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Opinión

Las Cartas Sobre la Mesa

Por P. Noel Lozano - 09 mayo, 2021
Las Cartas Sobre la Mesa

Dios nos ama inmensamente.

El tema del amor de Dios es el eje de nuestra reflexión semanal. La Sagrada Escritura nos expone constantemente que el amor de Dios no tiene acepción de personas y que la salvación tiene un carácter universal, como bien lo demuestran los hechos sucedidos en la casa del centurión Cornelio. Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos les es ofrecido el perdón de sus pecados, como leemos en los Hechos de los Apóstoles. San Juan hace una afirmación contundente: Dios es amor. Quien no ama no ha conocido a Dios. Por lo tanto, conocer a Dios, escucharle, seguirle, es sinónimo de vivir en el amor, de experimentarlo vivamente y hacerlo propio. El evangelio nos presenta un momento de intimidad entre Jesús y sus apóstoles: ya no los llamo siervos, son mis amigos, permanezcan en mi amor. El amor de Jesús es expresión del amor del Padre. Así como el Padre ha amado a Jesús, así Jesús nos ha amado a nosotros.

El mundo que nos circunda nos hace dudar de la providencia de Dios. Por una parte, estamos acostumbrados a “asegurar” de algún modo el futuro. No nos gusta dejar nada en manos de otro, ni siquiera de Dios. Nos cuesta confiarnos a sus designios amorosos y buscamos alguna confirmación de orden natural. Los grandes avances de la ciencia y de la tecnología han ampliado, casi sin límites, el deseo de dominar la materia y tenerla bajo estricto control. Todo se debe programar y nada puede quedar al arbitrio de alguna fuerza que no sea la del hombre mismo. Esta sed de dominio y poder sobre la materia no deja lugar en la sociedad humana a la providencia divina. Sólo cuando experimentamos el amor de Dios en nuestra vida, sabemos leer con ojos providentes todo lo que nos sucede.

Por otra parte, la presencia del mal es siempre un escándalo ante la providencia de Dios. Si Dios es bueno, ¿cómo es que existe el mal, la enfermedad, la pandemia, las tragedias? Hoy estamos invitados a ver la providencia amorosa de Dios a la luz de la fe. Es decir, estamos invitados a renovar nuestra fe en Jesús muerto y resucitado que vence el pecado, vence el mal y nos muestra el amor del Padre y nos incorpora a su amor: como yo los he amado, así deben amarse los unos a los otros. De frente a la tentación de querer dominar sobre mi propia vida o la vida de los demás, Jesús nos pide un abandono filial en la providencia de del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos. Aquel que nos dio a su Hijo, ¿qué no nos dará si se lo pedimos correctamente? No se trata ciertamente de una actitud ingenua e irresponsable de cara al futuro, no. Se trata de “buscar primero el Reino de Dios” sabiendo que todo lo demás no nos faltará. Se trata de saber que Dios es amor y que, por lo tanto, cuanto viene de Dios es amor, incluso el dolor o la enfermedad, incluso los trabajos y fatigas. 

¡Cuántas veces los caminos ásperos de Dios nos han hecho mucho más bien que los valles tranquilos de la propia rutina! Dios sabe de qué tenemos necesidad. Cuando tengamos duda sobre qué hacer, cómo actuar, qué obra emprender, hagamos esta pregunta: ¿qué es aquello que Dios me pide más insistentemente? No temamos emprender las obras de Dios que no nos faltará su amor y su providencia que nos sostenga y acompañe. Sintamos las palabras de Jesús como una expresión de auténtica amistad: “como el Padre me ama, así los amo yo”. El amor del Padre es el amor fudante del amor, es la medida del auténtico amor. La ley de Dios, los amndamientos están al servicio del amor, nos llevan a proteger el tesoro más hermoso que Dios nos ha dado: la capacidad de amar. En la capacidad de amar encontramos nuestra semejanza a Dios.

Una oración de Søren Kierkegaard dice así: “Oh Dios Tú nos has amado primero. He aquí que nosotros hablamos de ello como un simple hecho histórico, como si una sola vez nos hubieses amado primero. Sin embargo, Tú lo haces siempre. Muchas veces, en cada ocasión, durante toda la vida. Tú nos amas primero. Cuando nos despertamos en la mañana y volvemos a Ti nuestro pensamiento, Tú estás primero. Tú nos has amado primero. Y si mi levanto al alba y en ese mismo instante elevo hacia ti mi alma en adoración, Tú ya me has precedido y me has amado primero. Cuando recojo mi espíritu de una disipación y pienso en Ti, Tú has sido el primero. ¡Y así siempre! Y nosotros, ingratos, hablamos siempre como si sólo una vez Tú nos hubieses amado primero”.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.