Don Toño: la historia detrás de los emblemáticos elotes de la feria
Una tradición que trasciende generaciones y sabores en San Buenaventura

Resumen
¿Por qué esto es relevante?
¿Preguntas y respuestas?
Cuando la Feria de San Buenaventura abre sus puertas cada verano, miles de personas llegan atraídas por los juegos mecánicos, la música y el ambiente festivo. Sin embargo, para muchos visitantes, hay una parada obligada que permanece intacta desde hace décadas: los elotes de Don Toño.
Detrás de ese negocio no sólo hay maíz cocido, queso y chile. Hay una historia que comenzó hace más de 70 años y que ha pasado de generación en generación, convirtiéndose en una de las tradiciones más longevas y queridas de la feria.
La historia de Don Toño
José Antonio Cedillo Mendoza, de 76 años, empezó a trabajar cuando apenas tenía nueve. Su primer oficio no fue vender, sino ayudar a su padre, Marcelino Cedillo, quien ya recorría la región comercializando elotes. En aquellos años, el maíz llegaba desde Monterrey en tren. José Antonio viajaba para traer la mercancía que después venderían en San Buenaventura, mucho antes de que existieran las facilidades de transporte actuales.
Con el paso del tiempo, el pequeño ayudante se convirtió en comerciante. Hoy, más de seis décadas después, continúa trabajando. Aunque por su edad ya no instala el puesto en la feria, sigue recorriendo escuelas entre semana y cada fin de semana vende en el centro de San Buenaventura. "Trabaja más que nosotros", dice entre sonrisas su hijo, Edgar Cedillo Vázquez, quien desde hace 23 años tomó el relevo familiar.

Un legado que nunca dejó de cocinarse
Edgar recuerda que, cuando era niño, su tarea consistía únicamente en pelar elotes después de salir de la escuela. Mientras su padre preparaba el producto y atendía a los clientes, él y sus hermanos aprendían que el negocio era una responsabilidad compartida. Con el tiempo trabajó en otros empleos, incluso en una empresa, pero terminó regresando al oficio que aprendió desde pequeño. "No duré. Siempre terminaba ayudándole a mi papá", recuerda.
Hoy comparte el negocio con su hermano Julio César Cedillo Vázquez y sus esposas, María Isabel Gómez y Laura Carmina Borrego. La familia completa participa en cada etapa del proceso: desde conseguir la leña hasta cocer el maíz y atender a los clientes. "No tenemos trabajadores. Todo lo hacemos nosotros", explica Edgar. Considera que esa ha sido la clave para conservar la calidad durante tantos años. "Nunca quisimos crecer demasiado porque luego baja la calidad. Preferimos seguir siendo nosotros."

Más que clientes, generaciones
Durante la Feria de San Buenaventura no sólo llegan clientes; también llegan personas preguntando por Don Toño. Muchos crecieron comprándole un elote cuando salían de la escuela o recorrían la feria con sus padres. Hoy regresan con sus propios hijos y, al no verlo detrás del puesto, la primera pregunta siempre es la misma: —"¿Y Don Toño?" "Creen que ya no está con nosotros, pero sigue trabajando. Es muy querido."
Algunos fueron niños cuando compraban un elote al salir de clases. Hoy regresan acompañados por sus propios hijos o nietos. Sin proponérselo, la familia Cedillo ha visto desfilar varias generaciones frente a su puesto. Los clientes crecieron al mismo ritmo que el negocio.
La cultura del trabajo
José Antonio nunca dejó de trabajar. Incluso ahora, cuando las vacaciones escolares le dan un respiro, ocupa el tiempo recolectando la leña que utilizarán para cocer los elotes. Sus hijos han intentado convencerlo de descansar. Él responde trabajando. "No sabe estar sin hacer nada", cuenta Edgar. La disciplina terminó convirtiéndose en la principal herencia familiar. Ni Edgar ni su hermano consumen alcohol y atribuyen esa forma de vida al ejemplo de su padre, quien dejó atrás ese hábito hace muchos años para dedicarse por completo al trabajo y a su familia. "Lo que aprendimos fue a trabajar."

Una tradición que también cuenta la historia de la feria
La Feria de San Buenaventura ha cambiado con los años. Han llegado nuevos espectáculos, más comercios y distintos atractivos. Sin embargo, algunos elementos permanecen como símbolos que sobreviven al paso del tiempo. Entre ellos está el puesto de elotes de los Cedillo. A la receta original sólo le han agregado algunas variantes, como los doritos con elote y queso, adaptándose a los nuevos gustos sin perder la esencia. En una época donde muchos negocios familiares desaparecen con el relevo generacional, los Cedillo representan la excepción. Tres generaciones han encontrado en un elote mucho más que un sustento económico. Han conservado una tradición que forma parte de la memoria colectiva de San Buenaventura. Porque mientras existan familias que regresen cada feria preguntando por "Don Toño", ese puesto seguirá siendo mucho más que un negocio. Será un punto de encuentro entre el pasado y el presente de una comunidad que también se reconoce por los sabores que nunca cambian.




