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Opinión

Rojo, rojísimo, es el cuento que hoy descorre el telón de esta columna

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Por - 06 mayo, 2022 - 00:10 a.m.
Rojo, rojísimo, es el cuento que hoy descorre el telón de esta columna

Rojo, rojísimo, es el cuento que hoy descorre el telón de esta columna. Las personas con repulgos de pudicia harían bien en no posar en él los ojos. Antes de relatarlo, sin embargo, mencionaré un vocablo que ya no se usa en este tiempo en que cada vez menos vocablos se usan. Es la palabra “suato”, que en el pasado se empleaba con frecuencia para tildar a alguien de tonto, de pendejo, para decirlo con claridad mayor, Dicho eso, he aquí el salaz relato que anuncié. Eglogia, zagala campesina en edad ya de merecer, tenía inocencia de niña. 

Así su avieso novio, Lubrio, pudo decirle que entre todos los hombres del rancho sólo él tenía cierta parte con la cual obtuvo goce a costa de la ignorancia de la ingenua joven. Pero las mentiras no duran. Un día Eglogia le reclamó a su engañoso galán: “Me dijiste que nada más tú tienes esa parte, y anoche supe que también la tiene mi primo Pitocho”. Tomado por sorpresa, Lubrio inventó otra mentira: “Lo que sucede es que yo tenía dos, y le regalé una a tu primo”. “Pues eres suato -le dijo Eglogia-. Le regalaste la mejor”. Nada hay tan veleidoso como la política. En todos los asuntos humanos la fortuna es tornadiza, pero en las cosas que tienen relación con el poder sólo hay un paso de la ventura a la desgracia, o viceversa. Reza un proverbio popular: “Para el amor y para la muerte no hay caja fuerte”. Quiere decir que en esos dos asuntos humanos, el de amar y el de morir, no hay nada seguro. 

La persona que alguna vez te amó ahora te odia, y es verdadera la ominosa frase que se leía  en la carátula de los relojes de algunas iglesias medievales: “Ultima forsan”. La hora que estás viendo es quizá la última que vivirás. Extraño asesino serial fue uno que vivió -y mató- en tiempos de la colonia mexicana. Se acercaba a su víctima en la calle y le preguntaba: “Perdonad, caballero. ¿Qué hora es?”. Consultaba su reloj el otro y respondía, por ejemplo: “Las 12 de la noche”. Entonces el asesino le asestaba una puñalada en el corazón al tiempo que le decía: “Feliz tú que conoces la hora de tu muerte”. Pero advierto que estoy divagando, según costumbre inveterada mía, que conozco todas las veredas de los cerros de Úbeda. 

A lo que voy es a decir que la señora Sheinbaum no puede dar por seguro que será la heredera de AMLO. Los últimos sucesos relacionados con la tragedia de la línea 12; los resultados del peritaje ordenado por ella misma y que a final de cuentas no le favoreció; las reclamaciones de los familiares de las víctimas; todo eso ha afectado su imagen y su credibilidad en modo que de seguro alegra a las otras dos “corcholatas” en manos -y dedo- de López Obrador. Olvidemos el repetido adagio de política según el cual el pueblo de México no tiene memoria. Sí la tiene. A mí me escriben lectores memoriosos para decirme que el chiste que conté ayer ya lo había contado el 23 de octubre de 1980. Dios no les tome en cuenta el día del Juicio esa infame capacidad de recordar

Decía Verdaguer, gran comediante, que la mejor fortuna de un humorista consiste en tener buena memoria y esperar que los demás no la tengan. Pero otra vez ando en los cerros que antes dije. Hoy por hoy la señora Sheinbaum es señalada por la opinión pública, con razón o sin ella, como la persona más directamente relacionada con la caída de aquellos dos vagones. Eso no le quitará la condición de corcholata de AMLO, pero ya desde ahora esa corcholata tiene una severa raspadura. Las muchachas casaderas que piensan que el camino al corazón de un hombre pasa por su estómago tienen un pensamiento demasiado elevado. 

FIN.  

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