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Opinión

Desde mi Teclado

Óscar Rodríguez
Por Óscar Rodríguez - 01 noviembre, 2020
Desde mi  Teclado

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

La semana pasada me referí a la división del día en horas, las horas en minutos y los minutos en segundos. Pero esta segmentación no ha sido siempre de la manera en la que está actualmente.

La parte diurna del día tiene diferente duración a lo largo de las estaciones del año. Hubo un tiempo en que las horas diurnas del verano eran de duración diferente a las del invierno, ya que se definían como la doceava parte del segmento en que hay sol. Y esta diferencia era más notable a medida que el lugar de la medición estuviese más distante del ecuador.

Con las horas nocturnas ocurría exactamente lo mismo pero con el desfase de dos estaciones del año. Una solución para evitar el tener que manejar horas de diferente duración a lo largo del año consistió en establecer veinticuatro horas de duración uniforme.

Ahora bien.

Las horas comenzaban a ser contabilizadas a partir del amanecer. De allí que la Crucifixión haya sido a la hora sexta y que la parábola de los trabajadores de la viña ubicaba a la onceaba hora muy cerca del fin del día. De hecho, la palabra “noon” del idioma inglés proviene de las horas canónicas en las que la novena (o nona) equivalía a lo que ahora son tres de la tarde (que casi siempre es la hora más calurosa del día). Aparentemente en tierras anglosajonas se interpretó como el punto en que el sol está en lo más alto por lo que finalmente el “noon” quedó a mediodía.

El inicio del día (el período completo de la parte diurna más la parte nocturna) se marcaba al momento de la salida del sol, aunque algunos grupos optaron por marcarlo exactamente en el polo opuesto, es decir al inicio de la noche. Así, algunas festividades daban inicio desde la víspera. Algo así como en la actualidad sucede con la nochebuena y la navidad.

Pero si se fija el cambio de día de acuerdo a la salida o la puesta del sol volvemos al problema del desplazamiento a lo largo del año. En cambio, si se establece que el día comience cuando el astro rey se encuentre en su mayor altura aparente, se pueden fijar períodos de veinticuatro horas uniformes. Aquí la desventaja es que la mayor parte de la población se despertará en una fecha y para cuando vaya a dormir estará en una fecha diferente. Algunos trabajadores podrían llegar a abandonar sus labores por motivos religiosos, por ejemplo.

La solución: fijar el inicio del día cuando el sol esté justamente en su punto más bajo. Si una fecha inicia justo a la medianoche, en un día “típico” la mayoría de la población se despierta, trabaja y va a dormir en la misma fecha. Algo que resulta bastante práctico. Ahora sí. Ya tenemos una estandarización del inicio y la duración del día y sus subdivisiones.

Hasta no hace mucho (históricamente hablando) casi nadie requería de demasiada exactitud al momento de medir el tiempo o de establecer una labor específica. Los dispositivos para la medición del tiempo eran de un alcance bastante modesto si los comparamos con la variedad de aparatos de que disponemos ahora.

Desde la antigüedad se utilizaron ingeniosos mecanismos como relojes de sol, de arena, de agua o hasta conjuntos de velas para la medición del tiempo. Por cierto, debido a que toda esta parte de la historia se llevó a cabo en el hemisferio norte del planeta, cuando se construyeron los primeros relojes mecánicos se quedó la usanza de que las manecillas se movieran en el mismo sentido en que lo hace la sombra del estilete del reloj de sol. Este sentido pasó a llamarse “dextrógiro” y el sentido contrario “levógiro” es decir, giro derecho y giro izquierdo respectivamente.

Otra curiosidad de esos primeros relojes reside en que cuando se utilizan números romanos en la carátula, muchas veces el número 4 está marcado como “IIII” en lugar de “IV”. Hay varias versiones que explican esa situación: desde que es por el capricho de un rey hasta que es para mantener el equilibrio visual y por lo tanto su belleza.

Este tipo de relojes tenían la desventaja de que el desgaste de sus piezas internas provocaba que disminuyera su exactitud. Los antiguos relojeros pudieron enfrentar esta situación utilizando materiales más resistentes en algunas partes de los mecanismos, generalmente zafiros o rubíes. Fue así como comenzaron a distinguirse los relojes según la cantidad de joyas que se incluían en sus componentes.

A medida que progresaron las comunicaciones y los transportes durante el siglo XIX, creció la necesidad de contar con relojes más exactos. Con el ferrocarril, una persona ahora podía estar un día en una ciudad y al día siguiente en otra. Ya en la novela de Julio Verne “De la tierra a la luna” (publicada en 1865) se hace mención de horas, minutos y segundos exactos, pero cada ciudad seguía llevando su hora independientemente de las demás.

Fue en 1879 cuando Sandford Fleming aportó una excelente idea: establecer los husos horarios. Dividir el globo terráqueo en 24 gajos que tengan todos la misma hora. Antes de esto, podría haber ocurrido que ciudades como por ejemplo Kansas City y San Luis tuvieran una diferencia de hora de algunos minutos. Ahora, incluso ciudades vecinas (por ejemplo Puerto Vallarta y Nuevo Vallarta) tienen una hora exacta de diferencia.

Me quedan algunas otras cosas que quisiera comentarles, pero eso será la próxima vez.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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