MELCHOR MÚZQUIZ, COAH.- "Solo le pido a mi Dios que me permita volver a ver a mi familia", expresa con voz pausada doña Nicolasa, una mujer de edad avanzada que desde hace un año reside en el asilo de ancianos "San Judas Tadeo".
Sentada en el portal del lugar que ahora es como su casa, expresa que ya ni siquiera recuerda con claridad cómo llegó al lugar, aunque reconoce que ha encontrado en ese espacio un refugio de paz y cariño.
Nicolasa relata que, a pesar de las circunstancias, ha hallado en el asilo amor, bienestar y un apoyo sincero que le han ayudado a sobrellevar la pérdida de sus seres queridos.
"Hace algunos años perdí a mi esposo, y luego a mi hijo, quien falleció tras una operación a corazón abierto en Monterrey", recuerda con nostalgia.
Su historia se remonta a los días en que trabajaba en la Mina La Sabina, en la sierra Santa Rosa. Fue ahí donde conoció a un matrimonio al que ofreció su ayuda para cuidar a sus tres hijas.
"Les di techo, cobijo y hasta estudio", comenta con orgullo, aunque su voz se quiebra al añadir que, pese a todo, esas mismas personas fueron quienes la llevaron al asilo por lo que le han contado.
Consciente de que sus problemas de salud le impiden valerse por sí misma, Nicolasa trata de comprender las razones detrás de su situación actual.
"Tal vez por eso me trajeron aquí", reflexiona. Sin embargo, admite que durante los primeros tres meses no podía dormir, atormentada por la idea de haber sido olvidada por quienes más amaba.
Aun así, su fe permanece intacta. "Hoy solo le pido a Dios fortaleza para seguir viviendo y que aquí me sigan viendo como hasta ahora, con amor", concluye con una sonrisa serena.
Su historia, como la de muchos adultos mayores, es un llamado a la empatía, al reconocimiento y al valor de quienes han entregado su vida al cuidado de los demás.