LAS CARTAS SOBRE LA MESA

Uno de los principios básicos de la fe cristiana es la “sobreabundancia” de parte de Dios para con el universo y particularmente para con el hombre. Vemos como a Eliseo le son suficientes veinte panes para alimentar a cien hombres. Jesús en el Evangelio sacia el hambre de cinco mil personas con solo cinco panes y dos peces y, además, “recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y de lo que sobró del pescado”. Así será la vida de la iglesia, vemos como Pablo insiste en la unidad de la comunidad cristiana, que es fruto sobreabundante del pan eucarístico que llega a todos los cristianos en cualquier lugar donde se encuentren. Algunas aspectos para nuestra reflexión:

1. El amor es un principio básico del obrar divino. Si repasamos la obra de Dios, la cosa más sorprendente es precisamente el amor y la generosidad divina con la creación, y particularmente con el hombre. Una generosidad y amor que podrían parecer excesivos, si los medimos con criterios humanos. Los conocimientos astronómicos actuales nos permiten admirar mucho más que en tiempos pasados lo maravilloso de Dios con la creación. No menor admiración provocan los estudios sobre el microcosmos de los cuerpos, en especial del cuerpo humano. ¿No es acaso cada célula, cada neurona del hombre un prodigio y derroche de generosidad divina? Por otra parte, el principio que ha regido la acción divina en la creación, ha sido igualmente el principio rector de su actuación histórica. Como nos dice san Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. La historia, con todas y cada una de sus intrincadas vicisitudes, es la historia sí del pecado humano, pero sobre todo es la historia de la sobreabundancia de la gracia divina. Dios fue sobreabundante en su misericordia con el género humano en Noé, con el pueblo de Israel en Abrahán, con la monarquía israelítica en David, con la humanidad entera en Jesucristo redentor. La sobreabundancia del pan es una expresión más del principio que estamos comentando: sobreabundacia del amor de Dios.

2. Los mediadores del amor y de la generosidad divina. El primer punto claro que no se puede olvidar es que la sobreabundancia no proviene del hombre sino de Dios. El hombre es simplemente un mediador. Porque ni en el caso de Eliseo ni en el de Jesús, Dios parte de cero: no crea el pan, sino que lo multiplica. Dios puede partir de dos, de cinco o de veinte (la cantidad no importa mucho a Dios), pero ha querido partir de algo. ¡Es hermoso este querer de Dios! Como es igualmente estupendo que Dios quiera la mediación de los hombres a la hora de distribuir su sobreabundancia. No lo hace directamente. Yahvéh se sirvió de la mediación de Eliseo y éste a su vez de la de un hombre de Baal-Salisá. Jesucristo medió la sobreabundancia de Dios y a su vez los apóstoles mediaron entre Jesús y la multitud. Todo cristiano, pero sobre todo el sacerdote, es mediador de la generosidad de Dios para con los hombres. ¡Maravilla de la gracia! ¡Reclamo a la generosidad y a la responsabilidad! Dios nos reta a ser buenos intermediarios de su amor con los demás.

3. Los destinatarios del amor y la generosidad divina. El amor, la generosidad, la sobreabundancia divina está destinada “a la gente”. Destinada: “a un gran gentío, venido de todos los pueblos”. Dios muestra su sobreabundancia también en el destino de la misma: no unos cuantos privilegiados, sino todos. Absolutamente nadie está excluido del “pan” divino por otros “panes” o por presunción ya que el pan de Jesús (pan de cebada) es el pan de los pobres, de la gente común. Ese pan divino es su Palabra de vida, que vivifica a quien lo recibe; es el pan de la caridad (el cristiano que mediante su caridad se convierte en pan para los demás) que satisface las necesidades vitales elementales de todo ser humano, es sobre todo el pan de la eucaristía, prefigurada en la multiplicación de los panes como nos enseña el catecismo. La sobreabundancia divina es el supremo igualador del hombre; suprime toda diferencia, porque no hay nadie que no esté necesitado de la generosidad de Dios. No olvidemos, como escribe Mahatma Gandhi: “El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el mundo”, que mejor que seguir el ejemplo de arrojo de Dios por nosotros para entregarnos así a nuestros compromisos sagrados y humanos.

4. El pan que nos une. Sociológicamente hablando, el pan es un factor de igualdad y de unión. Hay una gran variedad de pan, y cada país tiene sus formas propias de hacerlo, pero es pan para todos y lo es por igual. En la mesa del rico o del pobre, en la de un tunecino o en la de un colombiano, en la de un banquero o en la de un pastor hay pan; ese pan que es fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Pero en nuestro mundo actual, ¿no hay mesas, no hay manos sin pan? No debería haberlas, porque la sobreabundancia de pan es grande. Sin embargo, las hay. ¿Quién de nosotros no tiene en su recuerdo esos ojos grandes, como dos hogazas, de niños hambrientos que imploran clemencia, que suspiran por un pedazo de pan? ¿Será posible que el pan que nos une se convierta en el pan que nos separa? El pan que nos une es sobre todo el pan eucarístico: el Cuerpo de Cristo. Ese pan maravilloso que evidencia en la historia la sobreabundancia del amor de Cristo hacia los que creen en Él. Ese pan se nos ofrece a todos los creyentes, día a día, semana tras semana, en la misma mesa: el altar del sacrificio redentor. Y podemos preguntarnos: ¿por qué los hombres, tan hambrientos de lo espiritual, no se acercan con más frecuencia a ese “Pan divino”, que los puede saciar? Es increíble como se pierden un gran regalo, se pierden un encuentro con la raíz y el principio del amor: el encuentro con Dios.

5. Memoria y esperanza. La sobreabundancia del pan es “memoria” de los prodigios realizados por Dios con los israelitas durante los cuarenta años de peregrinación por el desierto en que les dio a comer el maná, “pan de ángeles”. Es necesario recordar, para agradecer, para estar seguros que Dios sigue obrando prodigios también entre nosotros, dándonos el pan de su palabra y de su eucaristía. Pero además de recordar hay que esperar. Esperar que Dios lleve a cabo maravillas aún mejores. Después del éxodo de Egipto Moisés inaugura la pascua judía, Jesús inaugura la pascua cristiana, prefigurada en la multiplicación de los panes. El monte Sinaí es reemplazado por el monte al que Jesús se retira a orar. A los israelitas el mar les abrió un camino para que lo atravesaran, Jesús camina en la noche sobre la obscuridad para darnos su luz.

En cada milagro, Jesús pedía la manifestación de la fe en algún acto concreto por parte de quien esperaba el milagro. Así nos pide el Señor hoy a nosotros, nos pide fe y nos pide amor. Fe para creer que Él puede multiplicar lo poco que tengamos, y amor para estar abiertos a los demás, para compartir con todos los hombres de lo que Dios nos ha dado. Aceptemos el reto de Jesús de amar y entregarnos a los demás. Escribe Paulo Coelho: “Amor es solo una palabra, hasta que alguien llega para darle sentido”, y es que no puede ser de otra manera, el auténtico amor sólo adquiere y le damos sentido cuando dejamos algo de nosotros en el que nos necesita.

Santa  María  Inmaculada, de la Dulce Espera,  Ruega  por nosotros.

P NOEL LOZANO: Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey  www.padrenoel.com;  www.facebook.com/padrelozano;  padrenoel@padrenoel.com.mx;  @pnoellozano