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Opinión

Cambio de actitud

P. Noel Lozano
Por P. Noel Lozano - 19 septiembre, 2021 - 10:25 a.m.
Cambio de actitud

Cambio de actitud

Jesús con su persona, con su enseñanza y su vida ha traído un cambio al mundo del hombre. Constantemente la palabra de Dios nos reta a un cambio de actitud. Vemos en el libro de la Sabiduría como al impío que no entiende ni acepta la vida del justo se le pide implícitamente un cambio de actitud, se le invita a dejar de perseguir, criticar y fastidiar a los que luchan por ser fieles y darse la oportunidad de serntir el auxilio de Dios. Marcos en el Evangelio destaca como los discípulos de Jesús necesitan cambiar de mentalidad ante las enseñanzas sorprendentes de su Maestro, sobretodo darse cuenta que el camino de la grandeza está en el servicio. Santiago propone a los cristianos un programa espiritual que implica un cambio en el estilo de vida que antes llevaban, presenta dos modelos de sabiduría: la que viene de Dios, que genera fraternidad y la que produce dificultades.

Cambiar la actitud. ¿Cuál es la actitud del impío para con el justo? ¿Del pagano o del judío renegado que vivía en Alejandría de Egipto para con el judío fiel a la ley que regula toda su vida? Según el libro de la Sabiduría, el impío piensa que el justo es un fastidio para él, porque es la conciencia crítica de su obrar; en lugar de admirarle e imitarle, como debería, prefiere someterle a prueba; incluso a la prueba de la muerte, saltándose las leyes humanas y divinas, para ver si el Dios en quien confía le protege y le salva. El justo, el fiel, ha de ser admirado y propuesto como modelo digno de imitación. Es verdad que el hombre fiel es un reclamo a la conciencia, pero esto debe ser causa de alegría y de gratitud. ¿Por qué no acudir a Dios con la confianza del justo en lugar de ponerle a prueba incluso con la muerte? Que en estos tiempos de pandemia no caigamos en la mentalidad negativa y fatalista del impío, sino en la mentalidad confiada y sencilla del fiel, del esforzado.

Si cambiar el modo de pensar es difícil, mucho más lo es el cambio de vida. El Bautismo y la Eucaristía reestructuran al hombre por dentro, le infunden un nuevo modo de ser y un principio nuevo de actuación. En ello está la base del cambio de vida, pero este cambio requiere gracia de Dios, trabajo humano, tiempo para asimilar la propuesta que constantemente nos hace la Palabra de Dios y que repercute en el comportamiento humano. Cambiar la vida es la gran tarea del cristiano, llevada a cabo con constancia y entusiasmo.

La cultura en la que vivimos y la mentalidad de nuestro tiempo está hecha al cambio. Se cambia más fácilmente que antes de trabajo, de celular, de coche, de casa, de país... Se cambian también los modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma religión. El cambio está a la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa a formar parte de los retrazados. El cambio, al contrario, es propio de los más jóvenes, que parece que lo llevan en el DNA. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios que son una desgracia: que lo cuenten si no tantos emigrantes, obligados por la necesidad a dejar sus patrias; que lo griten tantos niños obligados a trabajar en condiciones inhumanas o raptados para comerciar con sus órganos. ¡Esos cambios gritan al cielo! El cambio al que la iglesia nos invita es el cambio desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que Dios quiere es el de la injusticia a la justicia, del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado a la gracia y a la santidad.

 Estar cambiando adecuadamente, requiere aprender a trazarnos un proyecto de vida: Qué quieres ser, qué quieres hacer, a qué valores no puedes renunciar, de qué medios servirse. Qué voy a hacer por Dios y por mis hermanos. Qué valores voy a proponer a mis hijos. Por qué valores voy a luchar en mi vida personal, familiar, social. Cuánto tiempo voy a dedicar y a comprometerme dentro de mi comunidad parroquial, diocesana o del movimiento al que pertenezco. Qué iniciativa, pequeña o grande, voy a proponer para fomentar el sentido de Dios, para promover las vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada, para visitar y atender a los enfermos o a los que viven solos en mi barrio, en mi parroquia. No es necesario que sea un programa grande, completo. Haz un pequeño programa para un año. Un programa que te ayude a crecer en tu vida espiritual: dedicar, por ejemplo, un tiempo diario a la oración, o confesarte con más frecuencia y regularidad. Un programa que te mantenga activo en cuatro áreas: tu vida espiritual, tu proyección social, tu formación intelectual y tu crecimiento humano, un programa ayuda a cambiar positivamente y a no estancarnos. El que no cambia se estaciona y muere.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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