No, mi niño no", repetía Victoria una y otra vez, aferrada al pequeño ataúd de Dominic, su hijo de apenas 9 años, como si en ese abrazo pudiera retenerlo un poco más.
El menor perdió la vida tras ser atropellado la noche del domingo en la avenida Las Torres, a la altura de la colonia Tierra y Libertad.
A su lado, el padre la sostenía entre sus brazos, intentando darle fuerza mientras él mismo se desmoronaba por dentro. Con la mirada perdida y el llanto contenido, permanecía de pie, compartiendo un dolor que no encontraba palabras.
Entre ambos se sostenían, cargando no solo con la ausencia de su hijo, sino con un peso más profundo: la culpa silenciosa de no haber podido protegerlo.
Minutos antes, ese mismo dolor había estallado en forma de enojo. Dentro de la funeraria San Gabriel, ubicada a un costado del bulevar San José, la pareja cruzó reproches, palabras duras nacidas de la desesperación y la impotencia. Pero la tragedia terminó por imponerse.
Frente al ataúd de su hijo, cualquier diferencia se volvió insignificante. El dolor los volvió a unir, como si solo juntos pudieran sostener una pérdida tan grande.
En la capilla, el ambiente era de profunda consternación. Vecinos, amigos y conocidos acompañaban en silencio, algunos con la mirada baja, otros con lágrimas discretas, todos golpeados por la muerte de un niño que dejó una huella en su entorno.
Victoria no dejaba de llorar. A ratos cubría su rostro con una prenda negra, intentando contener un dolor incontenible. Su pareja la abrazaba, trataba de sostenerla, pero había momentos en que el sufrimiento la vencía: su cuerpo flaqueaba, perdía el equilibrio y sus gritos, desgarradores, rompían el aire, estremeciendo a todos los presentes.
El adiós a Dominic no solo deja una familia rota. Deja una escena marcada por el amor que no alcanzó a protegerlo, por la culpa que persiste y por un vacío que, para quienes lo amaron, difícilmente podrá llenarse.
