Mientras México presume elecciones libres y democráticas, una pregunta incómoda vuelve a aparecer desde Sinaloa: ¿qué pasa cuando la violencia se mete a las urnas y nadie paga las consecuencias?
Cinco años después de la elección de 2021, el tema volvió a incendiar el debate político. El motivo: salieron nuevamente a la luz denuncias presentadas por el Instituto Nacional Electoral (INE) y el PRI sobre hechos violentos durante aquella jornada electoral en Sinaloa, denuncias que —según reportes— terminaron atrapadas en el limbo judicial, sin resultados claros ni responsables castigados.
Las denuncias del INE sobre violencia electoral en Sinaloa han quedado sin respuesta.
La revelación llega en un momento explosivo. Sinaloa atraviesa una nueva tormenta política después de que se reactivaran investigaciones sobre presunta influencia del crimen organizado en los comicios que llevaron al poder al entonces candidato de Morena, Rubén Rocha Moya.
El silencio institucional: denuncias hubo... justicia no
Durante la elección de 2021, el entonces presidente del INE, Lorenzo Córdova, habría reportado incidentes violentos ante la Fiscalía General de la República. El PRI también denunció intimidaciones, amenazas y hechos que, según sus dirigentes, alteraron el ambiente electoral. Pero la gran pregunta es brutalmente simple:
¿Qué pasó con esas denuncias?
La respuesta parece ser: poco o nada.
Y ahí comienza la polémica.
Porque si hubo violencia suficiente para ameritar denuncias oficiales del árbitro electoral, ¿por qué no existen resoluciones contundentes? ¿Cómo puede sostenerse la legitimidad de una elección cuando el propio sistema reconoce episodios de intimidación, pero después el expediente parece congelarse?
Investigaciones recientes apuntan a la influencia del crimen organizado en la política local.
La sospecha que nadie quiere tocar
Lo que antes parecía teoría de oposición ahora vuelve al centro del debate político: la posibilidad de que el crimen organizado haya influido en elecciones locales.
Incluso medios internacionales han retomado investigaciones y acusaciones que apuntan a presuntos nexos entre estructuras criminales y actores políticos en Sinaloa. En semanas recientes, autoridades estadounidenses señalaron presuntos apoyos del crimen organizado durante la elección de 2021, acusaciones que han sido rechazadas por el gobierno mexicano y por los señalados.
Pero el daño ya está hecho: la narrativa de una "narcoelección" volvió a instalarse.
Y aquí aparece el verdadero problema para las instituciones mexicanas: si las denuncias del INE existían desde hace años, ¿por qué el caso parece moverse solo cuando estalla un escándalo político internacional?
La falta de justicia en casos de violencia electoral erosiona la confianza en las instituciones.
La democracia bajo sospecha
La polémica no es únicamente sobre un gobernador o un partido.
Es mucho más grave.
Se trata de una pregunta que incomoda a todos los colores políticos:
¿Puede llamarse democrática una elección realizada bajo miedo, amenazas o presencia criminal?
Porque si los ciudadanos votan condicionados por violencia, si candidatos denuncian intimidación y si el árbitro electoral prende focos rojos sin consecuencias posteriores, entonces la democracia mexicana enfrenta un problema más profundo que una simple disputa partidista.
No es un asunto del PRI contra Morena.
Es un asunto de confianza pública.
Y esa confianza se está desgastando peligrosamente.
El dato incómodo
Lo más inquietante del caso no es que existieran denuncias.
Lo verdaderamente alarmante es que, después de tantos años, la percepción social sigue siendo que nadie investigó lo suficiente y nadie rindió cuentas.
En política, los vacíos suelen llenarse con sospechas.
Y cuando las instituciones callan, los rumores terminan gobernando la conversación pública.