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Opinión

El tiempo con Dios

El tiempo con Dios

P. Noel Lozano
Por P. Noel Lozano - 01 junio, 2024 - 05:50 p.m.
El tiempo con Dios

Cada semana tenemos la oportunidad de reunirnos en oración, especialmente en la celebración dominical de la Eucaristía. Desafortunadamente no siempre lo vemos como un beneficio para nuestra vida espiritual, sino como una obligación, que en muchas ocasiones se carga con un sentimiento de culpa y no con una disposición de amor. Leemos en el libro del Deuteronomio, como Dios le pide a su pueblo que santifique el sábado; a los cristianos, en recuerdo de la resurrección de Jesús, se les pide que santifiquen el domingo, día del Señor. Pablo a los Corintios les deja claro que la misión del cristiano es irradiar con la vida la gloria de Dios, que se manifestará en la medida en que nos identifiquemos con la vida de Jesús; esa identificación llega a nuestra vida en la medida en la que fortalecemos nuestra relación con Dios. El Evangelio nos ofrece uno de los consejos, que Jesús nos da, más liberadores para nuestra vida: vivir la caridad y desprendernos de tantas normas que nos imponemos e imponemos a los demás. Se exigía, en tiempos de Jesús, el respeto sagrado del sábado, después de Jesús el domingo para nosotros no será una obligación, sino una oportunidad para proyectar nuestro amor a Dios y a los demás.

El domingo es, desde el punto de vista histórico, la primera fiesta cristiana; más aún, durante bastante tiempo fue la única. Los primeros cristianos comenzaron enseguida a celebrarlo, pues ya habla del domingo la primera carta a los corintios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, la Didaché y el Apocalipsis. Al inicio se le llamaba el día del Señor, el día primero de la semana, el día siguiente al sábado, el día octavo, el día del sol. Hoy ya lo llamamos domingo.

Uno de los retos, que tenemos en la actualidad, es el de devolver al domingo su carácter sagrado, litúrgico. Devolución que implica dos actitudes: retomar nosotros mismos el carácter sagrado propio de ese día; y procurar que los demás también lo comprendan y lo asuman. Devolución porque quizá la pérdida del sentido sagrado del domingo sea una de las señales más claras de esta situación de desacralización o secularismo que caracteriza a nuestra sociedad actual, muchas veces hueca y falta de sentido de trascendencia.

El sábado judío contiene algunos elementos que anuncian lo que será nuestro domingo. El sábado judío era el día del descanso. Dios cesó de toda la tarea que había hecho. Dios bendijo ese día y lo santificó. Es también, más tarde, el día para la reunión sagrada, para presentar ofrendas al Señor. Es, además, día para recordar las maravillas que obró el Señor en Egipto, al realizar la liberación de su pueblo amado. Es un día para imitar a Dios y para santificarse el hombre. Esta fiesta del sábado es para todos, no sólo para quien es judío, sino también para quienes están vinculados con él.

La razón fundamental es que el domingo celebramos la Resurrección de Jesús. Y Jesús resucitó el “primer día de la semana”. Y el primer día de la semana, computado al modo judío, es el que sigue al sábado. La primitiva comunidad cristiana, guiada por el Espíritu Santo y conducida por los apóstoles, ya desde el comienzo de su existencia, después de Pentecostés, comenzó a celebrar este primer día con clara intuición del cambio operado desde el Antiguo Testamento, sombra, profecía, anuncio, al Nuevo Testamento, luz, cumplimiento, realidad.

Ya en año 155, San Justino nos comparte: en su “Apología”: El día que se llama “del sol” se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos; y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los recuerdos de los apóstoles o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a uno y elevamos nuestras preces; y terminadas éstas, se ofrece el pan y el vino...

Ojalá recuperemos el sentido de este día tan hermoso, necesitamos no sólo preocuparnos de la salud física, sino también de la espiritual. Necesitamos no sólo fortalecer en este día los lazos familiares y de amistad, sino también los espirituales con Dios. Necesitamos no sólo tener momentos externos de descanso, sino también momentos y espacios para la oración y reflexión sobre las cosas profundas de la vida. No podemos vivir de lo inmediato y  pasajero, sino que debemos enfocar nuestra vida también a lo trascendente. Hagamos del domingo un momento de encuentro con la Palabra de Dios, pero sobre todo con Dios, que viene a llenar nuestros vacíos, a sanar nuestras heridas, a fortalecer nuestras convicciones, a quitarnos el hambre y la sed con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. Jesús es la respuesta al hambre profunda del corazón del hombre, Jesús en la Eucaristía dominical nos ayuda a disfrutar de la declaración definitiva del amor de Dios con nosotros: su presencia. El domingo no es para darle tiempo a Dios, es para disfrutar del tiempo con Dios.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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