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Opinión

Desde mi Teclado

Óscar Rodríguez
Por Óscar Rodríguez - 11 octubre, 2020
Desde mi  Teclado

Por: Oscar Rodríguez

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

El pasado miércoles falleció el científico Mario Molina, quien ha sido el mexicano que más recientemente ha obtenido el premio Nobel. Hace veinticinco años, fue galardonado en la categoría de Química.

En la historia de estos nombramientos solamente tres paisanos han resultado ganadores, lo que los convertiría en una especie de “campeones mundiales de la especialidad” en cierto año. Primero fue el diplomático Alfonso García Robles, quien lo ganó en Paz en 1982 y posteriormente el escritor Octavio Paz quien lo obtuvo en Literatura en 1990. De acuerdo, tal vez no sean muchos los premios conseguidos, pero eso no significa que nos falte talento ni creatividad (¿cómo se podría siquiera insinuar eso, cuando por poner un ejemplo, la diversidad de la gastronomía mexicana ha sido declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO?)

Haciendo un paréntesis. El nombramiento de los ganadores del premio arriba mencionado no ha estado ajeno a las polémicas. Es algo parecido a las competencias de calificación como los clavados o la gimnasia. Terminan siendo cuestión de opiniones. Al mismo Albert Einstein le fue negada la distinción por años, aparentemente debido a sus creencias religiosas. Cierro paréntesis.

Hace varias décadas, durante la guerra fría se decía que las novedades tecnológicas tenían tres fases: primero, los estadounidenses anunciaban un invento; inmediatamente después, los soviéticos publicaban que ellos lo habían desarrollado anteriormente pero que no lo habían querido informar y finalmente los japoneses se ponían a fabricarlo. Y esta historia no andaba tan alejada de la realidad.

Nuestro país tal vez no se destacó por ser de los que más inventos aportaron al mundo. Quizá los más recordados sean el Sistema Tricromático de Televisión a Color de Guillermo González Camarena y la Tridilosa del ingeniero y político Heberto Castillo.

Siempre he pensado que la distribución de las capacidades humanas es más o menos uniforme en todo el mundo. Lo que hace que algunos sean campeones mundiales y otros no lo seamos es una combinación de factores como aptitud, oportunidad, mentalidad y disciplina. Gracias a las facilidades de comunicaciones de que disponemos, he podido ver videos de un mariachi croata que literalmente no canta mal las rancheras.

También creo que todos somos campeones en algo. Tiene que haber alguna actividad en la que cada uno de nosotros sea el mejor del mundo pero nadie garantiza que en esa destreza exista una competencia definida.

La persona con mayores cualidades para ser el mejor jugador de tenis en toda la historia tal vez haya nacido en un pequeño pueblo de Oaxaca, pero nunca tuvo la oportunidad de demostrarlo por las circunstancias en las que le tocó vivir.

En su libro “Los once poderes del líder”, Jorge Valdano recuerda cuando César Luis Menotti era su Director Técnico. Antes de un juego ante Alemania varios jugadores del equipo argentino se impresionaron ante la presencia física de sus rivales. Cuando uno de ellos se lo manifestó a Menotti la respuesta fue “¿Fuertes?, No diga bobadas, si a cualquiera de esos rubios lo llevamos a la casa donde usted creció, a los tres días lo sacan en camilla. Fuerte es usted que sobrevivió a toda esa pobreza y juega al fútbol diez mil veces mejor que esos tipos”. Y tenía mucha razón.

Muchas veces hemos sabido de casos de destacados deportistas latinoamericanos que provienen de situaciones económicas bastante limitadas. Barrios como Tepito se convirtieron en fuente abundante de boxeadores probablemente porque para muchos de ellos, llegar a ganar un campeonato mundial era la única oportunidad de tener una mayor capacidad económica de manera lícita.

Lo mismo aplica a técnicos y científicos. Y no solamente en América Latina. Y no solamente en la época actual.

Por ejemplo, desde la época en que se anunció el descubrimiento del aluminio y durante más de un cuarto de siglo, éste era más caro que el oro. En cierta ocasión, un joven de nombre Charles Martin Hall asistió a una conferencia en la que escuchó que la persona que inventara un proceso para la explotación del aluminio a escala industrial no solamente le haría un gran favor a la humanidad sino que además se haría de una gran fortuna.

Animado por esa idea, Hall dedicó algunos años de esfuerzo y logró patentar un proceso para la obtención de este metal. Y efectivamente, el aluminio se abarató y el muchacho se hizo de una fortuna.

Esa motivación es tal vez el elemento que ha faltado para detonar una cascada de inventiva en nuestro país. Porque por ejemplo díganme si no hubo un derroche de talento en la construcción de un túnel que según varias fuentes, alcanzó una longitud de mil quinientos metros para ayudar a escapar a un conocido jefe del narcotráfico del penal en que se encontraba interno. Claro que es una aplicación bastante lastimosa de la pericia. Es como si alguien me dijera que descubrieron que Usain Bolt aprovechaba sus capacidades para arrebatar carteras y escapar corriendo.

Insisto. Talento hay. Para muchas cosas. En todos lados. Así que espero que un día no muy lejano podamos ser testigos de que otro paisano se convierta en ganador del Premio Nobel.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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