Contactanos

Opinión

En el Club Silvestre

autor
Por - 20 abril, 2022 - 00:14 a.m.
En el Club Silvestre

En el Club Silvestre le prohibieron al general Popo usar la alberca. “¿Por qué?” -se atufó el mílite. “Porque se hace usted pipí en ella”. Adujo el general: “Todo mundo se hace pipí en la alberca”. Le contestaron: “Sí, pero no desde el trampolín”. A mí me gustan mucho las hipérboles. Su nombre mismo es hiperbólico. En mi desértico norte las muchachas usan vestidos de colores chillantes para que los muchachos las vean, y los hombres usan hipérboles para hacerse entender. A don Teófilo Martínez le preguntaban acerca de la sequía en sus tierras. “Cómo estará la seca -respondía-, que tengo un chiquillo en el estanque espantando a las golondrinas pa’ que no se acaben el agua”. 

Y es que en su vuelo pasan rozándola y se llevan en el pico una gotita. Don Simón Arocha contaba que hacía tanto calor en su rancho, llamado “Piedras de lumbre”, que las lagartijas, a fin de refrescarse, iban a la carretera y se metían en los mofles de los camiones que pasaban. Una vez le dije a don Abundio: “Está lloviendo en Arteaga, en Saltillo, en Monterrey y en la Villa de Santiago”. “Carajo -comentó-. Pos está lloviendo en todo el mundo”. Si hubieras visto hace años en el Potrero de Ábrego la labor que nombran “El temporalito” te habrías sentido desolado. Era un páramo. 

Nadie sembraba nada ahí pues no había agua, ni manera de hacerla llegar. Estaba en alto. Todos me lo decían: sembrar o plantar algo en esa labor era plantar o sembrar algo en el desierto. Y ni caso tenía hacer un pozo: si cometía yo la pendejada de hacer uno, lo único que sacaría sería lumbre del infierno. Otra hipérbole. Siempre he tenido la desgracia -o la fortuna- de no hacer caso de los consejos que me dan. Llevé al Temporalito a mi amigo Sergio García, quien para encontrar agua no usa varas, ni péndulos, ni aparatos electromagnéticos. 

No usa nada. Dice que siente el agua en los pies, y se sorprende de que los demás no la sintamos. “¡Pero si está hablando!”. Caminó por la labor, y se detuvo a poco. “En este punto hay agua -me dijo-. Es poca; sacarás cuando mucho una pulgada, pero será agua buena y permanente. Y está a menos de 100 metros de profundidad”. Le pedí a Poncho Garza, otro muy buen amigo, perforista, que hiciera ahí un pozo. Y el milagro se produjo: a los 70 metros salió el agua, clara, dulce, fresca, suave como una caricia de muchacha. ¿Cuánto tiempo hace de eso? No lo sé decir: las fechas se me van como agua. 

Pero si vas ahora al Temporalito verás un pequeño bosque de pinos piñoneros. No los planté para mí, pero mis nietos comerán los piñones, dulcísimos y de color apiñonado, que darán esos árboles, altos, hermosos y gallardos, orgullo de don Abundio, el viejo cuidador del rancho. El otro día un visitante vio los pinos y exclamó emocionado: “¡Caray, lo que hace Dios!”. Le dijo don Abundio: “Hubiera visto usted, señor, cómo estaba esto antes de que llegáramos nosotros a echarle una manita a Dios”. Otra hipérbole. Ahora bien: ¿a qué todo esto?  Viene a cuento porque muchas ciudades mexicanas sufren ahora escasez de agua. 

Quizá el alivio a su problema no sea tan sencillo como buscarla en el subsuelo, y posiblemente eso traería consigo otros problemas, pero abajo de nuestros pies corren ríos, y vale la pena buscarlos antes de pensar en traerlos de otras partes, entubados, desde cientos o miles de kilómetros y a un costo estratosférico. A veces la solución a lo más complicado está en lo más sencillo. Dos meses ya tenía fuera de casa don Mercuriano, gerente de compras de una empresa. Le puso un mensaje a su mujer: “Tardaré unos días más. Estoy acabando de comprar”. Le contestó la señora: “Ya no tardes. Yo estoy empezando a vender”. 

FIN.

Artículo Relacionados