CARACAS, Venezuela .- "No pudieron robarnos la Navidad como no pudieron robarnos la patria. Ellos (la oposición) querían una guerra en Navidad. Son malvados, perversos".
Nicolás Maduro cantó esta semana victoria revolucionaria en una larga edición especial de su programa favorito, "La hora de la salsa", que él mismo conduce, tras felicitar a sus compatriotas, animándoles a comer hallacas y a prender la luz, "que es diciembre".
Pues ni una cosa ni otra: las hallacas, el plato navideño más tradicional, es un producto casi inalcanzable para el bolsillo de los venezolanos, pulverizado por la inflación más alta del planeta, y las luces están apagadas en las peores fiestas de varias décadas, pese a que el país dispone desde hace tres años de un viceministerio para la Suprema Felicidad Social.
"Es una burla. El Presidente pasándola chévere y yo trabajando en la noche de Navidad cuando ni una hallaca hemos comido en mi familia, ni siquiera mis hijos han hecho estreno (es tradicional un juego nuevo de ropa el día 24 de diciembre) este año", se queja Enrique H, de 38 años, chofer de Guarenas (extrarradio de Caracas), en cuya terminal de autobuses se han sucedido varios paros provocados para subir los precios del transporte, que el Gobierno intenta mantener artificialmente.
Los venezolanos no tienen ningún motivo para celebrar. Ni siquiera han llegado los billetes nuevos, pese a que han transcurrido 12 días desde que Maduro prometiera que estarían en las calles.
"Es la peor Navidad de mi vida", lamenta María Fernanda Rodríguez, ingeniera química de 30 años, quien acaba de subir a sus redes sociales la fotografía de un gigantesco árbol de Navidad en un conocido centro comercial en Anzoátegui.
"No hubo casi cohetes en las calles y el ambiente estuvo muy triste. La gente compraba lo más barato en las licorerías, yo incluso guardé una botella de vino para el 31. En mi familia solo estrenaron los niños y yo me puse un vestido que no me quedaba desde hace 10 años", confiesa la joven, que en el último año ha perdido siete kilos por obra y desgracia de la llamada "dieta Maduro".
La inflación descabellada (en torno al 750 por ciento, según el FMI) ha apagado colores y mitigado alegrías en un país al que siempre le ha gustado celebrar la Navidad con exageración.
"Hambre, tristeza y crimen son las tres palabras que resumen el perfil de la Navidad venezolana", sintetiza Jesús Torrealba, secretario ejecutivo de la Unidad Democrática, en una misiva enviada al Vaticano.
"Y a estas alturas todavía no hemos comido una hallaca en casa, cuando mi mujer hace dos años hizo 50. El año pasado ya bajó a 20", reclama William Rojas, vendedor de 38 años que vive a unos pocos metros del Palacio de Miraflores.
El problema de la hallaca, similar al tamal, es que la harina de maíz escasea de forma preocupante en las últimas semanas tras un año en la que ha aparecido y desaparecido de los anaqueles, en una especie de ruleta rusa alimenticia.
Las carnes, el otro componente fundamental, también han multiplicado sus precios en diciembre, casi un 200 por ciento.
Pero aún más difícil es mojarse la garganta con los tradicionales ponches (360 bolívares en 2014, mil 800 en 2015 y más de 10 mil este año) y el whisky (2 mil 990 en 2014, 24 mil el año pasado y entre 40 mil y 60 mil hoy), que nunca faltaban en la mesa del venezolano, que siempre se ha vanagloriado de ser uno de sus principales consumidores de escocés del planeta.