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Opinión

Los valores y la madurez

P. Noel Lozano
Por P. Noel Lozano - 06 febrero, 2022 - 11:46 a.m.
Los valores y la madurez

Los valores y la madurez 

No quisiera decir que en estos tiempos están en crisis los valores y la madurez. Pero ciertamente, es un reto encontrar personas con valores y maduras. La madurez humana y la madurez espiritual van de la mano. Tenemos un excelente ejemplo: Jesús, quien logra alcanzar dicha madurez teniendo una jerarquía clara de los mismos valores. La persona madura va guiando y dirigiendo su conducta por la recta razón y por criterios de fe. Su razón y su voluntad están orientados hacia el bien, sabe relacionarse con los demás en modo altruista y generoso. La persona madura es dueña de sí misma, con un proyecto claro de vida, al que se enfoca y entrega con decisión. Sabe descubrir y vivir en plenitud su propia misión, su propia vocación.

La madurez humana proyecta a cualquier persona a un grado bastante aceptable de su realización personal. Una persona tiene un buen grado de madurez cuando sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo, cuando le da a su vida un sentido trascendente, cuando es capaz de proyectarse más allá del día a día y descubre su vida como una mission apasionante. Una persona madura persigue ideales verdaderos y se esfuerza por alcanzarlos sin vacilaciones, tiene principios claros, seguros y firmes. Una persona madura es coherente y fiel a sus propias convicciones, usa su libertad en modo responsable. Una persona madura es reflexiva, sólida en su espiritualidad y sabiduría. Una persona madura vive identificada plenamente con su misión en la vida y asume libremente sus responsabilidades y obligaciones.

Una persona madura se reconoce por la armonía psicológica que reina en sus facultades. La madurez humana se refleja en la integridad que cualquiera posee en persona. La madurez es fruto de un trabajo arduo, que como resultado tiene la armonía de los diversos aspectos que componen su personalidad, del equilibrio y control que tiene una persona sobre sí mismo. Madurez por la sencillez con que se entrga cualquier persona a los demás y por su coherencia de vida. Las personas maduras han sabido encauzar todas las fuerzas de su ser hacia un ideal superior. Son personas ardientemente apasionadas, que han sabido poner toda su riqueza emotiva y afectiva al servicio del bien y de la verdad, y ejercen al máximo su capacidad de libre albedrío. El hombre maduro es una persona que desprende paz, serenidad, energía, plenitud, gozo y entusiasmo por la vida, el bien y la verdad. Una persona así ha construido su vida sobre roca. Es claro, sin embargo, que la madurez no es sinónimo de total perfección, lo cual es imposible en esta tierra. El hombre maduro no carece de límites, pero los acepta, procurando siempre superarlos en la medida de sus posibilidades, buscando vivir en el grado más alto de armonía personal.

El cristiano maduro es aquel que, sobre la base de los valores humanos, vive los valores evangélicos. San Pablo en la carta a los efesios llama a este tipo de hombre, regenerado por la gracia de Cristo, el hombre nuevo. Este hombre, que nace de nuevo en el Espíritu Santo es plenamente maduro porque vive según Cristo, el hombre perfecto, revistiéndose de Él en su ser y en sus obras, de tal modo que puede repetir con san Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. El hombre nuevo vive de la fe y de la esperanza; goza de la libertad gloriosa de los hijos de Dios, se nutre de la verdad del Evangelio, y tiene por máxima ley la caridad. El cristiano maduro es el que sigue a Cristo por el sendero de la cruz para llegar, junto con Él, a la gloria de la resurrección. La madurez cristiana tampoco está exenta totalmente del pecado y de la imperfección, pero el cristiano maduro, lejos de hacer un pacto con el mal que todavía puede dominar en él, procura vivir en actitud de vigilancia y de combate espiritual, aprovechando con humildad sus faltas para confiar más en Dios y en la acción de la gracia en su alma.

En contraposición al hombre maduro se encuentra el hombre superficial, que carece de principios, que simplemente vive al día, sin un proyecto de vida y sin ideal, que no sabe ni por qué ni para qué vive. La norma de su actuar no es la convicción, sino la conveniencia, el placer del momento o la emoción más fuerte. Este tipo de hombre se guía por un pensamiento débil, donde todo es verdad y mentira al mismo tiempo, todo es relativo. Nada hay absoluto: ni normas morales, ni principios, ni convicciones. Todo le es permitido con tal que satisfaga a sus tendencias. Es un hombre dominado por la búsqueda constante de nuevas sensaciones, del placer y del sexo a toda costa, por la fuga de la realidad y del compromiso moral y espiritual; pero vacío por dentro, sin valores sólidos, sin sentido en la vida. Es un ser amorfo, que vive de flor en flor: ha construido su vida sobre arena movediza.

El cristiano inmaduro es quien vive en la inconsciencia o en la indiferencia el precioso tesoro de su fe y todas las riquezas que se derivan de su ser cristiano. Muchos son por desgracia los cristianos que lo son sólo de nombre, por el hecho de haber sido un día bautizados, pero que no han profundizado en las riquezas inmensas de lo que ello implica para su vida y que viven en la miseria espiritual cuando tendrían todas las posibilidades para ser inmensamente ricos gracias a la acción santificante del Espíritu Santo y a su inserción en la vida de Cristo y de su Iglesia.

Esta pandemia nos está brindando la oportunidad de proponernos en nuestra vida ser personas equilibradas y armónicas, símbolo de madurez; busca alejarte de lo que tenga sabor a excesos y derroche, resultado de inmadurez y superficialidad en el corazón. Hay que estar todos los días en pie de lucha por conquistar la madurez humana y cristina, contamos con la motivación y el sentido que le demos a las cosas, y sobretodo con la gracia de Dios que nos rescata de los errores, pecados y equivocaciones que cometemos.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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