado Meucci).

Creo que, aunque los inventores merecen una amplia proporción del crédito como los promotores de la prosperidad que vivimos, también existe una extensa cadena de personas que permanecen en el anonimato y que también colaboran en el proceso del incremento de nuestro bienestar. Me refiero a la red de elementos que participan directa o indirectamente para el abastecimiento de materias primas, la fabricación, la distribución y la venta de los artículos. Ellos vienen a ser una especie de “héroes anónimos”, pero como su función es tan discreta muchas veces pasan desapercibidos por completo.

Pero si de dar a conocer a un héroe anónimo se trata, creo que la medalla de oro se la debe llevar el señor Stanislav Petrov.

Esta persona, en septiembre de 1983 estaba a cargo de la operación de un sistema detector de misiles en lo que en ese entonces se llamaba Unión Soviética. A manera de ubicación vale la pena recordar que ese mismo mes, un avión de pasajeros de Korean Air Lines había sido derribado por la fuerza aérea soviética supuestamente por haber sido confundido con una nave de espionaje norteamericana. El resultado: más de 250 personas fallecidas.

De manera repentina, una de las alarmas se activó. Un satélite reportaba que un misil norteamericano había sido disparado con dirección a territorio soviético.

Cuando apenas habían transcurrido unos segundos, se encendió una segunda alarma y poco después otra. Llegaron a ser cinco.

Petrov lo pensó unos segundos (después de todo iniciar un contraataque nuclear no es una decisión de todos los días ni con inocuas consecuencias) y llegó a una conclusión bastante sensata: si los Estados Unidos se dispusieran a atacar a los soviéticos no lo iban a hacer con tan sólo cinco misiles. Ese razonamiento evitó una precipitada respuesta soviética que a su vez pudo haber desatado una reacción norteamericana y que como fichas de dominó hubiera desencadenado una sucesión de eventos con consecuencias inimaginables pero sin duda bastante dañinas.

Sin embargo Petrov no había cumplido con su deber. Cuando todo el asunto pasó, se llegó a la conclusión de que uno de los satélites tuvo un error provocado por el reflejo de la luz solar en un grupo de nubes, lo que disparó la falsa alarma.

La inteligente decisión de Stanislav Petrov no solamente no fue reconocida sino que fue removido de su cargo y el suceso se mantuvo en secreto por algunos años.

A veces no nos percatamos del alcance de nuestras decisiones. De igual manera desconocemos qué tanto de lo que vivimos es consecuencia de las medidas tomadas por actores desconocidos pero con influencia en nuestras existencias.

¿Qué hubiera pasado si la decisión de Petrov hubiera sido otra? Es imposible saberlo.

El “hubiera” no existe, pero qué bueno que el señor Petrov sí existió.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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