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Opinión

Jesús y los valores

P. Noel Lozano
Por P. Noel Lozano - 27 febrero, 2022 - 10:29 a.m.
Jesús y los valores

Jesús y los valores

Constatamos fácilmente que los valores han sido dignificados, elevados y transformados por Jesús, a un nivel mucho más hermoso que el meramente humano. Con la llegada de Jesús los valores humanos se insertan, elevándose y transformándose, en el orden de la redención. El cristianismo no suprime ni menosprecia los valores humanos, sino que les da un nuevo sentido, una nueva orientación, un nuevo espíritu, una nueva inspiración. Vemos con Jesús un nuevo resurgimiento de los valores, una renovación de los mismos, lo vemos en la larga exposición de los mismos en el evangelio. El mejor resumen lo encontramos en las bienaventuranzas que nos presentan una radiografía de lo que debería ser el corazón del hombre evangélico, del hombre cristiano: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón, la búsqueda de la paz y de la justicia, la paciencia de frente a la adversidad y persecución.

Junto a las bienaventuranzas, los Evangelios subrayan también la importancia de algunas actitudes que Jesús exige de sus discípulos: la fe, la confianza absoluta en la Providencia, la humildad, la sencillez, la capacidad de llevar la propia cruz, la abnegación, el perdón de los enemigos y, sobre todo, el amor mutuo que es el distintivo que caracterizará a quienes quieran seguirle y que Jesús propone en forma de un “mandamiento nuevo” que sustituye a la multiplicidad de mandamientos de la antigua ley, terminando en este que es el que polariza e ilumina todos los valores de la existencia humana.

La venida de Jesús al mundo ha revolucionado los hilos de nuestra historia y de la historia de todos los hombres, un cambio importante que jamás se había podido pensar: un cambio pacífico del Evangelio que cambia al hombre desde dentro, purificándolo del pecado y abriendo su alma a la acción transformante del amor y de la gracia. Jesús no solamente ha sanado al hombre de la herida del pecado original, sino que ha elevado todo lo humano a un nivel superior. Por eso podemos decir con verdad, siguiendo la gran tradición cristiana, que la gracia no suprime, sino que perfecciona y lleva a su plenitud a la naturaleza.

Para entender y apreciar los valores cristianos, hay que apreciarlos y verlos reflejados en la persona misma de Jesús. La contemplación de su personalidad es fuente constante de inspiración y moticación en nuestra vida. El Evangelio nos presenta a Jesús en un acto de continua donación de sí mismo al Padre y a los hombres. Jesús vive en actitud de servicio. Lo que le preocupa por encima de todo es realizar siempre el querer supremo del Padre, agradarle en todo. Y por ello no le perturba ni inquieta la opinión de los hombres.

El vivir siempre pendiente de las cosas del Padre no le impide apreciar en todo su valor las realidades creadas: la belleza de los pajarillos del cielo, las flores de los campos, la majestuosidad de los montes solitarios a donde se dirige para orar, la soledad del desierto donde fue tentado. Es también sumamente sensible ante las realidades que tocan la vida de los hombres. Quiere participar del gozo de los esposos, santificando el matrimonio, con su presencia en las bodas de Caná. Aprecia la amistad que le ofrecen Lázaro y sus hermanas. Se conmueve ante el dolor de la viuda que ha perdido a su hijo, o ante el abandono del hombre que ha caído en manos de ladrones y a quien nadie ayuda. Observa la desesperación del paralítico que no tiene a nadie que lo lleve al agua de la piscina de Betesda para ser curado. Le llena de admiración la fe de la madre cananea que desea ardientemente la curación de su hija. Le duele la desorientación de las multitudes que caminan como ovejas sin pastor. Se compadece de la vergüenza de la mujer sorprendida en flagrante adulterio. Le llena de gozo profundo el deseo de conversión y de renovación interior de Zaqueo. Jesús es un apasionado del hombre. Le interesa lo humano porque ha venido a rescatar al hombre del pecado y mostrarle el camino seguro de su salvación.

Jesús sabe que no todos los valores son iguales y por ello no teme en exigir la renuncia a algunos de ellos para alcanzar otros superiores. Aprecia el valor de las riquezas, pero sabe que la verdadera riqueza es Dios y por ello pide a sus discípulos la pobreza de corazón. Tiene en mucho el valor del matrimonio, pero sabe que Dios puede llamar a algunos hombres a vivir exclusivamente para el Reino de los cielos y a ellos les propone el carisma de la consagración virginal. Estima en mucho el valor del cuerpo, pero al mismo tiempo asigna al alma un mayor valor: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Teman más bien a quien puede echar el alma y el cuerpo en la gehenna”. Surgen así las paradojas evangélicas del morir para vivir, de servir para reinar, de humillarse para ser el mayor en el Reino de los cielos. Son paradojas que se esclarecen al considerarlas a la luz de los valores supremos: morir a sí para vivir en Dios; servir a los hombres para reinar en el cielo; humillarse en la tierra para ser grande a los ojos de Dios. Jesús sabe que si exige la renuncia a bienes transitorios es para poder obtener los eternos.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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